ANDREA CLARO NUMA
 
 
CUENTO
 
 

ANDREA CLARO NUMA

Un entierro a la orilla del mar...

El viento soplaba con muy poca fuerza en la isla de Nihaua; las olas habían perdido su fuerza y la marea bajó sin previo aviso. En esta isla se respiraba un ambiente de mucha tranquilidad, pero también se alcanzaba a percibir un entorno de tristeza y silencio.

Eran como las 5 de la tarde, un fuerte aguacero caía sobre este lugar y apagaba los pocos rayos de sol que aun podían verse entre las nubes grises.

¿Qué estaba ocurriendo en este lugar donde el sonido y la alegría siempre van de la mano, donde las tamboras nunca paran de sonar, donde el atardecer ilumina con sus rayos dorados las palmas hasta las siete de la noche, donde los niños juegan alegres en la playa al ritmo de las olas, acariciados por la suave brisa?

¿Todos estarían durmiendo después de una temporada de fiestas?

¿Habría toque de queda?

¿Estaría en alerta roja la isla? ¿Qué estaba sucediendo?

Recuerdo que continué avanzando por uno de sus senderos hechos de palma de coco y piedrecillas de colores, mientras veía todos los ranchos de la isla sin una luz en su interior. Haciendo el recorrido duré alrededor de unos quince minutos y la verdad ya empezaba a preocuparme, pues hacía un buen rato que había desembarcado en este lugar y aun no encontraba señales de alguno de los habitantes de esta isla. Decidí continuar lentamente por aquel hermoso sendero, viendo como los cangrejos se escondían sigilosos dentro de la arena como si les fuera a causar algún daño hasta llegar al rancho de la seño Mile... Y que gran sorpresa; del lugar salía una gran luz amarilla por cada una de sus improvisadas ventanas de madera que alumbraba las palmas y los troncos de árboles caídos que la marea arrojaba en la playa. Me alegré pues supe que ahí era donde estaba la gente de la isla; pero la emoción se esfumó al escuchar un fuerte murmullo y un sinnúmero de lamentos desgarradores que salían del interior. Al escuchar esto apresuré el paso para enterarme de lo que ocurría. Al entrar a la casa me percate que todos los de la isla se encontraban allí y fue aun mayor mi sorpresa al encontrarlos vestidos a todos de blanco y dedicados a la oración. En la humilde sala me encontré con la seño Mile y en medio de lágrimas se encargó de explicarme lo que estaba ocurriendo. Fue muy penoso enterarme de lo que sucedió, creo que alcancé a estar algunos segundos en shock.

 

Es que enterarme que Diomedes, el hijo menor de la seño Mile, había fallecido de repente a causa de una compleja enfermedad no fue fácil para mí. En medio del dolor que embargaba, la seño Mile me llevó de la mano hasta el fondo de la sala donde se encontraba el pequeño Diome, como yo solía llamarle. Recuerdo que estaba todo de blanco y tenía puesta la playera que le había regalado en su ultimo cumpleaños; se encontraba acostado sobre una especie de ataúd hecho de madera seca y muchos cojines de colores y a su alrededor había una cantidad de velitas dentro de vasijas de barro y algunos ramos de flores silvestres... La verdad parecía que estuviera solo dormido pues aun continuaba de buen semblante.

La noche continuó su curso y todos amanecimos en este lugar velando al pelao... Con los primeros rayos del sol, como a eso de las seis de la mañana, el padre de Diome "Don Diomedes", la seño Mile, su hermano Joniky y el tío Pechi levantaron el sencillo ataúd y como si todo hubiese sido preparado, los que nos encontrábamos en el lugar nos levantamos y uno a uno fuimos tomando una de las velas y una flor de las que adornaban al pelao. En una especie de procesión los seguimos. Emiliano iba tocando las tamboras y la niña Conchi llevaba el ritmo de la canción mientras el resto de isleños iban exclamando unos rezos cuyo mensaje nunca comprendí pues parecía estar hechos en otro idioma... Así recorrimos durante quince minutos el camino, hasta llegar a un punto de la isla donde las olas son mas grandes y el viento sopla con mayor fuerza.Todos entramos en total silencio al mar, rodeamos el féretro del pequeño Diome y en una especie de danza que dirigía Coral, la curandera de la isla, fuimos adentrándonos poco a poco en el mar. Se escucharon los últimos cantos para Diome, los últimos mensajes de cariño, otras plegarias de los isleños y el llanto de las muchachas de la isla. Era él último adiós para el pelao... Uno a uno fuimos dejando las flores y las velas junto al ataúd y salimos lentamente del mar viendo como éste se alejaba con las olas. El ataúd parecía una carroza de carnaval.

Todos en la playa esperamos en silencio hasta que el cuerpo del niño a la deriva se perdió en el horizonte. Los isleños fueron regresando a sus respectivos ranchos. Yo no tenía un lugar a donde ir, así que la seño Mile me invitó a su casa. No pude negarme. La tome del brazo y sin cruzar palabra regresamos a su rancho... Ya en lugar los recuerdos del pequeño Diome se encontraban por cada uno de sus rincones aumentando la tristeza por lo que decidimos, luego de calmar la sed con una taza de agua de coco, volver al mar.

Nos sentamos en la playa. Las olas alcanzaban a rozar suavemente nuestros pies, empezamos a recordar todos aquellos buenos e inolvidables momentos vividos con el pequeño Diome en la isla de Nihaua y sentimos que las risas alegres del pelao llegaban en cada una de las olas a acariciarnos.

 

http://www.laplayadebelen.org