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ALONSO
VELÁSQUEZ CLARO
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CUATRO
CUENTOS SIN DESTINO:
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en cada título, para leer:
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A toda esa generación
de amigos que crecieron conmigo y que como yo, también creyeron
en la grandeza de nuestra gente y que hoy son artífices del
progreso y desarrollo de nuestro municipio... El Autor. Lalo...oooo.....
Lalo...oooo...... Eran las ocho
de la mañana aproximadamente. El sol era fuerte, pero una fresca
brisa no permitía que fuese más abrasador. También
ese día era 24 de Diciembre y se notaba en el ambiente. El
silencio eterno del pueblo se interrumpía a veces, por los
rasgueos cíclicos de alguna guitarra en tónica de subdominante,
animando la parranda, o con las voces angustiadas de algunas madres
que ya, a esa hora, trataban en vano de localizar a sus hijos, así
tuviesen que gritar tan duro, como ese grito que doña Chela
Grimaldos, expelía en busca de su hijo menor. Lalo no estaba
en la casa. Bien temprano, con el despuntar del nuevo dia, había
cogido el camino rumbo a los palos de mango de la casa del difunto
Emiliano Ovallos. Sabía que allí podría jugar
al trompo tranquilamente, bajo las sombras de los frondosos árboles,
con los hermanos Acosta (Efraín y Rubelindo) y con Juancho,
sus eternos rivales, sin que nadie los molestara. Doña Chela
atizó el fogón y le dijo a Vicente Grimaldos, su marido:
«No vas a dejar que se derrame la leche, me voltiás las
arepas para que no se quemen. Me voy a ver en dónde encuentro
al Lalo.... Lo encontró
dándole golpecitos al errón del trompo sobre una piedra.
Allí estaba Lalo con su ropa de siempre: El pantaloncito color
kaqui,la camisa de cuadros azules anudada a la cintura, sudado y con
los pies mugrosos por los efectos del pertinaz polvo de la tierra.
Cuando se dio cuenta de la presencia tangible de doña Chela,
ya era demasiado tarde para salir corriendo. Sintió que su
oreja derecha se desprendía de la cabeza. Doña Chela
con su descomunal fuerza lo llevaba literalmente alzado, valiéndose
de su pequeño auricular derecho. -«Cuántas
veces tengo que repetirte que por ese maldito juego del trompo te
voy a fregar», -le gritó. Y así lo llevaba por
toda la calle, cuando al pasar por la tienda de Don Juan Ramírez,
éste le gritó: «Un día de éstos
te van a meter a la cárcel por todo lo que le hacés
al pobre Lalo, y bien merecido que lo tenés, carajo!». La respuesta no
se hizo esperar: «Vé, Juan, andá a comer mierda.
Lalo no es nada tuyo. Ademas yo con mis hijos hago lo que se me da
la puta gana.» Al llegar a la
casa, doña Chela le había impuesto a Lalo un castigo
deplorable. Con dos ladrillos en las manos lo había arrodillado
en la mitad del patio, sometido al escarnio público de sus
amigos y compañeros. Don Vicente, su papá, hubiera querido
optar por otro castigo, pues sabido era que la que llevaba los pantalones
bien puestos, era doña Chela, quien tomaba las decisiones y
en más de una ocasión le dijo a su marido: «Aquí
mando yo. Primero yo, segundo yo y tercero yo.» Y asi llegó
la hora del almuerzo. Fue entonces cuando Lalo dejó de sufrir,
pero algo le faltaba a doña Chela hacer con su hijo menor.
Lo agarró de las manos y lo llevó al baño donde
lo metió en una ponchera grande de aluminio y comenzó
a echarle agua con una totuma y a restregarlo con un estropajo, actividad
ésta que más tarde resultaría inútil,
pues más se demoraron en bañarlo, que Lalo salir corriendo
hasta el patio y revolcarse en la tierra gritando a todo pulmón:
«Ahora me desbaño.... Ahora me desbaño....» Los hermanos Acosta
y Juancho fueron a buscar a Lalo para ir a la iglesia, jugar en la
plaza y presenciar la quema de la vaca-loca antes del juego de pólvora,
pero todo fue en vano. No pudieron sacarle una palabra al locuaz muchacho
que ya por esa época, ostentaba el título del mejor
jugador de trompo que se recuerde en el epueblo. Una alternativa le
quedaba a doña Chela esa tarde: tratar de que Carmen, su hija
mayor, lo persuadiera de su tristeza y lo hiciese vestir. Y en efecto,
fue Carmen quien logró llevar a Lalo nuevamente hasta el baño
y con supremo cuidado le lavó todo el cuerpo y lo secó
con una vieja toalla que tenía estampados unos elefantes de
la selva asiática. Lo vistió con un pantalón
color gris plomo y una camisa rosada que le regaló doña
Clemencia López, la mujer más orgullosa y petulante
en toda la comarca. Y como cosa rara, Teodoro su hermano mayor, le
hechó agua de colonia en las mejillas y detras de las orejas.
«Tú lo que estás es demasiado consentido, lalo
-le dijo- y la culpa de todo la tiene mi mama.» Nunca a Lalo le
gustó ir a la escuela. Se sentía mal, pues según
había escuchado, el nombre de la institución estaba
registrado como «Escuela Urbana de Niñas.» Ademas,
la única vez que fué, salió desilusionado porque
la vieja, Sara, en la clase de botánica les había dicho:
«Mañana, de tarea me traen unos tomates, unas yucas y
unas mazorcas.» Estrategias didácticas que utilizaba
la maestra cuando su marido, Etanislao Peña, se largaba de
la casa y no le dejaba ni siquiera para comprar el café. Todos fueron a
la iglesia y rezaron. Jamás a los allí presentes se
les olvidaría aquella frase disparatada de Lalo, cuando el
«Padre Santiago» dijo: «El señor esté
con vosotros» y Lalo respondió: «Y con usted».
También fue la única vez que la gente rió a carcajada
suelta dentro de la iglesia. Esa tarde, inolvidable para el pueblo,
Lalo se sentó en una banca de la plaza y se puso a tararear:
«Bendito el que viene en nombre del señor, hossana en
el cielo.» Navidad feliz que el pueblo tendría presente
por muchos lustros. !Quién
lo creyera!: Lalo cantando el gloria en la plaza, en vez de estar
jugando al trompo. Cuando le inquirieron a doña Chela del por
qué Lalo era tan feliz, ella sin ambages respondió:
«Yo creo que su felicidad está en haber nacido con el
cordón umbilical enredado en el pescuezo.....» Gran error
de la madre, haber dado a conocer el enigma de aquella felicidad....
Regresaron a la
casa. El sol también se aprestaba para regresar al poniente,
acompañado por unas mitológicas nubes que reflejaban
una tristeza enorme. Los burros, terneros y vacas que habitualmente
regresaban al campo a esa hora, no se sabe por qué extraña
razón ese día cambiaron de itinerario y al pasar por
los mangos de la casa del difunto Emiliano Ovallos, se echaron a descansar
como si estuviesen fatigados después de un largo viaje. Caía la
noche boreal en todo el pueblo y con ella, las mariposas conciliaban
el sueño en los bonches y azucenos y los surrucucos emitían
su remedo de canto con una melancolía inaudita. Lalo se había quitado la camisa rosada que doña Clemencia López,- la más orgullosa y prepotente del pueblo-, le había regalado a doña Chela, para que vistiera a su hijo menor. «Mamá, parece que me voy a morir»,- le dijo el niño a la madre. Nadie le hizo caso a esas siete palabras premonitorias que Lalo expresó. Se quedó dormido en un sueño profundo del cual no regresó jamas. Cuando quisieron levantarlo al otro dia para que viera lo que le había traído el Niño Dios, el cuerpo de Lalo yacía frío en la camita que doña Chela le arreglaba todas las noches. Dicen que todo el pueblo lloró la muerte del muchacho. Sebastián Lloreda el médico del pueblo, fue llevado a la casa para que revisara el cadáver. Fueron suficientes 60 segundos para recordar el Juramento de Hipócrates, suficientes para recordar las calles bogotanas; también recordó en esos 60 segundos «La Señorita Elegida» y «El Rincón de los Niños» de Claude Debussi; también la tarde en que recibió el grado de «Médico-Cirujano» en el Paraninfo de la Universidad Nacional de la capital del país. «Me retiro de este oficio», le dijo a Dioselina, su esposa. (Él que tanto había amado su profesión) En adelante no volvería a ejercer más la medicina. En el Acta de Defunción quedaron impresas estas palabras: «MUERTE PREMATURA PRODUCIDA POR UNA ENFERMEDAD CONGÉNITA, NO INFECTO-CONTAGIOSA: ORGULLO.» En efecto, a Lalo nunca le gustó que lo hubiesen vestido con la camisa rosada que doña Clemencia López, la más orgullosa y prepotente del pueblo, le regaló a doña Chela. Tampoco pudo disfrutar del trompo que el Niño Dios le había puesto debajo de la almohada ese veinticuatro de diciembre.... ...Dicen que don
Juan, el de la tienda de la esquina, lo ha visto jugando al trompo
debajo de los mangos de la casa del difunto Emiliano Ovallos, cuando
en las tardes, el crepúsculo comienza a caer. También
han oído su risa estruendosa, en las noches decembrinas cuando
se acerca la navidad... Y doña Chela guarda para siempre en
su baúl, el trompo que le compró para esa fecha, junto
con los rizos dorados de su último hijo... La Playa de Belén, Diciembre 16 de 1.984 |
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«Sólo el recto pensar y obrar nos conduce a la convivencia pacífica» Cruzó la calle presurosamente como tratando de evadir la inclemencia vertical del sol, en esa mañana de sábado bullicioso. GOYO; (apelativo cariñoso inventado por sus amigos, pues su nombre original era Eliodoro) tenía una cita importante a las diez y allí iba con su carga de sueños y de esperanzas; tantos y tantas, que parecía un adolescente en su primera cita con la novia de la infancia. Apretó
sus pasos y por fin llegó al céntrico CAFÉ en
donde impacientes le esperaban PACO y CRISANTO otros dos soñadores,
ciudadanos del mundo quienes al igual que GOYO, le hacían el
quite a la vida diaria para no ser embestidos por los fantasmas del
hambre y la miseria cotidiana. Claro está que de los tres,
era GOYO el más afectado, ya que, aparte de estar desempleado,
debía suplir con sus exiguas ganancias de músico barato,
las necesidades más elementales de su mujer y cuatro niños.
El ambiente de aquel cafetín era pesado. En él se mezclaban
en una heterogeneidad indescifrable, el tufo de los licores consumidos,
el humo de cigarros baratos y el espumoso líquido renal de
los borrachitos de turno. Luego del saludo protocolario, a GOYO le
fue presentado un tipo con cara de nadie, a quien sus amigos llamaban
misteriosamente, «El Jefe». A partir de aquella
reunión y conocidos sus objetivos, el rumbo de nuestro personaje
se orientó hacia otro derrotero. Por primera vez y pese a las
incontables necesidades por las que había pasado en otras ocasiones,
iba a delinquir. La misión consistía, según le
explicaron, en visitar la residencia de una pareja ya septuagenaria,
que vivía en uno de los barrios más prestantes y adinerados
de la ciudad, a los cuales eliminarían para posteriormente
alzarse con un botín, que según había manifestado
«El Jefe», fácilmente podría ascender a
los cien millones de pesos, los cuales serían repartidos equitativamente
entre los cuatro. Y esa noche, en
medio de la conmoción espiritual que despertó en la
sencilla personalidad de GOYO tan halagüeña perspectiva,
comenzó a divagar con las posibilidades que representarían
para su azarosa existencia, la obtención fácil y rápida
de esos veinticinco millones de pesos. Se desató entonces,
intempestivamente, una imperiosa necesidad interior de rebelarse contra
todas las normas establecidas por él y para él. «Este
es el hombre», se dijo con cierta decisión inusual y
de la cual se sintió hasta orgullosos en cierta forma. «Este
es el hombre, ésta la fortaleza que siempre debí tener
y ésta, una decisión afortunada que me permitirá
forjar un mejor futuro para los míos y para mí».
Para un hombre acostumbrado a vivir en el hacinamiento de los cuartuchos
arrendados, sería de inobjetable prioridad adquirir una casa
digna, para descansar de una vez por todas de la maldita prepotencia
y el constreñimiento continuo de los arrendadores de turno.
La inocultable desnutrición de sus hijos, así como la
esquelética figura de su adorada mujer, serían ya cosa
del pasado pues su nueva situación les permitiría comprar
la leche de más alta calidad, los mejores suplementos vitamínicos
y lo más reconfortante aun, ¡podrían comer tres
veces al día!. Ahora si tendría la oportunidad de poder
comprarle a sus muchachos, aquellos zapatitos de charol negro que
tantas veces había visto en el exhibidor del Almacén
Don Blas, además de aquellas bragas multicolores que solamente
podían lucir los niños de los padres ricos. ¡Ah, y aquel
vestido de chiffón azul que tanto soñó verle
puesto a su sufrida esposa!. Y qué decir de aquella muda de
ropa tan elegante, tan fina que tantas veces acarició por sobre
el vidrio del almacén del centro; ¡cómo se parecía
esa ropa a la que usaba su compadre allá en Bogotá,
para asistir a los bailes del club! El insomnio tendió
sus redes silenciosas sobre la humanidad de GOYO, quien solo volvía
a la realidad cada vez que su esposa, o los niños sofocados
por el bochorno de la noche veraniega, se volteaban en el catre arrebatándole
la colcha de remiendos que oficiaba de ruana para arropar sus sueños
de pobreza. Alucinado por fantásticas visiones de mundos fabulosos,
apenas si se dio cuenta del inminente clarear del día y entonces
se volvió a repetir con la certidumbre de la autoconvicción:
«Este es el hombre que siempre debí ser. Estoy decidido.
Hoy es mi día. Será hoy o nunca, la ocasión propicia
para asegurarle un futuro digno a mi familia.». Con una agilidad
casi desconocida, casi felina, saltó del catre, dio una tierna
mirada al rostro macilento de su abnegada esposa y se dirigió
hasta el cuarto de tablas que hacía las veces de ducha, para
todas las familias que habitaban aquel gris y paupérrimo inquilinato. II Y se presentó
el gran día; o mejor, la gran noche. Llegados los cuatropersonajes
(El jefe», Paco, Crisanto y Goyo) hasta el sitio previamente
acordado, se repartieron ecuánimanente las funciones, tocándole
en suerte a Goyo la función de vigía, con el fin de
prevenir intromisiones desagradables mientras los otros cumplían
su tenebrosa tarea. Y fue allí, en medio de la calle desolada
y fría cuando sin proponérselo, llegó hasta el
corazón de GOYO la última oleada de cordura, el último
sobresalto de su conciencia y sin meditarlo siquiera, comenzaron a
desarrollarse en la pantalla de sus recuerdos, auspiciados por el
último rescoldo de su dignidad a punto de sucumbir ante el
peligro del delito, todos los acontecimientos de una vida matizada
de valor, de una vida enfrentada con fervor, de una solvencia moral
motivo de elogios por parte de quienes lo conocieron siempre. Se vio
así mismo en los años de su niñez lejana, rodeado
por unos padres pobres casi hasta la miseria, pero tiernos y amorosos
los cuales produjeron en su espíritu infantil, una barrera
de contención hacia las acciones consideradas indebidas y pecaminosas.
Fue en aquella época cuando comenzó a retoñar
en su corazón la semilla de la bondad y del amor hacia sus
semejantes; aprendió también con demasiada facilidad,
el respeto por lo divino. Tanto que por sus dotes naturales para el
culto religioso, fue llamado por el padre Egaña, para que ejerciera
los oficios de sacristán, en el templo de su tierra natal.
Desde allí, desde las torres empinadas de aquel templo, haciendo
las veces de atalaya del universo, aprendió de las campanas
el sentido de pertenencia a los demás, porque a través
de ellas, lograba la mágica función de reunir en un
solo haz, las peticiones, de todos sus paisanos, con destino al Cristo
de los hombres. Por su pantalla
de los recuerdos cruzaron también con prisa inusitada sus primeros
años de estudio en la escuelita local donde, con la irreverencia
de su precocidad, hizo que sus maestros vislumbraran en él
la redención del pueblo sumido en el mutismo de los años
que se iban inexorablemente. De sus amados profesores aprendió
la sabiduría que produce la lectura y más tarde, con
el paso del tiempo, empezó a comprender la potencialidad histórica
que ejercían los libros sobre su afiebrada imaginación.
Se dio cuenta que cada libro leído por sus ávidos ojos,
cobraba vida y asombrado comprendía porque éstos lo
educaban muy por encima de sus allegados y aun de sus mismos profesores.
Luego de la muerte de sus padres, remontó los aires y con el
empuje de quien desea superarse, deambuló por un Catapultado por
algún político amigo hasta las esferas de la burocracia
oficial, aplicó con desmesurada honradez la disciplina de su
constancia. Trató de ejercer con esmero y pulcritud todo cuanto
correspondía a un verdadero funcionario público, hasta
que los gamonales de turno consideraron como un obstáculo su
recio carácter y su sentido crítico, para no permitir
los desmanes y arbitrariedades de sus diarias actuaciones. Poco a
poco lo fueron desvinculando de sus nóminas hasta convertirlo
en un desempleado más, agregado a la ya larga lista de los
trashumantes del mundo. Con sus cuarenta y dos años a cuestas,
retomó los senderos de la búsqueda, pero laboralmente
era ya muy viejo para ocupar una vacante inexistente para él.
Abruptamente despertó de sus cavilaciones y se dio cuenta entonces
que estaba perfectamente vivo en medio de la noche mutilada, a punto
de ser cómplice de lo que tanto maldijo y combatió a
través de su largo y agitado trascender por la tierra. Y vino
la disyuntiva. El eterno elegir entre el bien y el mal, entre lo efímero
y lo perdurable. Entre el ser o no ser. Comenzó
a caminar lentamente, calle abajo. acompañado por la augusta
soledad de las estrellas. filosofando de esa manera pura y exacta
que siempre lo caracterizó. Se dio ánimos pensando que
en esos momentos cruciales de su vida, necesitaba la valentía
necesaria para enfrentar la hermosa cobardía de no delinquir.
Y., no era un contrasentido pensar así, puesto que el coraje
para él era ni más ni menos que la autoafirmación
de sí mismo, que le permitía hacer frente a su mismo
yo y a los factores exteriores, humanos o circunstanciales. Para un
hombre bastante atormentado y que no había tenido una vida
fácil pero sí una sensibilidad a toda prueba, el coraje
era eso: «hacer frente a la vida» y esto tiene mucho que
ver con la dignidad: aceptar la vida y hacerle frente con la cara
en alto. Para Goyo y su elemental filosofía, aquel que siempre
se queja, el que se arrastra, el que se lamenta, el que envidia la
situación del otro, el que pone su carga sobre los hombros
de los demás; el que deja que la vida lepueda y no hace lo
posible por superarse y enfrentarla, ese no tiene el coraje de vivir.
Sin embargo afirma Goyo, que también existe el caso contrario
o sea de aquellos que le hacen frente a la vida sin aceptarse a sí
mismos, sin conocerse a sí mismos, no conocer sus limitaciones
y debilidades, creyéndose los mejores. Estos no tienen coraje;
lo que tienen es el egoísmo de andar por la vida pisoteando
a los demás y predicando su prepotencia. Afortunadamente, existe
dentro de cada uno de nosotros algo que algunos llaman «instinto
vital», que nos impulsa a optar por la vida aun en circunstancias
que cuando las vemos desde lejos, nos parecen insoportables. Recordó
a Ivan Illich, uno de sus autores favoritos, quien decía que
la vida humana podía ser interpretada como un continuo intento
por evitar la desesperación. Y que ese intento tenía
éxito casi siempre. ¿No sería acaso ésta,
la grandeza del hombre? El coraje de vivir, continuaba pensando Goyo,
era sencillamente el valor de comenzar cada día sabiendo y
confiando en nuestras propias capacidades, prosiguiendo así
el camino con la humana dignidad de quien no se da por vencido; porque
cada ser humano con su propia vida está edificando una sociedad
nueva y la solidez de ésta, radica en el coraje de todos sus
individuos. Con una sonrisa
de satisfacción y una esperanza tan grande como su propia angustia,
terminó por beberse sus pensamientos de un solo trago. Y allá
en el horizonte, el ángel de su guarda le hacia un guiño
a la noche desvelada, mientras la ciudad dormía plácidamente
de espaldas a un continuo amanecer. Los amigos de Goyo solo se percataron de su ausencia, cuando el Comandante de la Estación con voz pastosa, sentenció; «Están ustedes arrestados. Tienen derecho a...» |
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1.-
GENÉTICA Él,
minusválido mental y drogadicto. Ella,
malhumorada y displicente. Y
en medio de una pobreza abismal, un hijo les nació, fruto del
dolor y la desesperanza. Fué creciendo como flor silvestre; moldeado
a su antojo por la máquina invisible de una sociedad cada vez
más inhumana, cada vez más cruenta, cada vez más
invisible. Crece, se reproduce, abandona su hogar y la calle lo endurece
hasta lo insensible, hasta hacerse un hombre... ¿Hombre? II Los
destrozos ocasionados por el estallido del explosivo sintético,
han sido inconmensurables. Pero no más que el número de
víctimas inocentes caídas en aras de la intolerancia y
la brutalidad. III Fumando el quinto cigarrillo y eludiendo la tumultuosa confusión originada por la tragedia, el HOMBRE piensa si no hubiese sido menos complicada su vida al tener un hogar y unos padres como cualquiera de estos seres fantasmagóricos que ahora pasan por su lado, atribulados... Todavía tiene rabia, le pesa el corazón y de unapatada, termina por romperle el timón a su destino... 2.- EDIPO _«Buenas
tardes, señora...». II Noche
oscura y lluviosa. Rechinar de llantas sobre el asfalto dormido. Esquina
desierta y propicia para la celada... Cuatro disparos le rompen el tímpano
al silencio. Una mujer cae de espaldas a la noche mutilada. Los últimos
vestigios de la vida que se escapa a borbotones, le iluminan la pantallita
de los recuerdos: Hoy, hace exactamente 168 meses con 25 días,
le negó la estrella de los sueños al hijo que abandonó
envuelto en pañales, a las puertas del mundo... ...La
luna le hace un guiño cómplice a la potente farola de
la KMX- 125, que se pierde veloz por el túnel del tiempo. El
diario matutino 3.-
ELECTRA A la luz mortecina de los últimos faroles, se exhibe: ¡Tan niña...! ¡Tan bella...! ¡Tan puta...! II El
hombre negocia el cuerpo joven, que significa carne totalmente fresca
para sus ya casi 60 años. ...Según
la Juana, cuando yo la abandoné, llevaba en su terso vientre,
el gérmen de mi impetuosa juventud, pero yo nunca te creí... III _«¿Satisfecho,
Viejo? Bucaramanga, Julio 23/1998 |
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LA
CAJA DE PANDORA Nadie sabe a ciencia cierta, ni siquiera yo mismo, si el hombre de esta historia existió, si dentro de sus aspiraciones, sueños, planes, proyectos y tribulaciones, estuvo la de ser víctima de sus propias elucubraciones filosóficas, pero hasta donde las fronteras existentes entre realidad y fantasía lo permitieron, supe comprender que era un hombre común, sencillo,simple,vulgar, primitivo, primario, elemental, arcaico, el cual había practicado, cometido, utilizado, trabajado, laborado, practicado y hasta usado mil y una profesión, mediante las cuales había sobrevivido a los constantes,usuales, permanentes, idiotizadores y hasta agonizantes embates de su azarosa vida. Un dia cualquiera y bajo los efectos del alcohol, se detuvo a realizar un minucioso repaso de los acontecimientos, sucesos, situaciones, eventualidades, ires y venires de sus ya largos cincuenta años de permanencia en un planeta ajeno a sus querencias y descubrió en esa caja de pandora que todos llevamos dentro, sus falencias, sus realidades y virtudes que lo estaban llevando hasta el punto del no retorno. Se vió en su niñez y juventud, siempre bueno, estudioso, honesto, legal, ético, moralista, espiritual, religioso, honrado, obediente y la mayoría de las veces el prototipo a imitar, según lo sugerían sus profesores, familiares, amigos y hasta la propia lógica. Percibió en su adultez como, sin la ayuda de nadie y después de luchar a brazo partido contra todo obstáculo, había llegado a ocupar una brillante posición como ejecutivo de una empresa. Pero se dió cuenta también que luego de haber sido amigo, compañero, hermano, enfermero asesor, sacerdote, paño de lágrimas y hasta partero de quienes le rodeaban, la empresa decidió prescindir de sus servicios; primero, porque en un país sin memoria, un hombre se mide la mayoría de las veces, por su testosterona y no por las bien habidas neuronas que son las que nos permiten medir la distancia abismal entre el hombre y el animal, y segundo porque cuando las crísis acosan, nada mejor que buscar la via facilista y práctica de la reestructuración administrativa. El tiempo, ese arcano impredecible, eterno guardián, vigilante insomne del bien y del mal, de lo divino y lo humano, de lo facil y de lo difícil,del presente y del futuro, de Abel y de Caín, le brindó la medida exacta, el equilibrio racional, el vértice perfecto, la razón absoluta, la sapiente verdad acerca de cual era su posición en este mundo oscuro, troglodita, enmascarado, displicente, vil, enfermo, terco, deslumbrante, conquistador, suicida y, tomando en sus manos con frialdad, el viejo SMITH AND WETSSON de su mejor amigo, se disparó en la frente y rubricó con sangre,la impronta de su peregrinar por este paraíso engañoso de ilusiones.
En esa transición entre lo terreno y lo celeste, cruzaron a
la velocidad de la luz por su mente omnibulada, las palabras aprendidas
desde tiempos ancestrales y las cuales utilizó siempre para
opinar sobre la forma como cada quien moldeaba sus sueños y
su vida: «Estamos hechos con la humilde y gloriosa madera de
los sueños y con esa madera, podemos construir un laúd
un patíbulo...! Floridablanca, Septiembre 5 de 2002 |
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