FAMILIA PÉREZ ARÉVALO
LUIS JESÚS PÉREZ AMAYA - SILVIA MARÍA ARÉVALO CLARO


Luis José Pérez Sánchez
Valentina Amaya Ortega
José Francisco Arévalo Claro
Juana de Dios Claro Bayona
LUIS JESÚS PÉREZ AMAYA
SILVIA MARÍA ARÉVALO CLARO
 

El matrimonio

Luis Jesús Pérez Amaya, casó con Silvia María Arévalo Claro a las nueve de la mañana del día 22 de enero de 1937. El joven sacerdote, Alejandrino Pérez Amaya, presidió la ceremonia en la parroquia de San José de Belén, de La Playa de Belén.

El novio, nacido en la vereda de Locutama, del municipio de Hacarí, tenía 26 años; la novia, natural de La Playa de Belén, 17. Los señores, José González Reyes y Calixto Ovallos Angarita, actuaron como testigos.

La fotografía de la boda es de los hermanos, Carlos Daniel y Sebastián Luna Manzano, quienes, seguramente, aprendieron el arte y la técnica en el estudio de Cala Roso creado en 1890 en Ocaña. Fueron excelentes fotógrafos.

Luis Jesús era hijo de Luis José Pérez Sánchez y Valentina Amaya Ortega; había nacido el 9 de noviembre de 1911, en la finca «Filadelfia», ubicada en la vereda Locutama, en la ribera de la quebrada del mismo nombre, donde nacieron, también, sus hermanos, Plácida, Alejandrino, Leopoldina, Emelina e Hilda.

En una relación extramatrimonial de Luis José con Emilia Navarro, nacieron otras cuatro hermanas: Emiliana, Rosana, Paula y Marina. La relación era conocida por la familia Pérez Amaya.

 

Silvia María Arévalo Claro, de tez blanca y ojos azules, pertenecía a una de las familias más apreciadas de La Playa de Belén. Tenía 17 años, 4 meses, cuando casó con Luis Jesús Pérez Amaya. Había nacido 15 de septiembre de 1919 en La Playa de Belén en el hogar de José Francisco Arévalo Claro y Juana de Dios Claro Bayona.

Tuvo 15 hijos, 6 murieron en la infancia; uno, Jesús Armando, murió en un accidente de tránsito; Luis Francisco y Mary Luz fallecieron después de la muerte de mis padres. Fue una madre abnegada, una esposa amante y una hija agradecida.

Amó a sus hijos con espíritu cristiano y les dedicó su vida hasta el último instante de sus días.

 
 
   
 

Vencida por una grave enfermedad, Silvia María Arévalo Claro, falleció el 12 de noviembre de 1988 en la ciudad de Ocaña.

¡Cómo la extrañamos! Nada puede sustituir el cariño de una madre, nada puede llenar el inmenso vacío de su partida.

 
 
 

La Playa de Belén

Por Acuerdo No. 3, del 15 de septiembre de 1913, expedido por el Concejo, La Playa de Belén se había convertido en corregimiento del municipio de Aspasica. La decidida intervención del presbítero Francisco Angarita fue fundamental en el éxito de aquella gestión; más tarde, por la proximidad a Ocaña, el desarollo del comercio y la presencia de entusiastas dirigentes locales, surgió la idea de conquistar la dirección política y administrativa del municipio.

Ismael y Francisco Arévalo Claro, Agapito Pérez, Praxedes Claro Álvarez, Ramón Ovallos Manzano, Carlos Daniel Luna Manzano, entre otros, con la colaboración de dirigentes de los pueblos vecinos y con la activa participación del párroco, presbítero Ángel Cortés Celedón, obtuvieron la expedición de la Ordenanza No. 3, del 20 de marzo de 1930, que trasladó la cabecera municipal al corregimiento.

El doctor Manuel José Vargas representó los intereses de los playeros en el conflicto jurídico por el traslado y el doctor Víctor Manuel Pérez representó a los aspasiqueros

En 1934, con la intervención del diputado Carlos Daniel Luna Manzano, el municipio tomó el nombre de La Playa de Belén.

Don Luis José Pérez Sánchez llegó con su familia a La Playa de Belén en los primeros meses de 1918, cuando ya era evidente el liderazgo de los playeros. Algunas familias descollaban en el campo comercial y en el desarrollo agropecuario con el provecho que ofrecía la aldea como lugar de paso para arrieros que cubrían las rutas desde Ocaña hasta El Cincho, Aspasica y Hacarí.

 
 
Luis José Pérez Sánchez - Fuente: Teresita García Pérez
 
 
En las nuevas generaciones aparecieron algunas disciplinas, como el talento musical, la poesía y la pintura, que favorecieron la cultura regional. Fruto de este movimiento fueron: la Banda Patatoque, conocida también por los bromistas como «La Gualicera», por el color de la piel de sus integrantes, y «La Pateadora», por la costumbre de marcar el compás mientras tocaban; la «Banda La Merced», hizo fama en las fiestas de Hacarí, Aspasica y El Cincho. Tocaron en las fiestas patronales y en las misas de aguinaldo y acompañaron a los playeros en memorables retretas. Benjamín Claro Ovallos, notable músico y miembro de la banda «La Merced», se distinguió dice Benjamín Pérez Pérez por sus privilegiados conocimientos de solfeo. Él y Francisco Arenas fueron organistas titulares de la parroquia. Benjamín Pérez Pérez, Gratiniano, Julián y Modesto Arenas fueron magistrales en la interpretación del tiple y la guitarra. No pasaron desapersibidos los hermanos, Roque Emiro y Élfido Arenas Bayona. Carlos Daniel Luna Manzano interpretaba maravillosamente el violín, declamaba y escribía buenos versos.
 
 


La nueva residencia ofrecía, entonces, algunas perspectivas favorables para los negocios y
la educación de los hijos de Luis José Pérez Sánchez. Era propietario de varios predios rurales en Locutama, con cultivos de café, caña y plátano. En la finca «Filadelfia», tenía un establecimiento de comercio con expendios de carnes y pescado, telas y otras mercaderías; compraba y vendía bestias de carga y de cabalgar y disponía de una recua para transportar de ida y vuelta lo que compraba y vendía. Se acostaba a las siete de la noche y se paraba a las cuatro de la mañana a revIsar sus libros de cuentas; a las seis de la mañana la cocinera le servía el desayuno. Doce peones lo acompañaban en su intensa actividad. Después del traslado de Valentina y sus hijos, depositó su confianza en Emilia Navarro, empleada de la hacienda, con quien creó una relación marital de hecho que, como ya se ha dicho, era conocida por la familia Pérez Amaya. La finca «Filadelfia» era, seguramente, un paso de arrieros.

En La Playa de Belén, Luis José adquirió una casa para su legítima esposa y una pequeña parcela denominada El Chorrerón, para uso de sus arrieros y para el descanso de sus animales en tránsito.

Ancestros y descendencia de Luis José Pérez Sánchez

Félix Pérez y Mariana Cuadro fueron los padres de Luis Pérez Cuadro. Pérez Cuadro casó con Paulina Sánchez, seis hijos nacieron en su hogar: Luis José, Bernardino, Paulina, Cristóbal Ruperto, Teresa y Emiliana. Los tres últimos fueron reportados el 15 de julio de 2015 por nuestro primo Edgar Pérez Manzano. Los Pérez Sánchez residían en Ocaña cuando nació su hija, Paulina Pérez Sánchez (ver), bautizada el 12 de abril de 1873, en la parroquia de Santa Ana, y fallecida en Aspasica, soltera, el 7 de octubre de 1943.

Luis José Pérez Sánchez casó con Valentina Amaya Ortega, el 18 de noviembre de 1908, en La Palma (hoy Hacarí), Norte de Santander (folio 307, libro 3 de Matrimonios). Tuvieron seis hijos: Plácida, nacida en 1909; Alejandrino (Sacerdote), nacido el 24 de abril de 1910; Luis Jesús, nacido el 9 de noviembre de 1911; Leopoldina, nacida el 26 de diciembre de 1912; Emelina, nacida el 9 de enero de 1916 e Hilda, nacida el 9 de agosto de 1917.

La partida de defunción expedida en la parroquia de La Playa de Belén registra su deceso el 6 de mayo. No es cierto, esa es la fecha de su registro. El acta elaborada en la Alcaldía dice que el abuelo Luis José, natural de La Playa de Belén, murió de apoplejía a la edad de 48 años, a la una de la tarde del 5 de abril de 1941, en La Playa de Belén. Habría nacido en 1893. Su nieta, Eneida Pérez Sánchez, conserva, entre los datos familiares, el 22 de marzo de 1883 como fecha de nacimiento. Su partida de bautismo no ha sido encontrada. En una grabación de 1967, la abuela Valentina dice que don Luis Pérez Cuadro, su suegro, fue su padrino de bautismo.

 

Valentina Amaya Ortega nació en la vereda de Locutama, municipio de Hacarí, el 16 de diciembre de 1878, en el hogar formado por Cayetano Amaya y Juana Ortega, quienes se casaron el día 31 de julio de 1888, en La Palma (hoy Hacarí). Como consecuencia de una fractura en una rodilla, quedó reducida a su lecho durante sus últimos siete años; en este lapso también perdió la visión, pero sufrió sus quebrantos de salud con cristiana resignación hasta el momento de su muerte, el 10 de agosto de 1972.

Mi padre la había trasladado a nuestro hogar en el mes de mayo de 1972 con el propósito de celebrarle el día de la madre. Silvia María la acompañaba en el momento de su partida, a las seis de la mañana de aquel día. Sus hijas llegaron a los pocos minutos. Agrega mi padre, en sus memorias, que durante su enfermedad recordaba a sus hermanas, Susana y Justa. Sacerdotes amigos de la familia llevaban hasta su lecho de enferma la sagrada comunión.

 
 

La familia Pérez Amaya en La Playa de Belén

Luis Jesús y Alejandrino iniciaron sus estudios en la Escuela regentada por don Aurelio Sánchez y las tres hermanas, en edad esccolar, en la escuela de Nohemí García. Los hermanos terminaron su educación primaria en la escuela pública con el maestro Octavio Manzano Claro, «de privilegiada inteligencia dice Luis Jesús muy consagrado y buen castigador». En sus reuniones familiares recordarían más tarde el conocido estribillo: «La letra con sangre». Los coscorrones, las rodillas sobre arena y los reglazos sobre la palma de la mano, eran las penas de aplicación inmediata a los infractores de la disciplina escolar. La condena era inapelable y la sanción social contra esas torturas no existía. Alejandrino pasó al seminario diocesano de Ocaña. Alejandrino fue matriculado en el seminario diocesano y Emelina, años más tarde, ingresó en la Normal de Señoritas, de Ocaña.

La familia no fue abandonada a su suerte, Luis José enviaba alimentos y dinero para la subsistencia y acudía regularmente al hogar de los suyos. Proveía calor humano y se informaba de los progresos de sus hijos en la educación.

Vereda y quebrada Locutama. Fotorafías de Mauricio Durán León, 4 de noviembre de 2018.

Luis Jesús visitaba con alguna frecuencia a su padre, compartía con sus amigos y participaba en las faenas del campo; lo hizo durante varios años, hasta que don Luis José le pidió que no regresara por los peligros que generaba el orden público.

Pero él añoraba el paisaje de su infancia, y de sus visitas echaba de menos las noches de molienda y las veladas del patio de caliche, que se calentaban a punta de guarapo y aguardiente. Cómo no, si las copitas espirituosas levantaban el ánimo para algunas rondas de copla campesina y de allí se pasaba al tiple con la canción de moda. Aquella moza, que encendía su rostro con una sonrisa, danzaba en sus brumas con el olor a verde; dibujaba una mueca cada vez que repasaba la mirada cómplice de la hija del vecino de su padre. Cuántas veces entrelazaron sus brazos para danzar bajo las luces titilantes del firmamento, sin cruzar una palabra porque el roce de sus rostros y las manos apretadas comunicaban sus íntimos anhelos.

En su nueva residencia llovía poco. ¡Ah la lluvia de Locutama! En algunas ocasiones venía con fuerza, con el poder del rayo, del trueno y la centella. Llovía a cántaros. La chispa y el impacto poderoso del trueno intimidaban, obligaban al recogimiento. Desde el corredor de la casona se sentían las aguas abundadas, se oía un rumor de piedras, arbustos y árboles arrancados de las riberas. Casas modestas destrozadas, animales, trastos del cuarto de San Alejo, navegaban sobre el cauce desbordado por la creciente. También la lluvia fue llovizna que acariciaba, que venía del cielo con saludos del Creador para los niños. Ellos corrían a pata limpia con sus tiernas sonrisas. No querían oír el llamado a guarecerse. Él también lo hizo con los tiernos compañeritos de otros tiempos. ¿Dónde estaría aquella doncella de mirada cómplice, que venia empapada, con el traje metido entre las piernas? Quería saludar al vecino que venía de la ciudad. ¿Quién respondería a sus guiños? Cruzaba los brazos y cerraba los ojos con dos lágrimas furtivas.

El Terruño, publicación semanal dirigida por Donaldo Durán Castillo y redactada por Carlos Daniel Luna Manzano, dice en su edición número 5, del 19 de agosto de 1933: «Para Ocaña y Gamarra, en viaje de paseo, siguieron el domingo pasado las apreciables señoritas Leticia, Juana de Dios, Zoila y Silvia Arévalo, acompañadas del señor Basilio Ascanio. Gratas impresiones les deseamos». Zoila y Silvia tenían 15 y 14 años, respectivamente. Doña Juana de Dios, casada con José Francisco el 5 de junio de 1916, tenía un poco más de 37 años. Leticia, hija de Ismael Arévalo y Gumercinda Pérez, era contemporánea de Silvia María, pasado el tiempo sería la esposa de don Efraín Claro Franco. El paseo incluía viaje en una vagoneta del cable aéreo, que se había inaugurado con mucha pompa el 7 de agosto de 1929. La altura de las torres deparaba sorpresas en cada itinerario por las condiciones atmosféricas; no obstante, el paisaje de sima a cima era atractivo y la experiencia era maravillosa.

 
 

El puente sobre el río Algodonal

Don Carlos Daniel Luna publicó en El Terruño, ediciones 1, 2, 3, 4 y 6, de julio 7, julio 16, julio 23, agosto 7 y septiembre 10, de 1933, una columna titulada «Al margen de una obra», por entregas sucesivas. En una de estas entregas, aseguraba que el puente estuvo a punto de realizarse por iniciativa del presbítero Cristóbal Castro Q. y don Pedro Claro Velásquez, quienes emprendieron la construcción en el paso de «La Puerta», sitio de Chapinero, con contribuciones locales y apoyados, como era natural, por la Asamblea Departamental, que destinó una partida de mil pesos ($1.000), en sus sesiones de 1929, y otra suma igual en las sesiones de 1932 por iniciativa de los diputados ocañeros.

El entusiasmo por la carretera era evidente: «Allí pudimos ver a los más destacados exponentes de nuestra pequeña sociedad —dice Luna Manzano— empuñando con mano firme las rudas herramientas del trabajador: al lado de don Francisco Arévalo, «alma mater» de esta obra, se hallaban los no menos entusiastas caballeros, don Sixto Barriga Pérez, don Donaldo Durán Castillo, don Ramón, don Sixto y Emiliano Ovallos, don Emeterio, don José Antonio y don Ramón Claro, don Basilio Ascanio, don Santiago Durán, don Bernardino Pérez y otros, dirigiendo un considerable número de trabajadores».

El gerente del Cable Aéreo de Ocaña, doctor Luis María Bautista, tenía comunicación con los voceros de la aldea en 1933. A través de su relación personal con Carlos Daniel Luna y José Francisco Arévalo, ofreció una contribución, en dinero y herramientas, para el desarrollo de las obras de la carretera y la construcción del puente sobre el río Algodonal.

 
 
 

Sabían los administradores del Cable Aéreo que con el puente sería más fluido el transporte de productos agrícolas, especialmente de cebolla, con lo cual se proyectarían positivamente los niveles de ocupación del funicular. Pero las obras se paralizaron cuando los recursos apropiados por el gobierno se agotaron. De la lectura de Hojita Parroquial, del 23 de febrero de 1913, dirigida por el presbítero Francisco Angarita, se deduce que el puente se balanceaba sobre las dificultades presupuestales desde 1913. Ya habían pasado 20 años y las esperanzas se perdían.

El presbítero Cristóbal Castro Q. había encomendado la dirección técnica a don Pedro Claro Velásquez y las finanzas a su poderoso Dios, pero las bases, que todavía resisten el paso del tiempo, ofrecen el testimonio mudo de su fracaso.

Las recuas continuaron su paso recio sobre nuestros paisajes regionales pero el río, sometido a los vaivenes del clima, corría en invierno sobre las fronteras del peligro. Traían telas, calzado, harina, jabón, sal, petróleo y otras mercaderías, y regresaban con los productos de la región.

«En aquel tiempo dice don Benjamín Pérez Perez era más complicado trasladarse de La Playa -o de Ocaña- a Cúcuta, que hoy de Bogotá a París. Porque el recorrido si uno no se arriesgaba a hacerlo por el camino de herradura, tenía que realizarlo en varias etapas que podían comprender una semana, así: de Ocaña a Gamarra, en cable aéreo, siete horas aproximadamente; de este puerto a Wilches, uno a dos días de navegación según el barco que acertara a subir. Los barcos de carga, por ejemplo, propulsando tres o cuatro planchones resultaban de una desesperante lentitud. De Wilches a Bucaramanga, en autoferro, saliendo al amanecer para llegar por la tarde. Y finalmente de esta ciudad a Cúcuta en bus, en una no muy confortable jornada de unas doce horas de duración, por una carretera destapada, frecuentemente obstruida por los derrumbes.

«Pero si el supuesto viajero no contaba con el dinero suficiente para darse ese lujo y tenía en cambio alma de torero, hacía el recorrido por el camino de herradura en cuatro etapas: Una a Puente Reyes, la otra a El Placer, adelante de Villacaro después de haber traspasado el páramo de Bucarasica y la tercera a la población de Gramalote, donde al día siguiente tomaba muy temprano el bus que en tres horas lo conduciría a Cúcuta.

1. Base del puente, levantada por don Pedro Claro Velásquez sobre la ribera izquierda del Algodonal (siguiendo la corriente del río).
2. Base de la ribera derecha del río. La observan José Amaya Salazar y su hijo, José Luis Amaya Pérez. Fotografías: Guido Pérez Arévalo. Ocaña, 8 de diciembre de 2015.
 
 

«Constituía de verdad un riesgo cumplir este itinerario pues la ruta era muy escarpada, semejante en algunos trayectos a una escalera, el tiempo regularmente tormentoso y no había posada que no fuese increíblemente inmunda. Ojalá tuviera uno la fortuna de unirse a una caravana de arrieros. De todas maneras se llegaba a la capital con ampollas en las plantas pues la enclenque cabalgadura que se lograra fletar no arriscaba a terminar la segunda etapa y había que devolverla con el correo que invariablemente se hallaba de regreso y siempre andaba de a pie con su fardo de correspondencia a las espaldas. Pero la magnificencia del paisaje que ofrece el valle de Cúcuta, en contraste con la accidentada geografía ocañera, el deslumbrante aspecto de la Perla del Norte y el cambio de ambiente compensaban con creces las penalidades sufridas. Varias veces hice este recorrido en esas penosas condiciones y le cuento que en la última, ya de vuelta a mi tierra cerca de Ábrego, me sorprendió una violenta tempestad en un cerro desierto cuyo nombre no recuerdo, y tuve que botarme al suelo y permanecer allí tendido bocabajo soportando agua y granizo no sé por cuanto tiempo, para evitar ser fulminado por un rayo, pues las descargas eléctricas contra la pelada montaña se sucedían como ráfagas de ametralladora».

El puente se construyó, finalmente, con la intervención de don Benjamín Pérez Pérez muchos años después. Fue contratado con el ingeniero Luis E. Guerrero Laguado por la suma de $26.958. La información fue publicada en Sagitario, diario liberal cucuteño, dirigido por Montegranario Sánchez, edición del sábado 27 de febrero de 1954. (Cortesía del profesor Miguel Alberto Palacios). Lleva el nombre de Erasmo Álvarez, congresista oriundo de Hacarí, fallecido en Bogotá en un accidente de tránsito. La placa tiene la fecha: 25 de octubre de 1953.

 
 
 
 
Puente Erasmo Álvarez R. 25 de octubre de 1953. Foto: Ávaro Claro Claro
 
 

En el número 4 del 7 de agosto de 1933, El Terruño publca dos notas protocolarias de los señores Ramón Ovallos Manzano y José Antonio Claro Ovallos donde informan que el Concejo Municipal los ha distinguido con los cargos de Tesorero y Juez Municipal del Distrito, respectivamente. Ovallos Manzano ya había sido el primer corregidor en 1913.

¡Llegó la Navidad! ¡Qué viva la Navidad! Qué viva, exclamaron los hijos de Luis José cuando lo vieron entrar, con el arreador en la diestra y con zamarros nuevos. Lo esperaban porque había prometido cenar con ellos y acompañar a Valentina a los servicios religiosos. Repartió besos y abrazos y se desmabarazó de los arreos de viaje para pasar al comedor; después de almuerzo, distribuyó los encargos que le habían hecho para estrenar en la Noche Buena y descansó un poco. Luis Jesús lo miraba desde una silla cuando abrió los ojos.

—¿Qué sabés de Alejo? —le preguntó.

— Vendrá mañana, en las horas de la tarde, papá.

—¿Y cómo van tus cosas?

—Me defiendo con la mercancía que usted me envía, pero mis gastos crecen.

—¿Tenés novia? Allá preguntan por vos.

— No. No tengo novia, pero participo en las actividades de la juventud, como usted me ha aconsejado. La semana pasada —le dijo— fuimos de paseo al pozo de El Rodeo con dos hijas de José Francisco, Zoila Rosa y Silvia María. Estaban, Carlos Daniel Luna, Benjamín Pérez y otros amigos.

 
 
 

—¿Te gustaron las hijas de José Francisco?

—La menor —respondió con alguna timidez— pero tiene dieciseis años.

—¿Y qué? —preguntó su padre— Vos no pasás de 25.

—Mi mamá dice que su papá las cuida como una fiera a sus cachorros.

—¿Y Juana de Dios, cómo te mira?

—Inspira respeto, papá. Pero es amable y muy espiritual.

—Adelante caballero, el tiempo apremia —agregó su padre.

—Me gustaría montar una tienda antes de formalizar una relación, pero dependo de su ayuda para ello.

—Te ayudaré si estás pensando en casarte. Pero veo que vas de prisa.

—Seguramente. Pero el pueblo es pequeño y los pretendientes abundan; le devolveré la inversión en el menor tiempo posible, téngame confianza.

Al día, siguiente, Luis José le repitió a su hijo Alejandrino las cuitas de su hermano. El cura sonrió complacido y prometió aportar algunos ahorros de su actividad parroquial para la tienda.

Juan de Dios Claro Bayona
 
Unos meses después, Luis José le envió un papel desde La Filadelfia con algunas recomendaciones para la venta de unas cargas de café, con una anotación final que le causó un sobresalto: «Hablé con José Francisco en Aspasica».

Durante el primer año, los amores corrieron con algunas dificutades pero las superaron con la pasión que los unía. A mediados del mes de enero de 1937, Alejandrino le envió el vestido de matrimonio y el 22 los casó en presencia de las dos familias y con la asistencia de numerosos amigos. Hubo almuerzo de gala en la Casa Mayor. Luis José y José Francisco le dedicaron la reunión a sus proyectos comerciales y los demás se divirtieron hasta que el sol terminó su tarea cotidiana. En las primeras horas de la noche, se aprontaron lámparas de querosén para iluminar los corredores y se abrieron las puertas para que ingresaran los invitados, casi todos unidos por vículos de sangre: las familias Pérez Amaya, Arévalo Pérez, Claro Arévalo, Claro Carrascal, Claro Franco, Claro Velásquez, Ovallos Arenas, Ovallos Manzano, Claro Ovallos, Claro Torrado. Como invitados especiales asistieron, Gratiniano Arenas, ejecutante del tiple, simpático personaje de la canción y los gracejos; Benjamín Pérez Pérez, joven culto, intéprete de la guitarra y de fluida conversación; Carlos Daniel Luna Manzano; Benjamín Claro Ovallos, intérprete de instrumentos de cuerda y viento, especializado en música religiosa, y Julián y Modesto Arenas, intérpretes del tiple.

Carlos Daniel Luna Manzano, levantó una copa para brindar por los novios y declamó a continuación una composición poética de su inspiración que, según sus palabras, había dedicado en 1925 a una colegiala ocañera:

 
 

Carlos Daniel Luna Manzano

NOVIA DE JUVENTUD

Te quiero desde el día en que tu mirada
como sol de radiantes resplandores,
la noche invernal de mis dolores
convirtiera en clarísima alborada.

Y te admiro porque eres la soñada
muchachita ideal de mis amores,
tan pura como puras son las flores
y como ellas fragante y delicada.

Si por ti el amor ha renacido
y las horas tremendas del olvido
has llenado de dicha con tu hechizo.

Yo te habré de amar eternamente
llevándote guardada entre mi mente
cual se lleva en el alma un paraíso.


Benjamín Pérez Pérez
 

Hubo aplausos en la casona y miradas para los novios. Luna Manzano tomó el violín que le acerco Zoila Rosa, la hermana mayor de Silvia María, y dedicó a los novios «El Danubio Azul», la inolvidable obra del vals vienés de Joahann Strauss hijo. Los novios danzaron con suaves movimientos, primero solos y, posteriormente, acompañados por los asistentes. La alegría era desbordante.

Luna Manzano, joven de 29 años, residente en el Llano del Hato, fotógrafo, poeta, intérprete del violín y recursivo orador, había pasado de las aulas del colegio Caro a la dirección del primer establecimiento de educación primaria; más tarde alternó su actividad de educador con la función de diputado a la Asamblea de Norte de Santander, donde cumplió encomiable labor. En su condición de diputado, después del traslado de la cabecera municipal, fue el autor del artículo séptimo de la Ordenanza número 16 del 14 de abril de 1934, por el cual se cambió el nombre al municipio, de Aspasica por La Playa de Belén.

Benjamín Pérez Pérez, tenía 23 años y residía en el sitio de Los Indios, cuya morada, dijo él, «estaba rodeada de un tupido bosquecillo de arbustos de cafeto, sombreado de barbatuscos y diversos árboles frutales como mangos, curos, pomarrosos, guayabos y naranjos que una cantarina toma de agua contribuía a mantener en perenne frescura y lozanía».

Había pasado siete años en el seminario diocesano de Ocaña, donde fue compañero de Alejandrino Pérez, Roberto Claro, Alcides Velásquez y José J. Claro Ovallos, quienes alcanzaron la consagración sacerdotal. En 1932 cursaba el último año de filosofía cuando decidió quitarse la sotana para regresar a su tierra. Infatigable lector, cultivaba la música y ensayaba la descripción literaria de los paisajes de su región.

 
 
Casa Mayor - Patio interior.

Tuvo una guitarra a la que llamó «la negra» y con ella aprendió a llevar serentas magistrales, acompañado de Gratiniano, Julián y Modesto Arenas. Así conquistó a Sarita, la amada esposa, con quien compartIó la vida entera. La serenata magistral se repitió en la noche de bodas, con algunas canciones de su noble inspiración, entre ellas «Abrojos».

Fue secretario de la alcaldía y presidente del concejo; más tarde ocuparía la dirección de educación en el Norte de Santander y, posteriormente, el doctor Pabón Núñez lo nombró Secretarío General del Ministerio de Gobierno. Fue educador, poeta y escritor de notables obras con sabor costumbrista, entre ellas «La tarjeta de invitación», «El malabar blanco» y «La Ondina del Algodonal».

 

Luis Jesús y Silvia María despertaron al día siguiente en la habitación que les habían reservado en la Casa Mayor; no hubo viaje de luna de miel porque no se acostumbraba, pero José Francisco ordenó que pusieran a su disposición el Ford 28.

El chofer, los paseó sin descanso por las riberas de la quebrada de La Playa, que todos conocemos como El Playón y extendió el servicio a sus parientes más cercanos. Fue el regalo de bodas de la familia.

Muchos años después, Benjamín Pérez Pérez recordaría el carrito, de esta manera: «Sin vislumbrar ni en sueños la carretera, los apreciados comerciantes Ismael y Francisco Arévalo realizaron la quijotesca empresa de llevar a La Playa el primer automóvil y ponerlo al servicio del público. Era un carrito Ford, de cuatro cilindros. Fue transportado por piezas, a pulso y hombro, al sitio de Chapinero, junto al río Algodonal, donde lo armó un mecánico venezolano muy hábil de nombre Miguel Becerra, quien meses después se casó en La Playa con Débora Pérez. De Chapinero al pueblo el carro viajó sobre sus cuatro ruedas aprovechando como carreteable el amplio y seco playón que recorre esa zona y que entonces se convirtió en soñada autopista de recreo durante las temporadas de verano».

Pasadas algunas semanas de la boda, Luis Jesús aterrizó en un mundo plagado de interrgantes: el dinero se consumía y el futuro se le antojaba incierto. Alejandrino viajó a Ocaña a cumplir con sus deberes religiosos, pero a los pocos días regresó por un hecho luctuoso: el deceso del presbítero Ángel Cortés Celedón. Los habitantes estaban consternados, especialmente, José Francisco Arévalo quien admiraba sus virtudes y apreciaba su amistad.

El párroco fue sepultado el 4 de febrero de 1937.

 
Luis Jesús Pérez Amaya
 

El padre Daniel Sánchez Chica, acompañado por los presbíteros Fernando Sarmiento y Alejandrino Pérez Amaya, dirigió los servicios exequiales; el R. P. Gregorio Ríos hizo la oración fúnebre. Cortés Celedón había nacido en el municipio de San Juan del Cesar.

Su paso por la parroquia fue intermitente, entre El Cincho y La Playa de Belén, desde su llegada, el 6 de abril de 1919. La tradición oral conserva viva su memoria por las obras de reconstrucción del templo y por su vehemente campaña en favor del traslado de la cabecera municipal.

El parque principal y la fundación para el adulto mayor, creada por el R. P. fray Ismael Enrique Arévalo Claro, llevan su nombre.

En la casa de la familia Arévalo Claro todavía se expone con afecto una imponente fotografía suya, que había sido contratada con el propósito de instalarla en el salón de sesiones del Concejo. El tesorero manifestó, cuando llegaron con ella, que la tesorería no tenía fondos; en consecuencia, José Francisco Arévalo Claro, quien había sido el autor de la iniciativa, pagó de su peculio el importe de la obra y la llevó a su casa.

El padre Alejandrino regresó a Ocaña y Luis José volvió a la «Filadelfia», pero nada dijeron de la tienda. Luis Jesús corrió como un gamo hasta El Chorrerón, que aparecía en su horizonte como una chispa redentora, pero se encontró con otra cruda realidad: el predio no tenía casa, estaba enmontado, la acequia necesitaba mantenimiento y él no tenía cómo sufragar los gastos.

 

Parado detrás de la cerca, cuyos parales podridos anunciaban el vencimiento de su vida útil, sintió que se sumía en los vericuetos de la desesperanza. La parcela de su padre, extendida en un pequeño valle de la cabecera municipal, le producía la sensación de la hoja en blanco en la mesa de un escritor principiante.

—¡Epa! ¿En qué piensa, pariente?

—Giró al costado dereho y se encontró con la mirada de don Juan Nepomuceno Claro Bayona. Lo acompañaba un perro cobrizo y llevaba un catabre sobre su espalda. Venía, le dijo, de La Laguna, el predio de su hermano Camilo, ubicado en la pequeña colina que se divisaba desde allí. Maximiliana Arévalo, su cuñada, le habia colgado el catabre con pomarrosas y arrayanas para sus pequeños hijos. Luis Jesús apenas lo conocía, lo había visto en su matrimonio acompañado de su joven esposa, doña Carmelita Franco. Era hermano de su suegra, Juana de Dios, hijo como ella, de Camilo Claro Velásquez y Laureana Bayona. Tendría 39 o 40 años.

—La parcela es de mi papá, —le contestó con desgano— estoy en los afanes de preparar la tierra para cultivar cebolla pero, como puede observar, no sé cómo enfrentar la tarea.

—No hay camino, se hace camino al andar, pariente —contestó su interlocutor colgado de un fragmento poético de Antonio Machado— Puedo echarle una manita, si usted lo acepta. Pase mañana temprano por mi casa —agregó y siguió su camino.

—¡Buenos días, don Juancho!

—Buenos días, pariente, es usted madrugador y cumplido. ¿Ya tomó café?

—Si, señor, cuando salí de la casa de mi suegro ya habían despachado a los arrieros y los peones recogían sus herramientas para empezar la jornada. Yo me paro al amanecer para ayudar en cualquier cosa y tomo mi desayuno muy temprano.

—¿Sabía usted que esta parcela, las de mis hermanos, José Rito, Ramón Ignacio, Emeterio, Juana de Dios, María La O y mi predio Bella Vista, formaron parte de la hacienda de mis abuelos, Juan Claro Arenas y María de Jesús Velásquez?

—No, señor. Mi hermano Alejandrino asegura que el señor Claro Arenas fue un importante benefactor de La Playa de Belén, que él y sus hijos cooperaron en el sostenimiento de la capilla; dice que ha leído en los boletines de la diócesis de Santa Marta que toda obra buena desarrollada en la región contó con la generosa colaboración de la familia Claro Velásquez.

—Estas tierras —agregó don Juan Nepomuceno— hacían parte de una posesión de campo nombrada «Los Seborucos», que fue adjudicada a mi tía Carmela Claro Velásquez en el juicio de sucesión del abuelo Juan Claro Arenas; ella las vendió en 1909 al tío Pedro. Se extendían desde el Alto de las Liscas hasta Curasica y del Llano Ardila, de la cabecera de la aldea, hasta las goteras de Aspasica.

—Bueno, vea lo que tenemos por aquí: unos azadones viejos, dos ramillones, una barra, un pico, un palustre, un zurrón, unos horcones, tres cargas de cañabrava, material de relleno, unas tiras de cuero, algunos bejucos y tejas de barro para que levante una casita de bahareque.

Luis Jesús lo miraba sorprendido y el noble amigo sonreía.

 
 

—Búsquese unas bestias para que le trasladen estas cositas. Éxitos, mi querido amigo.

Del negocio del predio mencionado por don Juan Nepomuceno se especuló en la época, por el precio que alcanzó la importante suma de veintidos mil pesos y por la cláusula de pago en la escritura de compraventa, en la cual se establecía que doña Carmela Claro Velásquez recibiría en el momento de la firma la suma de ocho mil pesos más una cuota tres mil pesos en los siguientes treinta días; el saldo se redimiría, después de su fallecimiento, en cuotas de tres mil pesos en tres períodos de treinta días, a favor del párroco. Una cuota de dos mil pesos fue pactada para un término de seis meses a favor de cinco señoras cuyos nombres fueron indicados en la escritura.

Luis Jesús levantó la casa de campo y le cambió el nombre a la parcela por otro más sugestivo: «La Campiña». Allá vivió con Silvia María durante siete años largos en las buenas y en las malas. El letrero, pintado con material vegetal en la pared exterior del rústico inmueble, llamaba poderosamente la atención de los traseúntes.

Juan Nepomuceno Claro Bayona
 
 

Nunca olvidaron aquel lugar, que marcó en sus corazones dos nobles sentimientos: el de la gratitud con don Juan Nepomuceno Claro Bayona y el del amor por lo que se hace cuando todo parece perdido

A La Campiña acudían, con frecuencia, los parientes y algunos amigos de la nueva Familia Pérez Arévalo. Plácida, Leopoldina, Hilda y Emelina Pérez Amaya, acompañadas de doña Valentina, organizaban paseos con los hermanos Arévalo Claro y, entre todos, preparaban suculentos sancochos y se entretenían con los árboles frutales de la vecindad. En otras ocasiones hacían melcochas o arroz de dulce. Fray Ismael Enrique dice que en 1940, cuando tenía 7 años, pasó una semana en La Campiña.

 
 Llamado a prestar sus servicios en la administración municipal, Luis Jesús dejó la agricultura y se volvió a vestir de habitante urbano. Más tarde, ejerció el periodismo, a través de periódicos de pocas ediciones de los cuales fue director o codirector, como Pluma Azul, Vibraciones y El Vivac. En Vibraciones compartía responsabilidades con Benjamín Pérez Pérez cuando don Santiago Durán les soltó esta copla:
 Un periodista en La Playa
se quedó con el primero:
o es que mentiras no halla
o que le falta dinero.
 
  
  
 
 


Al lado del dirigente conservador, Lucio Pabón Níñez, participó con ardor en la actividad política. Una anécdota: En cumplimiento de una gira política organizada por el directorio departamental, Pabón Núñez llegó a La Playa de Belén el 29 de agosto de 1938. Tenía 25 años y estudiaba Derecho en la Universidad Javeriana.
Don Carlos Daniel Luna Manzano recuerda, en una crónica sobre aquella visita, que Pabón y sus amigos se encontraban en la casa cural cuando fueron atacados por agentes de la policía y del resguardo. Apostados en estratégicos lugares del parque del poblado, dispararon sobre la puerta cerrada del despacho parroquial y pusieron en grave peligro la vida de los asistentes. Una silla fue averiada por las balas de los francotiradores. En la reunión se encontraban, José Francisco Arévalo, Sixto Barriga, Luis Jesús Pérez Amaya, Luis Eduardo Arévalo, Antonio Castilla Velásquez, Remigio Pérez, con sus dos hijos, Andrés Avelino y Luis Jesús, y Carlos Daniel Luna Manzano. Dicen que Pabón se vistió con una sotana del párroco y salió para Ocaña, por el camino del Alto de Las Liscas, en las horas de la madrugada del día siguiente.

Luis Jesús fue Alcalde de los municipios de Convención, Hacarí, La Playa de Belén y San Calixto; Juez Promiscuo Municipal de La Playa de Belén, San Calixto, Bucarasica y Hacarí; Registrador Municipal del Estado Civil de San Calixto y Hacarí. No obstante sus ocupaciones en otros municipios, conservó su domicilio en La Playa de Belén hasta 1948, cuando se trasladó a la ciudad de Ocaña para desempeñar el cargo de jefe de la Sección de Justicia de la alcaldía; fue recomendado por su amigo y coterráneo, Erasmo Álvarez, quien ostentaba una curul en la Cámara de Representantes.

Con los conocimientos jurídicos, adquiridos durante su paso por los cargos oficiales, decidió retirarse de la función pública y creó una pequeña oficina en su propia residencia; desde allí sirvió, hasta los últimos días de su existencia, a pequeños comerciantes y a campesinos en apuros, que solicitaban su asesoría. De esta manera derivó el sustento para su familia.

Escribía con facilidad y gustaba de la lectura de obras relacionadas con la historia, la política y la religión. Dejó unas memorias sobre su paso por la actividad partidista.

El 11 de mayo de 1995, vencido por una grave enfermedad, entregó su alma al Creador, en la ciudad de Ocaña.
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MONSEÑOR ALEJANDRINO PÉREZ AMAYA

Nació en la vereda de Locutama, municipio de Hacarí, el 24 de abril de 1910. Pasó sus primeros años de infancia en La Playa de Belén; posteriormente, siguió los pasos de su vocación sacerdotal.

Fue párroco en La Playa de Belén, El Carmen, Pivijay, Aguachica, Convención, Teorama, González, Río de Oro y Santa Marta. Construyó cinco templos con sus casas curales y publicó tres semanarios eclesiásticos.

En Santa Marta, mientras fue párroco de la Catedral, circularon semanalmente tres mil ejemplares de "La Basílica", periódico fundado, dirigido y escrito por él. A su misión de apostol, le agregó, desde muy temprana edad, una vocación artística que lo llevó por los caminos de la música. Interpretaba la flauta, el oboe y el armonio.

En la Diócesis de Ocaña fue Delegado Episcopal para Causas de Partidas y Documentos, Canciller, Rector del histórico templo del Dulce Nombre, Director del programa radial de la Legión de María y Prelado de Honor del Papa Juan Pablo II.

 

 


Publicó dos libros de poemas y alocuciones sagradas. Era evidente el profundo carácter religioso de su poesía. Ese era su entorno natural, su propio mundo. Jesús y María eran sus banderas. Estaba considerado como uno de los mejores oradores sagrados de la Diócesis de Ocaña.

El veintisiete de diciembre de mil novecientos cincuenta y dos, en su condición de párroco de la catedral de Santa Marta, participó en la comisión encargada de la constatación de los restos de JOSÉ EUSEBIO CARO, con motivo de cumplirse cien años de su fallecimiento en esa ciudad, quien había sido sepultado en el Mausoleo de don Pedro Díaz Granados el día 28 de Enero de 1853. El propósito era retirarlos para llevarlos a Ocaña, pero no fue posible porque sus restos se encontraban mezclados con otros despojos de la familia Díaz Granados.

Monseñor Alejandrino fue austero en sus costumbres; discreto y, algunos opinan que de ceño adusto, pero quienes lo conocimos bien sabíamos que detrás de su talante severo vibraba un ser cálido, un sacerdote ejemplar, un hombre con signo cristiano.

A la edad de 92 años, en la madrugada del 1º de julio de 2002, murió Monseñor Alejandrino Pérez Amaya. Cincuenta sacerdotes, encabezados por Monseñor Lozano Zafra, Obispo de la Diócesis de Ocaña, y numerosos familiares y amigos lo acompañaron hasta su última morada del Cementerio Central de Ocaña.

Sé que interpreto los sentimientos de toda la familia al exaltar sus virtudes, recordar sus excelsas condiciones humanas y recoger una historia de bondades, afecto y conducción espiritual. Era el último de los hermanos Pérez Amaya. Plácida, Luis Jesús, Leopoldina, Hilda y Emelina, lo habían precedido en su partida.

 

Ocaña, agosto 16 de 2001

Apreciado Guido:

Esta le lleva mi cariñoso saludo y mis plegarias para que el Cielo lo bendiga junto con su familia. Me permito enviarle la foto que usted deseaba que resultó muy buena. Cuando yo llegué a esa capilla privada del Papa y lo vi meditando como un hombre levantado de la tierra hacia el cielo, dije estas palabras: «Valdría la pena venir a Roma con el sólo propósito de ver al Papa meditando».

 
Esta foto muestra que el Papa me está entregando un rosario y esto se hizo despúes de haber concelebrado la Santa Misa y pasamos a la biblioteca privada del Pontífice. Con mucho gusto le envío esta foto. Recuerdos a su familia. De Ud. afectísimo tío, Monseñor Alejandrino Pérez Amaya.
 
 

 

Doña Juana de Dios Claro Bayona, nació el 18 de noviembre de 1895 y fue bautizada el 22 de noviembre del mismo año, en La Playa de Belén. El 5 de junio de 1916 se casó con José Francisco Arévalo Claro en la parroquia de San José de Belén. Fueron testigos: Ismael Arévalo Claro y Gumercinda Pérez.

Falleció el 31 de octubre de 1975. Después de 41 años de su fallecimiento, tuvimos conocimiento de un suceso que incita a la curiosidad: en la partida de bautismo fue registrada con el nombre de María de Jesús. No hemos encontrado ninguna explicación.

Nadie sabe por qué, ni fray Ismael Enrique, el único hijo vivo.
 
 
Juana de Dios Claro Bayona
José Francisco Arévalo Claro
La Familia Claro

Juana de Dios era hija de Camilo Claro Velásquez y Laureana Bayona Bayona. Nieta de Juan Claro Arenas y María de Jesús Velásquez, a quienes se les menciona entre los primeros pobladores de la aldea de La Playa. Juan era hijo de Antonio Jesús Claro y María Nicolasa Arenas Toro. Julián, Miguel Dolores, José Abenino, Vidal, María Dionicia de la Trinidad y María del Carmen, fueron sus hermanos, casi todos, cabezas de numerosas familias.

En la monografía eclesiástica, publicada, por capítulos durante el año de 1931, en el Boletín de la Diócesis de Santa Marta, el presbítero Luis García Benítez escribió la siguiente nota: «Hay un nombre que no podemos olvidar al llegar aquí y es don Juan Claro A., eximio varón que se interesó mucho por la obra y conservación de la antigua capilla. El apellido Claro es uno de los principales de La Playa, y desde el origen de la Parroquia no hay obra buena y de progreso en la cual no figure alguno de este apellido descendiente, sin duda, de don Juan. Los pueblos con frecuencia se olvidan de sus benefactores y muchas veces por ingratitud, por rivalidades u otras pequeñeces tratan de olvidar sus beneficios; obra del historiador imparcial es el sacudir el polvo del olvido».

Miembros de la familia CLARO, de varias ramas, aparecieron en Colombia a partir del siglo diecisiete, procedentes, seguramente, de Estados Unidos, México, Argentina, Chile y Uruguay, entre otros países, como resultado de migraciones iniciadas en España que buscaban nuevos horizontes económicos al otro lado del Océano. Los primeros niños fueron registrados en El Sagrario, parroquia del puerto de Santa Marta y, posteriormente, se produjo un desplazamiento a la provincia de Ocaña con marcada incidencia en el distrito parroquial de Aspasica.

Por escrituras públicas de la época, se conoce su asentamiento en el entorno de Aratoque donde adquirieron las tierras de una antigua hacienda, la más importante del área Boquiní, a la cual se llegaba desde Ocaña según el notable historiador Jorge Meléndez Sánchez (Vivir la región, pags. 106-109) por el Camino Real de Peritama, pasando por el sitio de La Playa. Muy importante debió ser el sitio de Aratoque porque los curas doctrineros llegaban al lugar desde Ocaña con el propósito de administrar algunos sacramentos. El 24 de febrero de 1690, el presbítero Lucas de la Cruz, con licencia del Vicario Eclesiástico, casó allí a Francisco Freile con Sebastiana. Fueron padrinos, Pedro y Agustina, indios. Testigos, don Jorge de Linares y muchas personas.

Las parroquias de El Sagrario, de Santa Marta, y de Santa Ana, de Ocaña, recibieron inicialmente la mayor demanda de los inmigrantes. Otros fueron bautizados en Río de Oro (Cesar), Ábrego y González. En la parroquia Santa Catalina, de Aspasica, se encuentran registrados numerosos bautismos, matrimonios y defunciones de la familia Claro.

 

La familia Arévalo Claro

En La Playa de Belén, el 22 de abril de 1893, nació don José Francisco Arévalo Claro, en el hogar de don José Trinidad Arévalo Ovallos y doña Gregoria Claro Álvarez. Fueron sus hermanos, Guillermo, Ismael, José del Rosario y Onofre. Ismael fue su socio comercial. Gregoria, su madre, era nieta de Tiburcio Valeriano Dionisio Álvarez Bayona, uno de los fundadores de La Playa de Belén.

Fue presidente del Concejo y reconocido dirigente cívico. Participó activamente en el proceso de traslado de la cabecera municipal y llevó a su tierra, con su hermano Ismael, el primer automóvil.

En el anuncio publicado en El Terruño, quincenario dirigido por don Donaldo Durán Castillo y redactado por don Carlos Daniel Luna Manzano, ediciones de 1933, puede observarse que en el establecimiento de comercio de Ismael y Francisco Arévalo, con sucursales en Ocaña y Barranquilla y sede principal en La Playa de Belén, se vendían mercancías nacionales y extranjeras: sombreros, cobijas de lana y algodón, medias, corbatas y artículos de lujo; cigarrillos, confites, rancho y toda clase de víveres. Compraban cebolla, café, granos y otros productos. Contaban, también, con un expendio de carnes.

En la década del cuarenta del siglo XX, hubo una importante campaña para el cultivo y explotación del fique. Al pueblo llegaron telares de diversos tamaños y tornos de madera, que fueron instalados en las salas y en los corredores de los hogares, para atender la industria.

La operación fue asignada a las mujeres, quienes cumplían maravillosamente su tarea y aportaban su ingenio y sensibilidad en la producción de sacos o costales para empacar cebollas y granos.

También elaboraban cabuya y artesanías para el consumo doméstico y para enviar a importantes centros comerciales. José Francisco instaló en su casa un telar de buen tamaño y varios tornos que por suerte contaban para su operación con hombres y mujeres de la familia y, si era necesario, con algunas personas que servían en otras actividades.

En el hogar de José Francisco Arévalo Claro y Juana de Dios Claro Bayona se procrearon 15 hijos: Zoila Rosa, Silvia María, María del Rosario y María Faride; los hijos varones fueron: José Octaviano, Emiro Antonio, Arnulfo José, Raúl Eduardo, Misael de Jesús, Ismael Enrique y José Edilberto. Otros 4 murieron en la infancia o en la adolescencia. Romelia, hija de Helena Vega, y Juan, hjo de Carmen Rosa Morales, nacieron de relaciones extratrimoniales de José Francisco. Romelia se crió con la familia Arévalo Claro.

Zoila Rosa era la mayor, circunstancia que la convirtió en consejera y guía de sus hermanos. había hijos de todas las edades cuando se casó mi madre: José Edilberto e Ismael Enrique frizaban entre la infancia y la adolescencia; Misael, Raúl Eduardo y Arnulfo, todavía andaban de pantalón corto. Emiro Antonio ya se había alargado el pantalón.

 
 
 

Fray José María Arévalo Claro

José Octaviano (fray José María en la vida religiosa), nació el 29 de agosto de 1923. En el Seminario Diocesano de Ocaña realizó sus primeros años de educación religiosa; allí se interesó por el estudio de la gramática de Bello y comenzó, entonces, su afición por la literatura. Además del latín dominó más tarde varios idiomas, entre ellos el francés y el italiano.

En 1940 viajó a Chquinquirá, al colegio Apostólico. Cursó Teología durante cuatro años en la Pontificia Universidad Santo Tomás, Angelicum de Roma, donde recibió el título de Licenciado en Teología con la tesis en latín sobre «El Proceso intelectual de la Profesía según Santo Tomás», que será publicada en los próximos meses por iniciativa de fray Ismael Enrique.

Tiene reconocimiento como políglota y humanista. El colegio de educación media, de La Playa de Belén, lleva su nombre.

 
   
 

Entre sus obras, la más destacada es «Los Dominicos en el Perú». En el libro, «Rostros del Centenario», de los padres dominicos dice el autor: «Fue un lector incansable, un bibliómano de tiempo completo, un bibliógrafo apasionado y un "bibliófago" ávido de saber y de erudición. Era un hombre que sabía escribir con estilo fácil y elegante, con sangre y espíritu. Conocía y paladeaba muy a su sabor los secretos y deleites de los clásicos, especialmente a Cervantes y Granada, Menéndez Pelayo, Caro y Cuervo, Suárez y José Joaquín Casas. Y con todo esto poseía un corazón de artista que vibraba con todo lo bello del cielo y de la tierra. Escribió algunos poemas breves pero henchidos de gracia y galanura castellana».

Falleció en Bogotá el 19 de agosto de 1971 a la edad de 48 año y fue sepultado en su pueblo natal.

 
   
  

Fray Ismael Enrique Arévalo Claro

De su nacimiento, dice El Terruño, en su primera edición del 7 de julio de 1933:
«Felicitamos a nuestro buen amigo don Francisco Arévalo C., cuyo hogar se halla de plácemes por la reciente llegada de un hermoso nené». Había nacido el 17 de junio de aquel año. El Mono, le dicen tovía sus compañeros en la Orden de Predicadores, por sus cabellos rubios y sus ojos azules. Es un cura viajero, pasó ayer por Cúcuta (26 de octubre de 2018), viene de Villavicencio, después de un descanso en el eje cafetero. Pasará unos días en la Casa Mayor, inmueble que tiene en usufructo mientras viva, y volverá a Bogotá en los próximos días a preparar la edición de la tesis de grado de su hermano José Octaviano.

Fray Ismael Enrique obtuvo el título de Licenciado en Filosofía y Ciencias Religiosas en la Universidad Santo Tomás de Bogotá y fue rector del seminario Apostólico Jordán de Sajonia en 1964 con 31 años de edad. Escribió «Laico para el siglo XX».

 
   
 
Ha participado en numerosos cursos, congresos y seminarios relacionados con su trayectoria profesional y religiosa. En el año 1999 cumplió un amplio periplo por Estados Unidos y Europa. Entre el 15 y el 20 de agosto de 2005, participó en la XX Jornada Mundial de la Juventud, en Colonia (Alemania), con la presencia de Su Santidad Benedicto XVI. Más tarde, viajó a Grecia, España, Italia y Francia. En el año 2017 estuvo en Panamá.

Fue Director de Educación Abierta y a Distancia, de la Universidad Santo Tomás en la Costa Atlántica y Capellán del Colegio Lacordaire, de los Padres Dominicos en la ciudad de Cali. En el año 2006 ocupó los cargos de Canciller y Vicario para las religiosas y religiosos de la Diócesis de Magangué, bajo la dirección pastoral del Obispo Leonardo Gómez Serna, de la Orden de Predicadores. En La Playa de Belén dirige la Fundación Padre Ángel Cortés (FUNDAPAC), que agrupa a los ancianos.

El próximo año cumplirá 86 y goza de una envidiable vitalidad. Está radicado en Barranquilla, en la Casa y Parroquial que él fundó; fue su primer párroco en 1974.

 

 
 

Emiro Antonio Arévalo Claro

Nació en La Playa de Belén, el 23 de diciembre de 1920. Estudió en la escuela pública de su tierra y pasó, posteriormente, al seminario diocesano de Ocaña. Cuando avanzaba en los estudios de filosofía abandonó su vocación sacerdotal.

El abuelo Francisco lo envió, entonces, a sus tierras de Curasica, donde el frustrado sacerdote le entregó sus días a las faenas agrícolas y las noches al cultivo de una deliciosa relación con las bebidas espirituosas. En aquel idílico paraje surgieron, entre velas y guitarras, la vena del poeta y la nostalgia que cifró sus canciones. De allá bajaba los fines de semana, sobre su caballo «Palomo», a ponerle trampas al amor y a presumir de niño rico.

Formó su hogar con Clara Lucía Claro Ovallos con quien tuvo cinco hijas: Marilce, Aura Elsa, Zuly María, Josefina y Beatriz.

 
 

El matrimonio serenó sus ímpetus y lo llevó por nuevos horizontes: se vistió de burócrata en la Caja Agraria de Ocaña y terminó en Santafé de Bogotá, donde se desempeñó en importantes cargos en el Incora y el Ministerio de Agricultura.

En 1992 fue publicada su obra poética, «Canción del Terruño», en una modesta edición que sus familiares presentamos ante numerosos parientes y amgos reunidos en un auditorio del Club Cazadores de Cúcuta, con la presencia del autor. El 17 de diciembre de 2012, durante la celebración del sesquicentenario del municipo, como un homenaje de sus nietos, en un precioso diseño dirigido por su nieta Marisol, se presentó la segunda edición en la Casa de la Cultura de La Playa de Belén.

Vivió sus últimos años en su amada tierra. Vivió apaciblemente, entre duraznos y platanales en cosecha. Los estudiantes le consultan sus tareas y los campesinos le confían sus problemas legales. Hacía cartas de amor, telegramas de efemérides y discursos para todas las ocasiones; críaba pollos y conejos y presumía de horticultor.

Su viejo tiple, como un trofeo de guerra, colgaba de una puntilla en la pared principal de su aposento. A su alrededor, en todos los tamaños y colores, estaban los banderines y gallardetes de eventos deportivos que Emiro había organizado o estimulado, y las camisetas de las campañas políticas que lo llevaron al Concejo Municipal.

«Cuando se recorren una y otra vez las páginas de Canción del Terruño, se advierte -dice su hija Josefina- que nada tan preciso como el nombre, para este poemario, ya que se percata cada vez más el aroma de la tierra, el calor de la familia y la lealtad por los amigos».

El 31 de octubre de 1995, a la edad de 75 años, descansó en la paz del Señor.

 
 
 
 
 

Zoila Rosa Arévalo Claro

Nació en La Playa de Belén, el 15 de agosto de 1918. Considero que fue la mayor de la familia Arévalo Claro, porque el primero, Otoniel, murió a la edad 6 años.

Después de la muerte de su padre, Zoila Rosa tomó las riendas de su hogar. Trabajó hasta su jubilación en la Recaudación de Impuestos de su tierra.

Falleció en Ocaña, soltera, el 11 de agosto de 1984 y fue sepultada al día siguiente en La Playa de Belén.

Dos sentimientos, expresados desde esquinas diferentes, guardan el sagrado testimonio de su condición humana. Fue limpia en sus virtudes, justa en sus juicios, noble en sus valores.

Z agala dulce cuyo rostro engalanan
O
jos azules como el cielo o el mar
Y
o me muero afanoso a pesar de que es
L
a maldita esperanza que mi alma se obstina
A
querer impaciente
el cariño alcanzar.

Carlos Daniel Luna Manzano


 

ZOILA

Nada te obsequio por mi suerte ingrata
solo tengo el sentir de este soneto
que hecho con amor, yo te prometo,
que vale más que el oro, que la plata.

Guarda tu corazón ternura innata
como el más místico secreto,
con tal veneración y tal respeto
que el constante latir ni se percata.

Vives aún con el rubor de niña
y es tu accionar de señorial matrona
como lo hace la rosa en la campiña.

Quieran mis hijas proseguir tus huellas
y en el día de tu santo que hoy asoma
yo te regalo el sol y las estrellas.

Emiro Antonio Arévalo Claro
La Playa de Belén, 15 de agosto de 1969.

 

 
 
 
 
Esta historia continuará...
 
 
 

Arnulfo Arévalo Claro

Nació en La Playa de Belén, el 1º de enero de 1925. Durante muchos años residió en el corregimiento de Aspasica, donde se destacó como jefe político conservador.

Se desempeñó como juez promiscuo de Hacarí y en dos ocasiones ocupó el cargo de Alcalde en La Playa de Belén: la primera por decreto No. 149, del 28 de febrero, entre 1977; la segunda por decreto No. 951 del 5 de noviembre de 1984, terminó su gestión el 11 de abril de 1986. También ocupó una curul en el Concejo de su tierra.

Se le conoció coloquialmente como "Chiche". Prestó el servicio militar y formó parte de la banda de músicos "La Merced", creada en 1942, de acuerdo con la versión de don Julián Arénas, por iniciativa de don José Francisco Arévalo Claro.

Se casó con doña Hermelinda Franco Pallares, con quien procreó los siguientes hijos: Francisco Antonio, Otoniel Alonso, José Aristides, Ana Bertina, Uriel Alberto, Juanín, Amparo, Octaviano, Álvaro, Hugo Armando y Arnulfo.

Víctima de oscuros asesinos, que ingresaron al local comercial de su propiedad, ubicado en el sector de El Dulce Nombre de Ocaña, murió asesinado el 29 de agosto de 1987.

 
   
 
 
 
 

Raúl Eduardo Arévalo Claro

Nació en La Playa de Belén, el 10 de marzo de 1931. Estudió durante algunos años en el seminario diocesano de Ocaña y, posteriormente, prestó el servicio militar.

Fue Registrador del Estado Civil en Cúcuta, Delegado Departamental de la misma entidad en el Norte de Santander y Director de la Imprenta Departamental.

Cultivó un humor fino. En sus paliques, saltaba espontánea la copla o la anécdota festiva. Su agradable conversación estaba siempre referida a la tierra de sus afectos.

Los pesebres navideños de la Casa Mayor fueron los mejores en su tiempo de soltero, por su tamaño y por la creatividad. Los decoraba con hermosas fuentes y pajaritos de preciosos colores, elaborados, seguramente, con corazón del tallo de maguey, parecido al icopor, que obtenía en las montañas vecinas,

 
 

Se casó con doña Tulia Hernández, oriunda de Bogotá; tuvieron cuatro hijos: Zoila Rosa, Claudia Patricia, Raúl Eduardo y Sandra Giselea. Falleció en Cúcuta, el 17 de mayo de 2001.

 
Luis José Pérez Sánchez
22/03/1883 - 05/04/1941
Valentina Amaya Ortega
16/12/1878 - 10/08/1972
José Francisco Arévalo Claro
22/04/1893 - 15/07/1945
Juana de Dios Claro Bayona
18 /11/1895 - 31/10/1975
 
LUIS JESÚS PÉREZ AMAYA
SILVIA MARÍA ARÉVALO CLARO
Hijos:
Plácida María (+)
Martes, 5 de octubre de 1937
Luis Francisco
Miércoles, 1º de junio de 1939
(+) 19 de junio/2004
Guido Antonio
Miércoles, 6 de noviembre de 1940
Maruja del Socorro (+)
Martes, 4 de febrero de 1942
Mary Luz
Martes, 23 de febrero/1943 (+) 11 de julio de 2015
Jesús Alfredo
Lunes, 24 de julio de 1944
Magola (+)
Martes, 18 de diciembre de 1945
Carmen Darío
17 de enero de 1947
Cristo Alberto
8 de marzo de 1948
Álvaro Alonso (+)
Lunes, 6 de septiembre de 1954
Alejo Hernando (+)
8 de agosto de 1949
Jairo Hernando
Miércoles, 6 de agosto de 1952
Jesús Armando (+)
Martes, 3 de enero/1956 (+) 7 de abril/1973 Ocaña
José Sigidredo de Jesús
Martes, 24 de diciembre de 1957
Martha María del Socorro
Viernes, 9 de agosto de 1963

 
Clic para ver información familiar y gráfica:
 
 
Familia Pérez Amaya
Memoria de la familia Pérez Arévalo
 
  
 

 
 
 
FAMILIA PÉREZ ARÉVALO: Luis Jesús, Luis Francisco, Silvia María, Guido Antonio, Cristo Alberto (en las piernas de Luis Jesús), Carmen Darío, Alejo (en los brazos de Silvia), Jesús Alfredo y Mary Luz. La Playa de Belén, 1948. Guido luce un vestido de marino, con motivo de su Primera Comunión.
 
FAMILIA ARÉVALO CLARO. Casa Mayor: Hermanos Arévalo Claro. Romelia (Vega), Raúl Eduardo, Arnulfo, Fray Ismael Enrique, María del Rosario (Cuya), Emiro Antonio, Edilberto y Silvia María. Faltan: Zoila Rosa, Fray José María (Octaviano), Misael de Jesús y Juan (Morales).

LUIS JESÚS PÉREZ AMAYA
Hacarí, 9 de noviembre/1911
(+) Ocaña, 11 de mayo/1995
SILVIA MARÍA ARÉVALO CLARO
15 de septiembre de 1919
(+) 12 de noviembre de 1988

Luis Jesús, Guido Antonio, Mary Luz y Luis Francisco. La fotografía puede ser de 1944. Luis Francisco, 5 años;
Guido, 4 años y Mary Luz, 2 años.

Foto: Cortesía de Uriel Alberto Arévalo Franco. De pie: María del Rosario (Cuya), María Faride y Arnulfo. Sentados: Mamá Juanita, Luis Francisco, Edilberto y Guido Antonio. Foto: 1946, aprox.