| Ver del mismo autor: * La Columna del Libertador * La Ondina del Algodonal * Entrevista | |||||
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PUEBLO Y UNA VIDA EN LA PANTALLA DE LOS RECUERDOS Entrevista de Guido Pérez Arévalo al escritor Benjamín Pérez Pérez | |||||
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| - Empecemos, don Benjamín. - Comenzaré por el principio. Ha pasado bastante agua bajo los los puentes y se han desprendido muchísimas hojas de los almanaques desde la fecha en que nací en una finquita de la inmediaciones de la población La Playa. Allí transcurrió mi niñez. Era entonces ese paraje un sitio verdaderamente paradisiaco La casa, que todavía existe, estaba rodeada de un tupido bosquecillo de arbustos de cafeto, sombreado de barbatuscos y diversos árboles frutales como mangos, curos, pomarrosos, guayabos y naranjos. Una cantarina toma de agua contribuía a mantener en perenne frescura y lozanía toda aquella hermosa arboleda, pero el hacha, poco atenta a lo virgiliano del paisaje, se encargó de arrasar la atractiva vegetación para abrirles campo a los cultivos de cebolla, menos poéticos, pero más productivos, por su puesto. - De la mano de Emilio Velásquez hice mi ingreso a la escuela en calidad de asistente debido a mi corta edad. Fue mi primer maestro don Octavio Manzano. Recuerdo que el día de mi debut como escolar, cuando Octavio, corroborando aquello de que "la peor cuña es la del mismo palo" le propinó cuatro soberanos ferulazos a Damián Manzano. Yo salté aterrado a la calle y salí a la estampida como un conejo, hasta que fui alcanzado por el mismo Emilio y devuelto al aula que ostentaba en la puerta un pomposo letrero: Escuela Rural de Varones. Allí, bien o mal habría de cursar los años de primaria. -
¿Y su entrada al Seminario? -
Se produjo años más tarde, cuando yo contaba diez años de
edad, a comienzos de 1925. Un prospecto que casualmente cayó en mi poder
me animó a pedirle a mi papá que me matriculara en el Seminario
de Ocaña pues yo deseaba vehementemente ser sacerdote. Fuimos en efecto
a la ciudad, me examinaron y me admitieron. Posteriormente seguirían mis
pasos Alejandrino Pérez, Roberto Claro, Alcides Velásquez. José
J. Claro Ovallos, entre otros, quienes si coronaron carrera y son sacerdotes que
por su virtud y erudición se han constituido en honra del clero a que pertenecen
y orgullo de la tierra que los vio nacer. Casi ocho años permanecí
interno hasta que en 1932, una disimulada pero violenta enfermedad que al decir
de los médicos sólo me concedería un margen de tres meses
más de vida, me obligó a dejar el claustro cuando cursaba precisamente
el último año de filosofía. Las puertas me quedaban abiertas.
Así me lo dijo el rector, padre Pedro Gelain al despedirme. Si
se tiene en cuenta que el ciclo de estudios, por escasez de clero, era entonces
de diez años, concluiremos que estuve muy cerca de la ordenación.
Estaría usted confesándose conmigo, mi apreciado Guido, y no yo
con usted como lo estoy haciendo ahora -
Y... ¿de nuevo en La Playa? Después de muy detenidas reflexiones escogí lo segundo. Ya una playerita muy bella, de "ojos de dulce pureza", como dijera Gabriel Miró, había hecho tambalear la estructura de mi vocación y en mi mente martillaba la sentencia bíblica: "no se puede servir a dos señores". Me despojé de la sotana. Era alcalde municipal Antonio Claro Quintero y tenía como secretario a José Antonio Claro. Me invitaron a que quemara mis ratos libres ayudándoles en las labores de oficina y así lo hice durante muchos meses, sin esperar remuneración alguna. Pero en cambio adquirí de la experiencia y buena voluntad de ellos conocimientos muy valiosos en lo administrativo y en lo penal que más tarde me fueron de mucha utilidad.. Pronto José Antonio se cansó de la alcaldía y se dedicó a ejercer la medicina para la cual tenía una disposición innata y asombrosa. Yo ocupé su cargo y lo desempeñé durante algunos años pero con interrupciones. Fui también presidente del Concejo. Por aquella época fundamos don Luis Jesús Pérez y yo un periódico quincenal titulado "Vibraciones". La edición fue hecha en Ocaña por don Luis Sánchez Rizo, quien además de intelectual muy respetado era todo un artista en artes gráficas. Resultó muy bella y de contenido muy variado y agradable y como consecuencia recibimos de Cúcuta y Bogotá generosos mensajes de estímulo. El
periódico fue distribuido en La Playa en forma gratuita un domingo a salida
de de misa mayor. Circunstancia que aprovechamos para solicitar quienes lo recibían,
una ayuda mínima para financiar el segundo número. No encontramos
respaldo. Antes bien nos premiaron con una que otra frase destemplada y el entusiasmo
se me fue a los talones. "Vibraciones" no volvió a aparecer.
Esto dio pie a don Santiago Durán a que con su espontaneidad para versificar
y su desenfadada locuacidad, me endilgara la siguiente copla: Obsérvese
que la métrica es perfecta. Con motivo de la primera misa cantada del padre Velásquez, visitó a La Playa Monseñor Luis García Benítez. Monseñor, entusiasmado por una actuación mía, ofreció costearme estudios en la universidad Javeriana y hasta se adelantó entregándome una carta de presentación y de garantía para el padre Félix Restrepo. "¿Y con Sarita Vega, qué hago? ". Le pregunté tímidamente. "La hacemos nombrar maestra de escuela, mientras tanto", me respondió. Ese mientras tanto equivalía a seis años de espera. Y preferí casarme con Sarita Vega y desistir de la universidad. Pero como que me estoy extendiendo demasiado. ¿No cree? -
Continúe. Nos queda todavía espacio. - Bien. Quiero, antes de que se me olvide, hacer resaltar un detalle. Y es, como la acción comunal, tan en boga y tan cacareada hoy día, se adelantó en La Playa cuarenta años por lo menos y se puso en práctica allí con positivos resultados antes que en cualquier municipio colombiano. Al pueblo había llegado el alcalde don Sixto Barriga Pérez. Este señor, por razones políticas duró poco en el empleo, pero se radicó en el lugar y continuó desempeñando funciones públicas como personero. El municipio afrontaba por aquel tiempo una penuria fiscal alarmante. Pensar en la ayuda de parte del Departamento o de la Nación, era una utopía. Esperar contra toda esperanza, ya que el partido dominante en el gobierno no rezaba el mismo credo que rezamos los playeros. | |||||
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| Creo que fue por esta época que circuló un periodiquito titulado "El Terruño", dirigido por don Carlos Daniel Luna, también playero, maestro de escuela, joven muy correcto y de apreciables aptitudes literarias. Carlos Daniel estudió en el colegio "José Eusebio Caro", fue diputado a la Asamblea Departamental y le sirvió a su pueblo con cariño hasta donde las circunstancias se lo permitieron. Hoy ocupa un lugar importante en el Ministerio de Obras Públicas. De "El Terruño" aparecieron varios números. Desafortunadamente no conservo de ellos un solo ejemplar. No
he mencionado en este recorrido al padre Ángel Cortés. Pero me propongo,
contando con la hospitalidad de "Noticias Playeras", escribir un articulo
para exaltar la memoria de ese venerable sacerdote que tanto bien le hizo a la
región. -
Dijo usted que no se contaba con otro medio de comunicación terrestre
que un mal camino de herradura. ¿La Playa, entonces, se encontraba bloqueada? -
Exactamente. Como todos pueblos de la Provincia. Los primeros en comunicarse por
ruedas con Ocaña fueron, Convención, que figuraba como objetivo
inmediato del programa "Carretera a los pueblos"; y Ábrego, en
dirección inversa, privilegiadamente situado al paso de la Central del
Norte (Sector 4o.). En aquel tiempo era más complicado trasladarse de La
Playa -o de Ocaña- a Cúcuta, que hoy de Bogotá a París.
Porque el recorrido si uno no se arriesgaba a hacerlo por el camino de herradura,
tenía que realizarlo en varias etapas que podían comprender una
semana, así: de Ocaña a Gamarra, en cable aéreo, siete horas
aproximadamente; de este puerto a Wilches, uno a dos días de navegación
según el barco que acertara a subir. Los barcos de carga, por ejemplo,
propulsando tres o cuatro planchones resultaban de una desesperante lentitud.
De Wilches a Bucaramanga, en autoferro, saliendo al amanecer para llegar por la
tarde. Y finalmente de esta ciudad a Cúcuta en bus, en una no muy confortable
jornada de unas doce horas de duración, por una carretera destapada, frecuentemente
obstruida por los derrumbes. Pero si el supuesto viajero no contaba con el dinero
suficiente para darse ese lujo y tenía en cambio alma de torero, hacía
el recorrido por el camino de herradura en cuatro etapas: Una a Puente Reyes,
la otra a El Placer, adelante de Villacaro - después de haber traspasado
el páramo de Bucarasica- y la tercera a la población de Gramalote,
donde al día siguiente tomaba muy temprano el bus que en tres horas lo
conduciría a Cúcuta. Constituía de verdad un riesgo cumplir
este itinerario pues la ruta era muy escarpada, semejante en algunos trayectos
a una escalera, el tiempo regularmente tormentoso y no había posada que
no fuese increíblemente inmunda. Ojalá tuviera uno la fortuna de
unirse a una caravana de arrieros. De todas maneras se llegaba a la capital con
ampollas en las plantas pues la enclenque cabalgadura que se lograra fletar no
arriscaba a terminar la segunda etapa y había que devolverla con el correo
que invariablemente se hallaba de regreso y siempre andaba de a pie con su fardo
de correspondencia a las espaldas. Pero la magnificencia del paisaje que ofrece
el valle de Cúcuta, en contraste con la accidentada geografía ocañera,
el deslumbrante aspecto de la Perla del Norte y el cambio de ambiente compensaban
con creces las penalidades sufridas. Varias veces hice este recorrido en esas
penosas condiciones y le cuento que en la última, ya de vuelta a mi tierra
cerca de Ábrego, me sorprendió una violenta tempestad en un cerro
desierto cuyo nombre no recuerdo, y tuve que botarme al suelo y permanecer allí
tendido bocabajo soportando agua y granizo no sé por cuanto tiempo, para
evitar ser fulminado por un rayo, pues las descargas eléctricas contra
la pelada montaña se sucedían como ráfagas de ametralladora. -
Efectivamente, Guido. Aunque no determinemos fechas. Sin vislumbrar ni en sueños
la carretera, los apreciados comerciantes Ismael y Francisco Arévalo realizaron
la quijotesca empresa de llevar a La Playa el primer automóvil y ponerlo
al servicio del público. Era un carrito Ford, de cuatro cilindros. Fue
transportado por piezas, a pulso y hombro, al sitio de Chapinero, junto al río
Algodonal, donde lo armó un mecánico venezolano muy hábil
de nombre Miguel Becerra, quien meses después se casó en La Playa
con Débora Pérez. De Chapinero al pueblo el carro viajó sobre
sus cuatro ruedas aprovechando como carreteable el amplio y seco playón
que recorre esa zona y que entonces se convirtió en soñada autopista
de recreo durante las temporadas de verano. Había que observar la maliciosa
sonrisa del chofer Becerra, cuando las muchachas playeras deseosas de experimentar
las emociones de un paseo en Ford, le preguntaban ingenua y mimosamente. "¿Por
cuánto nos da una montadita?" -
Mire usted como se forma la historia de los pueblos. De detalles simples pero
encantadores por su misma sencillez. Dignos de figurar en una monografía. -
Eso. Y ya que oprimió ese botón, le informo que Monseñor
García Benítez, aprovechando una temporada en que tuvo a su cargo
el curato, escribió la "Monografía de la Parroquia de La Playa",
la que fue publicada por entregas en el "Boletín Diocesano" de
Santa Marta. En esa obrita, Monseñor presenta como fundadores a María
Claro de Sanguino y Juan Esteban Vega, lo cual no contradice lo que acerca de
lo mismo afirma don Justiniano J. Páez en su bien documentado libro "Noticias
históricas de la ciudad y Provincia de Ocana". Valdría la pena
localizarla. Como también un escrito, muy ordenado de excelentes gráficas,
aparecido en el magazine bogotano "Mundo al día", por allá
en el segundo semestre de 1925. Su autor si no estoy mal de recuerdos, fue el
joven sacerdote eudista Carlos Piedrahita Vásquez, primo de un controvertido
odontólogo que tuvo Ocaña, Ismael Vásquez Yepes. Igualmente,
el rector del seminario, padre (Gelain, impresionado por la majestuosidad de los
estoraques, le dedicó a La Playa una página más bien lírica
en la revista de "Los Sagrados Corazones de Jesús y María"
también bogotana. Considero justo anotar que la instalación del
telégrafo se obtuvo fácilmente por mediación del señor
Obispo ante su hermano el doctor Jesús Garcia Benitez. ministro de Correos
y Telégrafos en la ya decadente hegemonía conservadora. Le hablaré
ahora un poco de mí mismo -
Adelante, lo escucho con interés. De
sorpresa recibí de la alcaldía de Convención, la llamada
de un buen amigo, Manuel Enrique Rizo. con quien yo había trabajado como
secretario. Estaba él comisionado para ofrecerme un importante cargo, en
el ramo laboral, en h South American Gulf, empresa que construía para la
Colombian Petroleum el oleoducto que va de Tibú a Coveñas. Sin meditarlo
un minuto viajé en seguida llevándome de una vez a mi mujer y a
la primera hijita que ya daba los primeros pasos. Convención estaba convertida
en un hervidero humano. Atravesaba la época de las vacas gordas. En sus
calles se escuchaban diversos idiomas y en las cantinas los campesinos borrachos
convertidos en obreros de la Gulf despilfarraban el dinero sin conciencia, cometiendo
extravagancias como las de rociar los pisos con Whisky y brindar cigarrillos americanos
entre los presentes para después ofrecerles el fuego con la llama prendida
en billetes de cien pesos que en esa época equivalían a un dineral.
Está de sobra anotar que abundaban las rameras de segunda y de tercera,
que acudieron en enjambres de ciudades de la costa y del interior, que lógicamente
no debieron de perder el tiempo. La criminalidad también hizo su aparición
exhibiendo modalidades que hasta entonces habían sido desconocidas en la
región. La compañía me envió al campamento de El Tarra donde estaba el centro de actividades. Bella comarca. La forma un amplio valle, por donde se desliza mansamente el río. ya navegable en canoa, aparentemente inofensivo pero muy peligroso. La selva es fascinante. El clima caliente pero húmedo en la noche debido a la invasión de una niebla densa y pertinaz. Las tormentas que allí se desatan son de una aterradora belleza. Aquella concentración si era de verdad una torre de Babel donde se oía hablar inglés, alemán, italiano, chino, japonés y a ratos castellano. Se trabajaba en todos los frentes a un ritmo tal que hacía perder la noción del tiempo. En las oficinas se despachaba desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche con algunos intervalos de descanso. Disponíamos, eso, si de maravillosos equipos de escritorio estábamos bien alimentados y las instalaciones eran espaciosas y confortables. Me acomodé al trabajo fácilmente , me adapté a los compañeros, a todo... menos a la ausencia de mi esposa y de mi hija a quienes no había podido llevar hasta allí. Los reglamentos no lo permitían. Contra tres enemigos ocultos estábamos constantemente prevenidos: las paletillas o flechas de los indios motilones, la serpiente cascabel y el paludismo. No tardé en convencerme de que aquel paraíso del trópico, en el fondo no era sino el umbral del cementerio. Tal vez no me equivoco si digo que más de cien mil obreros quedaron sepultados a la sombra de las majestuosas ceibas, aniquilados por fiebres fulminantes y desconocidas. A pesar de la dosis diaria de quinina, yo también me sentí muy pronto atacado por el paludismo. Me negué a hospitalizarme. Renuncié al cargo y a las prestaciones médicas y regresé a Convención. Unos meses después enflaquecido y pálido como un cirio por el constante uso de la atebrina, recogí lo poco que me quedaba y con la mujer y la hija me encaminé a Bogotápor la vía de Gamarra. No podía convenir en que me tocara volver derrotado a mi tierra natal. -o- -
Quedamos en que se trasladó a Bogotá. -
En esta ciudad tal vez a causa de la brusca transición de clima, mi enfermedad
se recrudeció. En una residencia familiar tomé en arrendamiento
una pieza amoblada por la suma de sesenta pesos mensuales incluyendo la alimentación
para dos y los correspondientes servicios. La circunstancia de que hubiese cancelado
anticipadamente la primera obligación y el rumor de que procedía
de una compañía petrolera me crearon cierta reputación de
persona acaudalada que me puso a salvo de las desagradables cobranzas con que
la dueña despertaba todas las mañanas a los demás huéspedes,
en su mayoría universitarios. En las primeras semanas me limité
a vivir dentro de las cuatro paredes de mi habitación ignorando lo que
pasaba por fuera. Cada tercer día a las diez me llegaba con cronométrica
precisión el ataque de los fríos. El resto del tiempo lo transcurría
envuelto en la densa bruma de una fiebre de más de cuarenta grados, soñando
que escalaba los desfiladeros de Puente Reyes, rumbo a Paramillo, quemándome
de sed, mientras en las laderas de enfrente, con el cañón del río
Tarra de por medio, espumosas cascadas de agua se despeñaban con agradable
estrépito. Mi mujer, en avanzado atado de embarazo, permanecía abnegadamente
a mi lado empleando su tiempo en el cuidado de nuestra niña o en ponerme
en la frente compresas de agua fría mezclada con alcohol para hacer descender
mi temperatura. No se me ocurrió buscar médico ni traté de
hospitalizarme. No podía dejarla a ella sola en la condiciones en que se
hallaba. Me ceñí a seguir las indicaciones y a tomar las medicinas
que de paso en Ocaña me había formulado un excelente farmaceuta,
don Clemente Pérez Ocón. No se si fueron las plegarias que entre
sollozos musitaba mi esposa, las ventajas del clima o las medicinas las que lograron
el milagro. Lo cierto es que la recuperación no se hizo esperar. Las temidas
convulsiones ocasionadas por los ataques de paludismo no volvieron a presentarse,
la fiebre desapareció como por ensalmo y recobré poco a poco el
apetito. Pude entonces salir diariamente a recibir algo de sol, regularmente al
Parque Nacional, donde a veces me entretenía contemplando con nostalgia
la región de Ocaña representada en un gran mapa de alto relieve
que allí todavía existe en una plataforma. En el periódico
consultaba los programas que ofrecía la Banda Nacional y me iba a escucharlos
con embeleso. Olvidaba mis problemas oyendo "Mañana, tarde y noche
en Viena", "Tannhauser" o "Guillermo Tell" en interpretaciones
magistralmente dirigidas por el maestro José Rozo Contreras. En
mi condición de convaleciente era quemar tiempo en balde tratar de conseguir
trabajo. Sin embargo, me dediqué a ello pero con resultados negativos.
Hondamente preocupado pero animado por una incierta esperanza compraba de vez
en cuando una fracción de lotería y me iba al Voto Nacional a implorarle
al beato Antonio María Claret el arreglo de mi situación económica
que cada día se tomaba más confusa. Ignoro si el santo me hizo el
favor en otro sentido o no entendió mi idioma. Pero resultó que
por el lado de la lotería no pesqué ni la última cifra. En
estas difíciles circunstancias nació mi segunda hija. -
Dramática situación. - Algo más que dramática, apreciado Guido. Ese es capítulo aparte que parece haber sido tomado de una novela. Estábamos en semana santa y quise hacer bautizar a la niña antes de que mi averiada economía tocara fondo. Y fui a la universidad Javeriana a buscar de padrino a un estudiante al que había tratado casualmente en Ocaña pero que me inspiraba confianza y simpatía.
No
me explico cómo ni por qué fui a dar en las primeras horas de la
tarde a la Administración Postal, a la oficina de giros. ¿A cobrar
qué y proveniente de dónde? Hice cola detrás de otros solicitantes.
Estos iban saliendo uno a uno, cabizbajos, descorazonados por la respuesta del
empleado: "no ha llegado nada". Solamente un señor que me antecedía
no había perdido el viaje. Recibió mil pesos. ¡Mil pesos!
Y en esa época. ¡Si fuera carterista!... me fulguró la idea
como una centella. Desde luego contra mis principios y contra mi voluntad misma.
El tipo contó parsimoniosamente los billetes y como si yo le hubiera transmitido
mi diabólico pensamiento se volvió hacia mi y manifestó:
"de esto no me queda ni un centavo. Todo se está debiendo". Yo
me acerqué a la ventanilla y pregunté con timidez, quizás
con abatimiento: "¿Tendré por aquí un giro?" "¿Cómo
se llama usted y de dónde lo espera?". Le di los datos. El empleado
repasó varias veces el legajo de comunicaciones que tenía sobre
el escritorio y me dijo: "No señor. Tampoco le ha llegado nada".
Claro, pensé. No podía ser de otra manera. Ya iba alejándome
cuando él me gritó: "Oiga. Vuelva. ¿Cómo me dijo
que se llamaba?" "Pérez... Benjamín Pérez. De Ocaña",
respondí con ansiedad. "Espere. Creo que tengo algo para usted".
Abrió una gaveta y examinó unos cuantos papeles que parecían
estar ya archivados. "Si señor. Tiene cien pesos. Se los envió
José Dolores Pérez. Esto llegó hace semanas. Preste acá
su cédula". Cien pesos. ¡Alabado sea Dios! Y me los giraba mi
papá. Yo le había dejado una máquina "Singer" en
consignación. Ahora recordaba. Tembloroso por la emoción guardé
el dinero llevándome por delante a todo el que se me atravesaba en la calle
regresé al hotel. Le pagué a la patrona un saldo que le adeudaba
y entré después a la habitación como una tromba. "Empaque
reina, pero prontico" le grité casi a mi mujer. "¿Y eso?",
me dijo dilatando los ojos "Nos vamos" "¿Para dónde?".
Preguntó sorprendida. "Por lo pronto para Barbosa en ferrocarril esta
noche. Y de ahí, mañana en carro para Bucaramanga. "¿Y
luego?" Y los ojos se le llenaron de lágrimas. "Luego empaque.
empaque", exclamé eufórico. "La estrella de Belén
indicará el resto''. -o- - Como decíamos ayer, don Benjamín... Si,
Guido. Como decíamos ayer. Esa misma noche salí con mi pequeña
familia y el equipaje de que disponía hacia Bucaramanga por la vía
de Barbosa. Tres días más tarde estábamos en Puerto Wilches
donde abordamos una lancha que nos condujo a Gamarra. La tarde en que llegué
a ese puerto me quedé contemplando con emoción las gruesas y potentes
lineas del cable aéreo, en ese momento quietas, que de torre en torre se
extendían orientadas hacia la cordillera, perdiéndose en la distancia.
Por aquel fantástico e impresionante transporte habríamos de viajar
al día siguiente a la meta anhelada: Ocaña, nuestra tierra de promisión. El cable aéreo. Necesitaría alargarme demasiado para explicar como se hacía un viaje en esa clase de vehículo. Ya relaté uno igual con abundancia de pormenores en mi libro "El malabar blanco", con el ánimo de rescatar del pasado esas emocionantes experiencias que vivimos los habitantes de la Provincia de Ocaña en aquellos tiempos. Por lo pronto agregaré que el recorrido se hacía en siete horas aproximadamente, a una velocidad apacible de treinta kilómetros, en vagonetas de seis puestos y que la ruta ofrecía cautivadores contrastes, algunos de aterradora grandeza. Llegamos a Ocaña en una tarde brumal. Nada nuevo me ofrecía el paisaje. Las misma recuas de burros que salían de Las Llanadas después de haber dejado sus hatillos de leña de guayabo arrayán, los mismos camiones destartalados que venían de la Piñuela a depositar los bultos de café y de cebolla en las bodegas de la estación, el viejo Toscano con su chiva negra que semejaba un carro fúnebre y que tenía un pito de sonido ronco que los pegotes de la localidad imitaban con un "te lo jurga" el invariable chofer Forgioni que me saludó con lacónico "¡Hola! cómo te va", ignorando que yo venía de la capital de la república y que me parecía haberme ausentado hacía muchísimos años de la tierra encantada. Pero ahí tenía yo a Ocaña y el pecho se me ensanchaba de agitación. Esa
noche fui a casa de Manuel Enrique Rizo a saludarlo. Era el alcalde. "Me
caes de perlas", me dijo sin ocultar su alegría. "¿Por
qué?" "Porque hoy me renunció el secretario. Cree que
es indispensable. Te ofrezco el cargo". "Pero aquí la cosa es
distinta". Le repliqué un poco indeciso. "Yo no soy del partido
gobernante. Vos lo sabés". "Déjate de pedejadas. Te necesito.
Acepta". Y acepté. Pero
la duración de mi ejercicio como secretario fue tan efímera como
la del general Quintero Calderón en la presidencia de la república.
Mi presencia en la alcaldía provocó un solemne ventisquero en el
quisquilloso y extravagante regionalismo local. Algo así como esas turbulencias
que imprevistamente se forman en una esquina y levantan con violencia polvo, hojas
secas, pedazos de papel, destrozan vidrios y hacen chocar con estruendo las hojas
de las ventanas. El caso fue hasta la gobernación. Renuncié a los
veinticinco días para evitarle problemas al amigo Rizo y la comunicación
fue ceremoniosamente leída por radio al público por Jorge Tacilla,
quien era empleado de la alcaldía y a la vez speaker de una emisora que
había construido Luis Lineros valiéndose de tubos y repuestos de
receptores viejos, tarros, tuercas y tornillos caseros. Pero se captaba hasta
en la Ermita y en Río de Oro. Me establecí de nuevo en La Playa. La satisfacción de verme otra vez en mi tierra después de las angustias padecidas, se nublaba no obstante con una inquietud. No podía atenerme del todo al pasaje evangélico: "No os inquietéis por vuestra vida sobre qué comeréis, ni por vuestro cuerpo sobre qué os vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad como las aves del cielo no siembran ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?". Contaba con el apoyo de mis padres por lo menos para lo esencial era cierto. Pero "el que se casa, casa quiere". Tomé una en arrendamiento, por cuatro pesos mensuales, bastante fría, y a la entrada del pueblo, casi enfrente de otra casa conocida como la de "la tenería", que fue de mi abuelo Atanasio, en la que funcionó un embeleco de factoría de gusanos de seda. -
¡Cómo! ¿Gusanos de seda? -
Que interésame. No lo sabía. Ya que ha tocado el tema, ¿podría
ampliarlo? Con mucho gusto. Retrocederé en el tiempo unos cuantos lustros para destacar esos episodios de nuestra historia que parecen estar olvidados o no son conocidos. En nuestra incipiente población por allá en 1920 se había establecido un dentista antioqueño de apellido Hoyos. Estudió en los Estados Unidos y de allá le llegaban con frecuencia paquetes de revistas en inglés. Presumo que en inglés, por el país de origen y porque yo al hojearlas tenía que contentarme con examinar las gráficas o monigotes; pues en cuanto a la escritura... no era igual a la que me había enseñado don Octavio Manzano. No me explico de qué vivía el profesional, en un pueblo en donde el que padecía un dolor de muela corría a donde Bernardino Pérez a que se la rezara. Y si por excepción acudía al dentista era para que le vendiera un poquito de dentrífico con el que taponaba después el hueco del molar cariado. Yo también fui víctima a mi edad de los misteriosos orificios de don Berna. Y en muchas ocasiones me provocó aplicarle un soberano mordisco en el sucio y grueso dedo que él me introducía en la boca mientras formulaba no sé qué fórmulas de aquelarre; un dedo de sabor a sal y cebolla recién arrancada y hediondo a ambir de tabaco criollo. El doctor Hoyos persuadió al abuelo Atanasio a que se embarcara en la quimera de la sericultura. Mi abuelo era todo un patriarca. Muy severo y de un ceño adusto como el que presenta el padre García Herreros en la televisión. El primer paso fue poblar todo el terreno de morera, árbol de fácil desarrollo, nada exigente al riego y cuyas hojas grandes, frescas, suaves y ligeramente corrugadas, deberían constituir el alimento de los gusanos. Luego, en un salón bien ventilado, se instaló el andamiaje compuesto de estantes abiertos, varias plataformas superpuestas en las que habrían de vegetar las orugas. Y por último llegaron los huevos o semillas. Nacieron los gusanos. Semanas después, aquellos estantes parecidos a catres de cuartel, eran la más bella exhibición de hilos y de capullos multicolores. A mí, a pesar de mis seis años pero investido del privilegio de ser nieto del socio de la plata, se me dejaba entrar en el local con la condición de no hacer el mínimo ruido ni con el movimiento de los pies. Qué bulla iba yo a producir descalzo y con el asombro pintado en los ojos. Ni saltamontes hubiera advertido mi presencia. En una ocasión encontré novedades. Las mariposas. El doctor había dispuesto dejar nacer algunas para asegurar una constante provisión de huevos. Pero me decepcionaron. Eran de un color gris pálido y de antenas peludas. Qué distintas las había imaginado. Cualquier día el odontólogo resolvió enfilar su proa hacía otras tierras. No se llevó nada ajeno, ni le quedó debiendo dinero a nadie, que yo sepa. Pero la industria ele la seda en La Playa se paralizó y se extinguió sin haber llegado a producir siquiera un par de cordones para escapularios. No sé si existe todavía algún ejemplar de morera como mudo testigo de aquella fracasada aventura. -o-
- Me hablaba de los gusanos de seda... Cierto, Guido. Y con lo dicho creo que puedo cerrar ese pintoresco capítulo de la historia de nuestro pueblo que en esa época transcurría en forma ingenua, sin complicaciones ni sofisticadas etiquetas. Trataré entonces de anudar los cabos de mi relato. Volví, pues, a La Playa un poco receloso, no muy confiado que diga en el pasaje evangélico. Pero no tuve que reflexionar mucho para resolver el problema de la subsistencia. Las oportunidades se presentaron a la puerta. A la gente que habita en el valle de La Playa no le gusta pleitear. Prefiere, si es el caso, desistir de las pretensiones a cambio de vivir en paz con los vecinos. No proceden igual los que viven en las regiones montañosas. Pero antes de echarte mano al machete o al revolver para dirimir los desacuerdos, casi siempre originados en linderos o aprovechamientos de aguas, solicitan el arbitramento de las autoridades. Y así me constituí de la noche a la mañana en el apoderado de ellos. Por estos servicios cobraba cantidades razonables, que pagaban sin regatear y que me permitían vivir con mas comodidad en un medio que no era muy exigente. Bastante hábil en el manejo de la aguja hipodérmica servía gratuitamente como practicante pues en la localidad no había siquiera una enfermera. O preparaba en la alcaldía cédulas de ciudadanía para los copartidartos que de apartadas veredas del municipio acudían a conseguir dicho documento. Como los rituales alcaldes y secretarios no siempre eran conocedores del procedimiento penal, recurrían a mí para que los orientara, circunstancias que me concedían algún ascendiente en la administración. Y no lo digo por chiste. Pero a veces me planteaban casos que ellos consideraban como un verdadero rompecabezas y que yo encontraba muy divertidos. Por ejemplo: un tunalero había sido denunciado por haber matado de un disparo de escopeta la vaca de un colindante, en su propio maizal. ¿Sería indispensable solicitar a Ocaña el envío del médico legista para que practicara la autopsia? Pero ya la res había sido descuartizada y la carne estaba siendo vendida en la pesa local. Apoyado en los firmes conocimientos musicales que había adquirido en el Seminario, me dediqué al estudio de la guitarra siguiendo el método de Tárrega, del cual alcancé a recorrer el primer volumen. Casi de manera espontánea se formó un conjunto de cuerdas integrado por Carlos Rizo, el mejor ejecutante de bandola que ha oído toda esa Provincia. Julián y Modesto Arenas, magistrales en el manejo del tiple y yo con la negra, una maravillosa guitarra como un piano, que hoy, sin clavijero y con los aros destrozados se encuentra abandonada en una cocina vieja en la casa que fue de mis padres. Con frecuencia se nos unían Mincho Claro y Jesús Bayona con sus flautas o Carlos Daniel Luna con el violín. Considero que fuimos factores decisivos en el cambio de las rigurosas costumbres que prevalecían en el pueblo por un ambiente de amable y jacarandosa frivolidad en el que se realizaban bailes, reuniones matizadas de canciones y chistes, sancochos campestres y serenatas ¡O témpora! ¡O mores! exclamo yo en sentido inverso al que le dio Cicerón. Ya
en esa época había servicio de automóvil entre Ocaña
y La Playa, sujeto a los caprichos del tiempo y en aparatos no propiamente lujosos.
Pero aquello representaba una conquista. Arriesgados choferes siguiendo la carretera
que pasa por Chapinero hacia Ábrego y aprovechando el cauce seco, amplio
y arenoso del playón, después de vadear el río Algodonal,
naturalmente, arribaron al pueblo con sus ruidosos carritos Ford, modelo 28. El
pionero fue Concho Claro. Detrás llegaron Carruncha. Roño, Ulises
Alvarez. Ellos fueron para el transporte motorizado en La Playa, guardadas la
proporciones, algo así como Camilo Daza y Herbert Boy en la aviación
colombiana. El primer receptor de radio que se conoció en el pueblo era un zenith de pila que fue instalado con alegre alboroto en la casa liberal. Su existencia fue efímera. Trabajó hasta que se descargó el voluminoso y pesado acumulador que lo activaba. Don Toño Pacheco estrenó posteriormente otro aparato en su establecimiento de billar que contaba ya con planta propia. Prestó con esto un gran servicio a la comunidad que con este medio no solo se divertía con las novedades musicales de Bogotá y Caracas sino que se informaba de todo cuanto a diario acontecía en el país y en el mundo. Curiosamente la atención de los playeros permanecía electrizada por el radio periódico bogotano "Ultimas noticias" de Rómulo Guzmán. Años antes se había desintegrado la banda de músicos, compuesta la mayor parte por los hermanos Pacho, Luciano, Higinio y Emiliano Álvarez. Alfonso Durán y otros residentes en la cercana fracción de Patatoque. Los poblanos con el incisivo buen humor de que siempre han hecho gala, la apodaban la "Pateadora" por la costumbre que tenían los músicos de marcar el compás con el pie mientras tocaban. Con su desaparición fue necesario recurrir a la banda de Buenavista para darles realce a las fiestas patronales y a las temporadas navideñas. De esta necesidad nació la iniciativa de organizar una agrupación musical propia. En ello puso todo su empeño el cura párroco, padre Elberto Sarmiento, quien negoció los instrumentos en Convención. Como instructor fue contratado, si la memoria no me falla, un señor Patiño de Loma de González. La nueva banda quedó constituida por Benjamín, Juan de Dios y Manuel Claro, Julián Arenas, Jesús Bayona y no recuerdo quienes más. Si hago mención de estos pormenores es por rendirles un modesto homenaje a quienes contribuyeron con mucho o con poco, según sus recursos, a fomentar el progreso de esa región, tan huérfana entonces del apoyo del departamento y la nación. Cualquier
día alguien llegó con la noticia de que en el puerto de Gamarra
estaban abandonadas a la intemperie unas enormes cajas que un buque de la Naviera
había descargado allí, dirigidas al personero municipal de La Playa.
Efectivamente, se trataba de una planta hidroeléctrica que el municipio.
sin estudios preliminares, había negociado a crédito con una fábrica
italiana. A duras penas pudo el fisco municipal financiar los ciento treinta y
cinco pesos que el cable aéreo cobraba por transportarla a Ocaña.
De allí la trasladó hasta La Playa Ricardo Trillos en un potente
camión. El salón del Concejo sirvió de bodega para guardar
aquellas cajas que contenían dinamo, turbina, tablero, tubería,
bombillos, alambre de conducción y hasta herramientas. Allí habría
de permanecer inactiva por mucho tiempo aquella valiosa maquinaria pues la región
no cuenta con agua suficiente para impulsar una planta de esa capacidad. Se habló
de una alternativa: el río Algodonal o el Borra. Espejismos. ¿De
dónde iba a salir dinero para ejecutar tan costosa instalación? Como Colombia rompió relaciones diplomáticas con el Eje y los bienes que tenían los italianos y alemanes en nuestro país les fueron confiscados, nadie volvió a preocuparse por esta negociación. -o- -
¿Qué pasó, entonces? La
planta fue vendida años más tarde al municipio de Cáchira
cuya hidrografía debe brindar mejores recursos para empresas de esa naturaleza.
Como usted bien sabe, hay día La Playa y su valle disfrutan de un eficiente
servicio eléctrico que presta sin interrupción y a bajo costo la
termoeléctrica de Tibú. -
De todos estos aspectos se va formando la historia de los pueblos. Sigamos con
la nuestra, don Benjamín. -
En efecto. Y creo que mis recuerdos darían material para un libro. Quizás
más tarde los amplíe y les adicione nuevos episodios. ¿Sabe
usted? Algo que me ha sorprendido gratamente en La Playa es la innata aptitud
artística y el humorismo espontáneo, mordiente a veces, que he observado
en la gente de la región. Y estas cualidades se acentúan con más
evidencia en determinados apellidos. Don
Trino Arenas, por ejemplo, era oriundo de San Gil. No sé cómo y
por qué, en una época en que no había medios de comunicación,
y aun más, en la que nuestro pueblo, entonces naciente aldea, no ofrecía
atractivos que estimularan en lo agrícola o en lo minero la afluencia de
personas extrañas, él vino de tan lejos, se residenció allí
y allí se casó. El matrimonio tuvo muchos hijos que posteriormente
fueron troncos de familias muy honorables y de natural disposición para
la música, la pintura y aún para la escena: Emilia, Sotera, Visitación
-mi abuela paterna-, Leonor, Pacho y Gratiniano. Todos en sus buenos tiempos ejecutaban
con mucha habilidad el tiple y el acordeón, pero me referiré, en
especial, a Pacho Arenas, quien por muchos, muchísimos años, fue
el organista titular de la parroquia. Este hombre alto, corpulento, rubio, de
ojos azules y dotado de una bien afinada voz de bajo. manejaba el armonio con
una maestría que hoy necesariamente evoco cuando escucho al pianista Oriol
Rangel en la televisión. El escenario, desde luego, era la iglesia, en
las misas dominicales. Durante los intermedios de silencio que la liturgia ofrecía
entonces en el ofertorio de la consagración, Pacho quebraba la majestuosa
calma del sagrado recinto, alborotando el ambiente con un alegre pasillo o un
bambuco fiestero que indudablemente en vez de inspirar místicos arrobos
en los devotos asistentes debían de inflamar los corazones y despertar
mundanos arrebatos especialmente entre los hombres a la vista de las apacibles
playeritas de ondulantes cabelleras y dóciles cinturas, acaso no esquivas
para el baile. ¿Quién hizo de Pacho Arenas un virtuoso del teclado
o quién le transmitió ese valioso acervo de melodías folklóricas
que podrían figurar con todo mérito en una buena antología
musical? Nunca se me ocurrió preguntárselo. En
cuanto a Gratiniano, era, además de buen ejecutante del tiple, dicharachero
y tomatrago. En sus labios afloraban con espontaneidad los gracejos y los picantes
"calemboures" que él dosificaba según el auditorio que
lo rodeaba. Uno no sabía si lo que hablaba venía en serio o iba
en broma. Sentado una vez en el mostrador de una tienda mientras sostenía
en alto en una mano un vaso con un doble aguardiente, como queriendo dilatar el
goce que el licor habría de producirle, nos refería con gracia inigualable,
una de sus muchas anécdotas, real o imaginaria: "¿Pues saben bien? La otra noche salí muy jumao de donde mi comadre Nohema. Debía de ser muy tarde porque mi compa Francisco ya había cerrao. El cielo despejao..., el clima tibio, ...la calle sola... y el arenal que invitaba. Me venció el sueño y allí me tendí a la intemperie y no tardé en ponerme a soñar que Roberto me estaba afeitando. Sobrino, déjeme la cara como la piel de un niño, porque voy ponde usted ya sabe. ¡Que barbera tan suave se tiene! ¡Cuidao, carajo, que me desmocha el bigote! -grité alarmao y me desperté del brinco-. El perro que me estaba lambiendo la cara pegó también la estampía...". Y el grupo de trasnochadores aplaudía con regocijo en espera de nuevas historietas o a lo mejor del obsequio de una sentida canción. Y retomando a Pacho, le cuento que sus hijos varones fueron Roberto. Enrique, Ramón y Julián. El intelectual de la familia indudablemente fue Ramón. Los dos primeros, en cambio, se dedicaron a un trabajo más prosaico: la carpintería; pero a ratos pintaban paisajes rústicos y figuras bíblicas con las que decoraban la iglesia parroquial, no importaba que los ángeles les quedaran a veces bizcos o los profetas demasiado cabezones. A mí, de niño, me encantaba refugiarme en la carpintería de Enrique después de que salía de la escuela y allí me solazaba acostándome sobre el montón de crespos de madera que saltaban de las tablas cepilladas o contemplando con embeleso los prodigios que lograba el pincel del carpintero sobre las engomadas telas, mientras aspiraba con delectación las aromas de aceite de banano con que se mezclaba el dorado en polvo. En
alguna ocasión encontré en el taller un cuadro bastante raro abstracto
tal vez, se diría hoy, y enmarcado con mucho esmero. Lo había pintado
Enrique. Contenía una capa de pintura gris, lisa, sin detalle alguno. Al
centro, en la parte superior emergía de ella un picacho del que salía
un grueso chorro de humo. No mostraba más el paisaje. Pero al pie de la
vitela había un ostentoso letrero: Las ruinas de Pompeya. Miré y
miré el cuadro sin encontrar una explicación hasta que al fin me
animé a preguntarle al autor qué significaba aquello. Con aire de
triunfo me refirió entonces que el Vesubio, volcán que queda a pocos
kilómetros de Nápoles, había tenido su primera erupción
en el año 79 -antes de la era cristiana- y que había destruido tres
ciudades entre las que se contaba Pompeya, en donde tenían los romanos
sus quintas de recreo. "Bueno, del volcán no hay duda. Lo veo. Está
ahí -le dije-. Pero. Pompeya. ¿donde está?". "¿Pompeya?
¿Las ruinas de Pompeya? Pues ahí debajo -replicó con expresión
persuasiva- Sepultadas bajo esa capa de ceniza y lava. No has visto en un trapiche
cómo le echan los ramillonaos de miel hirviente a los moldes de la panela?
Pues así cubrió el Vesubio los edificios, las calles y las plazas,
las personas y los animales, en esta ciudad. Y aquí está todo".
Abrego, golpeando con el índice la vitela. Eso me hizo pensar en que Enrique
con su gruesa brocha había sido más cruelmente devastador que el
Vesubio mismo en la auténtica Pompeya. -
Muy pintorescos estos episodios. Realmente.
Guido. Reflejan la vida comarcana, amena y sin complicaciones de una época
que debemos considerar como extinguida. Y volviendo al tema de la pintura, hace algunos años leí que Paúl Gauguin, pintor francés, que se destacó por su estilo de intenso colorido y simplificación de las forma y que murió en Tahití a principios de este siglo, realizó la obra más extraordinaria en las paredes de la choza en que vivió "Despertar de la creación" , creo que la tituló. No estoy seguro. Aquellos
valiosos murales fueron destruidos por los ignorantes nativos que le prendieron
fuego a la casa por miedo al contagio. Esa lectura me hizo reflexionar en que
en La Playa, respetadas las distancias correspondientes, kilométricas por
cierto, también tuvimos un Gauguin criollo y fue mi tío Nicolás
Pérez, quien utilizando lápices de carpintería y las paredes
como elementos de dibujo, por propia inspiración llenó la casa de
paisajes que representaban aldeas, granjas, ríos y a veces panoramas de
apretujadas ciudades como de tipo marroquí. Esto da tema para meditar en
cómo se han malogrado en nuestro medio, talentos que si hubieran contado
con ayuda y orientación posiblemente habrían descollado en diversas
ramas de las bellas artes. Pero involuntariamente me he zafado del hilo que venía
siguiendo sobre los hechos que merecen destacarse para una posible monografía
de la población. He retrocedido por lo menos a 1920. -
Eso está bien. Ha sido una exposición de motivos lugareños,
sencillos pero divertidos. Mencionó usted el humorismo como una característica
de nuestros paisanos... ¡Ah, si! y cómo abunda: festivo, chistoso y satírico, mamagallista casi siempre. Vaya una muestra. Por allá en 1942, para trasladarse de La Playa a Ocaña, era necesario ir a coger carro en Chapinero. Teníamos entonces de alcalde a don Luis García Rey, persona de maneras muy afables, incapaz de ofender o causarle daño a nadie. Todos los sábados él hacia este viajecito porque en Ocaña tenía a su media naranja y los diez kilómetros hasta Chapinero los recorría montado en una mulita roma que mi abuelo Pacho Pérez le alquilaba. Era la única cabalgadura disponible y por lo tanto indispensable. Un lunes el alcalde le confiscó en la calle a Ñofo el machete con que iba a cortar el pasto para la mula. El abuelo Pacho se presentó en la alcaldía a hacer el reclamo: "Señor alcalde: devuélvame el machete que le decomisó a mi nieto. Es una herramienta de labranza y la necesito para picarle el pasto a la roma". "Que quiere; don Pacho. Usted sabe que el machete es un arma, y el porte de armas está severamente prohibido. Dé gracias porque no se le multó".
"Pero la mula se va a morir de hambre". Y transcurrió la semana sin que variaran las circunstancias, con la puntual visita diaria del abuelo a la alcaldía y los mismos resultados negativos. Pero el sábado fue don Luis García quien visitó al viejo. -"Buenos
días, don Pacho". -"Los
veo muy buenos, señor alcalde. Apropiados como para ir a Ocaña a
visitar la esposa". -"Precisamente
a eso venía". -"Lo
había adivinado. Pero la mula no podrá viajar hoy. Está muy
débil. No he tenido con que picarle la ración. ¿Se acuerda
usted del machete?" -"¡Ay,
don Pacho! No le dé tanta importancia a eso. No sea malito. Fléteme
la mula". -"Lo comprendo, señor alcalde. El día está muy provocativo y usted quiere viajar en algo muy fino tan suave como la roma". -"Desde luego: y se lo agradezco". -"Pues
le doy una fórmula ensille usted el machete y se va montado en él". - Don Pacho, me cuentan, era tremendo. - De una agudeza apabullante ¡Que papel tan extraordinario habría desarrollado ese hombre en el congreso, por ejemplo, si Dios lo hubiera encarrilado por esos senderos! Porque contó con talento, dialéctica natural y probidad indiscutibles. Nuestro pueblo, Guido, fue fecundo en varones venerables cuya sola presencia infundía respeto. Pueblo de patriarcas, calificaba a La Playa Monseñor García Benítez, obispo de Santa Marta, y por esta misma apreciación, el prelado se oponía a que se le erigiera en cabecera municipal, temeroso de que la mezcla de los naturales con gente extraña que invariablemente habría de traer el tren administrativo desfigurara aquel ambiente sencillo en el que se disfrutaba de sana alegría y de una cordialidad ejemplar. Esta atmósfera moral fue factor fundamental para que La Playa, en el transcurso de pocos años, se constituyera en la parroquia levítica de la diócesis, título que justamente merece por el copioso número y la excelente calidad de sacerdotes que ha producido. Acerca de este tema son muchas las facetas que se podrían mencionar y extender; pero entre tantos atributos de esta raza privilegiada que despiertan mi admiración, citaré de paso uno, que bien vale la pena destacar: la hombría de bien. Y para ello me bastará narrarle una anécdota de comprobada autenticidad. -
Lo escucho con interés, don Benjamín. - Bien, mi abuelo Atanasio Pérez y don Antonio Velásquez -papá de nuestro común e ilustre amigo el padre Alcides Velásquez- vivían en las afueras de la población en finquitas colindantes de las que extraían lo indispensable para llevar una vida austera y sin pretensiones. Como vecinos que eran, los unía una estrecha y cooperadora amistad. Cualquier día se presentó don Antonio en casa de mi abuelo y tras los saludos de rutina abordó de inmediato el motivo de su visita. - "Don Atanasio, he venido a devolverle el dinero que me prestó en días pasados. Aquí lo tiene. Cuéntelo, hágame el favor". Y le extendió un fajo de billetes y un cartucho de monedas de oro. -
"¡Don Antonio! -exclamó mi abuelo sorprendido- No puedo recibirle
esa plata. No recuerdo habérsela prestado". -
"No, don Antonio. Mi conciencia me impide tomar para mí lo que yo
considero ajeno" - "Pues yo no regresaré a mi casa con este dinero, convencido como estoy de que es suyo. No podría dormir tranquilo". Y así continuaron en su amistosa y recíproca obstinación, el primero negándose a recibir y el segundo insistiendo en devolver. Hasta que al fin decidieron acudir al párroco para que dirimiera la insólita controversia. Debía de regir entonces los destinos espirituales de la comarca, el presbítero Alfredo Sánchez Fajardo, exquisito poeta quien legó al parnaso páginas muy tiernas e inolvidables. La biblioteca de autores ocañeros en buena hora lo ha rescatado del olvido. El sacerdote aconsejó una fórmula que las partes aceptaron con alivio, sintiéndose liberadas de tan complejo compromiso, fue la de que aquel dinero se invirtiera en ornamentos o imágenes de que carecía la incipiente y mal provista parroquia. Y
no hay duda de que se le dio el destino indicado porque de ello, también
del episodio, aparece constancia en los archivos de la curia y de allí
tomó la nota el padre Luis García Benítez para relatar esta
historia en la monografía de la parroquia de La Playa que apareció
por entregas en el boletín diocesano de Santa Marta, por allá en
la década del 30. -
Realmente nuestro pueblo era de patriarcas. - Cierto, Guido. Era. Habría que escudriñar en la región para saber cuánta gente queda de esos kilates. Y hecho este amable paréntesis, prosigo con mi transcurrir allá, porque ello me facilitará el desempolvar fechas de acontecimientos relativos a la comarca. Muy pronto me fastidié de monotonía aldeana y resolví soltar amarras y emigrar de nuevo, esta vez con rumbo a Cúcuta. Mi estada en la capital del departamento fue transitoria. No estaba el palo para cucharas. El clima político me obligó a regresar a mi pueblo pero provisto de un nombramiento de maestro de escuela. Era director de educación don Hernando Urquijo y asesoraba como secretario general don Leonardo Molina Lemus, ambos muy sobresalientes en el panorama intelectual ocañero. Desempeñando el cargo me propuse, con ayuda de los alumnos, transformar en las hora libres la desértica plaza parroquial en un atractivo bosquecillo. Y lo logré. El necio afán de reformar imitando a veces con muy mal gusto lo que se ha visto en otras partes, mandaría más tarde mi obra al cuarto de reminiscencias, al ser destruido el parquecito con el pretexto de remodelación. En
esa época se desató en toda la comarca una devastadora epidemia
de tos ferina. Morían cuatro, cinco, seis muchachitos diariamente. Herodes
invisible e implacable, vagaba por el pueblo y las veredas. Angustiado pedí
telegráficamente ayuda al Ministerio de Higiene a Bogotá. Y respondieron
enseguida disculpándose de no poder envía enfermeras pero anunciándome
el despacho por correo de suficiente provisión de vacuna pertussis. Provisto
de ella y de una jeringuilla empecé a recorrer las zonas afectadas aplicando
el tratamiento. La medicina había que emplearla en cuatro dosis; pero a
partir de la segunda el enfermo se agravaba. Así lo advertían las
instrucciones que contenían los marbetes de los frascos, como una reacción
natural. A pesar de esta prevención, muchos padres de familia se opusieron
a que la vacunación a sus hijos continuara. A esos muchachos hubo que conducirlos
al cementerio en cajita blanca y al compás de orquesta como entonces se
estilaba. Pero en otros si se completó el tratamiento. Y se salvaron, entre
ellos, cuatro hijos míos. Muchas de esas criaturas deben de andar hoy día
convertidas en respetables personas, ignorando por completo de qué medios
se valió Dios para prolongarles la vida. -
Servirle a la comunidad reporta satisfacciones. Indudablemente.
Otra actuación mía, recuerdo con agrado por los resultados inmediatos
y benéficos que le produjo a la región. Y el caso fue que el gobierno
nacional se hallaba empeñado en aplicar un programa de ajuste económico
en todo el país y entre las medidas adoptadas expidió una por la
cual prohibía la exportación de la cebolla, considerándola
como articulo de primera necesidad. El desconcierto en la comarca fue tremendo.
La frenada desde luego se produjo bruscamente en Barranquilla y el golpe para
la economía playera fue mortal. Nadie daba un peso en Ocaña por
un bulto del producto y en la costa los cargamentos se pudrían estancados
en las bodegas sin posibilidades de embarque para tos Estados Unidos. Por casualidad
acerté a presentarme en el depósito de mi inolvidable amigo don
Francisco Arévalo, en momentos en que allí se efectuaba una reunión
de los notables del pueblo con los magnates cebolleros de La Piñuela. Me
informé de la angustiosa situación. Don Ismael Arévalo agitaba
un legajo de mensajes apremiantes de Barranquilla. Pero el problema se erguía
insoluble. Era la cuadratura del circulo. La Playa, en el ostracismo político
en que se hallaba, se sentía indefensa, no tenia a donde volver la mirada.
Se me ocurrió entonces una idea luminosa. Durante mi breve estada en Cúcuta,
accidentalmente yo había cruzado correspondencia con el doctor Alirio Gómez
Picón, quien entonces ocupaba el cargo de embajador en Quito. En la fecha
de que me ocupo, ya se encontraba en Bogotá como Ministro de Comunicaciones.
¡He aquí al hombre! pensé. Aliriohabía iniciado su
brillante carrera política en Ocaña y conocía palmo a palmo
los problemas de la Provincia. "Si ustedes contribuyen con el porte del telegrama
- les dije a los concurrentes- yo confío en resolver esta dificultad en
cuestión de horas. Recurriré a Gómez Picón". -"Redacte el mensaje de una vez y que Roso lo lleve en seguida al telégrafo. Yo lo pago" -exclamó don Francisco-. Así se hizo. La tensión reinante aflojó y la reunión desembocó en una optimista tertulia entre chascarrillos, humo de tabacos caros y el atropellado descorchar de botellas de aguardiente. Dos días después tuve la alegría de recibir la respuesta del ministro quien me comunicaba la exclusión de la cebolla de la prohibición anotada y me transcribía la parte pertinente de la resolución ejecutiva por la cual quedaba liberado el producto. Se les comunicó de inmediato la grata nueva a los interesados en Ocaña y Barranquilla y hubo otra vez descorche de botellas y alboroto de cohetones para festejar el suceso. Al día siguiente, domingo, yo tuve la ingenua vanidad de copiar sobre un tablero de la escuela el telegrama de Bogotá y exhibirlo en una esquina de la plaza parroquial para información de los campesinos que en numero considerable acudían a la misa mayor. Esto me granjeó las murmuraciones desapacibles y desde luego injustas de algunos despistados que no comprendían porque yo, como conservador, recibía esa clase de atenciones del caudillo liberal. Como
maestro de escuela, descubrí en uno de mis alumnos excepcionales condiciones
de inteligencia y aplicación. Me interesé bastante por él
y se me ocurrió escribirle al doctor Jorge Eliécer Gaitán,
entonces ministro de educación, pidiéndole ayuda para que el muchacho
pudiera hacer sus estudios secundarios. El doctor Gaitán no arrojó
a la canasta de los papeles desechables mi solicitud y le facilitó al jovencito
muy ampliamente su ingreso al colegio José Eusebio Caro, de Ocaña,
en donde inició su bachillerato. Pero mi recomendado no respondió.
Perdió lastimosamente el año y meses después se marchó
a Barranquilla. Nunca volví a tener noticias de Orlando Pérez Arenas. -
No estuvo a la altura de la oportunidad que se le brindaba. - Desde luego, Guido. A la ocasión la pintaban calva, dice el refrán. Bien. Le hablé antes de que La Playa contaba en esa época con transporte de automóvil, pero en las temporadas de verano, cuando se podía aprovechar como carreteable el cauce amplio, arenoso y seco del playón hasta su desembocadura en el río Algodonal. El servicio obviamente se interrumpía en la época de lluvias. Nadie se habría arriesgado a exponer carro y pasajeros a una sorpresiva avalancha del playón. Estas avenidas son de poca duración pero peligrosas y espectaculares por los encrespamientos del agua al socavar el lecho arenoso, lo que posiblemente la hace retroceder a intervalos durante veinte o treinta segundos, dando lugar a que se formen anchos cordones de imponentes olas que braman como un mar enfurecido. Este fenómeno que no he visto en ninguna otra parte, allá se conocía con el nombre de carneros. Se pensó de consiguiente en construir un ramal de carretera por tierra firme recurriendo al ya conocido sistema de acción comunal que en La Playa ha dado siempre tan buenos resultados por el espíritu cooperador de su gente. Era personero municipal Francisco Ascanio y él se encargó de realizar a ojo el trazado y de dirigir a los obreros. Tuvo el cuidado de no penetrar con la ruta en las plantaciones de cebolla: y en los sitios, como "El Carrizal", donde una colina rocosa se interponía, hizo la desviación aconsejable y dejó señalada con estacas la vía que él consideraba definitiva y que habría de abrirse más tarde cuando se contara con una máquina pesada que permitiera remover el infranqueable tapón. Y es algo maravilloso. Cuando años después el doctor Pabón Núñez, siendo gobernador, envió a un ingeniero a que rectificara ese carreteable y continuara la vía hacia Hacarí, dicho ingeniero tuvo que arrancar las estacas que Ascanio dejara y clavar en los mismos huecos las señales que el teodolito imponía. El trazado de Ascanio fue respetado casi en su totalidad y es el mismo que hoy se utiliza. Estoy seguro de que él, persona de conocimientos elementales, nunca habría oído hablar de topografía. -
Parece que en cada agricultor playero hay un ingeniero en potencia. Indudablemente,
Guido. ¿Y sabe usted que circunstancia les ha aguzado el ingenio? La necesidad
de conducir el agua desde vertientes lejanas hasta las parcelas de cebolla, por
tomas que culebrean esquivando áridas laderas o abrazándose a veces
a los rudos peñascos. Quedamos,
pues, en breve tiempo enlazados con la carretera central pero nos preocupaba aún
un obstáculo por lo pronto insalvable el río Algodonal. De cómo
se solucionó este problema, le hablaré más adelante, para
no festinar acontecimientos Debo aclararle algo Todos estos datos que he venido dándole, no están sujetos a orden cronológico alguno. Los he mencionado a medida que afloran en mi memoria. -
En orden o no, don Benjamín, lo que me ha narrado es un aporte maravilloso
para una monografía de La Playa. Es historia. La auténtica historia
de nuestro pueblo. -
Que con verdadero sentimiento de mi parte, en lo que a mis experiencias, observaciones
y recuerdos se refiere, tendré que interrumpir casi en seguida por una
sencilla razón: el 22 de julio de 1944 me alejé quizás definitivamente
de La Playa. Iba promovido al cargo de profesor del colegio Quintero Calderón
de Convención. El tiempo y la distancia se encargaron de interponer una
barrera entre mi pueblo y yo, barrera que desconectó con ese apacible y
encantador transcurrir de su vida provinciana. En
Convención fui muy bien tratado. Tengo imborrables y muy gratos recuerdos
de esa pequeña ciudad y de su gente. Mi vida allí fue más
activa en lo intelectual. Y tuve el privilegio de ser honrado con la amistad y
el apoyo de personas muy valiosas que llevo muy adentro, en el corazón:
Monseñor Pedro Antonio Navarro, don Sixto Reyes Peinado, José María
Peláez, Pedro Helí Rincón, José de Dios Moreno. José
Manuel Pérez Barrios, Ramón Vergel Vaca, Carmelo Mendoza Picón,
el doctor Bougard, Elías Pérez Ramírez, los padres José
Antonio Santiago, Peláez Herrera y Estanislao Salazar, en fin, muchas personas
más... Hablar de su prestancia y señorío requiere un capitulo
especial. Trabajé en el colegio durante cuatro o cinco años, los
tres últimos en condición de rector. Por ahí a principios
de 1950 fui llamado a Cúcuta por el gobernador Dr. Pabón Núñez
a dirigir la educación secundaria del departamento. Ya el conservatismo
había recuperado las riendas del gobierno y para los pueblos como La Playa
se abrían nuevas perspectivas. Un día me abordó en uno de
los pasillos de la gobernación don Sixto Reyes Peinado, quien desempeñaba
el cargo de secretario de hacienda departamental. - "Oiga, Benjamín - me dijo - En su concepto cual es la obra que con más urgencia necesita La Playa". -
"¡Ay, don Sixto! - exclamé con expresión de ruego - El
puente sobre el río Algodonal. El puente... el puente. Transcurrieron
algunas semanas y un día cualquiera se presentó en mi oficina el
ingeniero encargado de rectificar la carretera de La Playa y de trazar la de Hacarí. - "Vengo de su tierra -me dijo y le traigo una noticia". -
"Hable a ver..." -
"Acabo de descubrir una garganta en el río Algodonal y está
pilado construir el puente allí, a bajo costo, sobre estribos naturales
de pura roca y con un arco que ninguna crecida del río podrá nunca
rebasar. Lo único que quedaría por hacer es un ramalito de carretera,
algo así como un kilómetro, que empalme con la que está en
servicio. Pero de eso me encargo yo incluyéndolo en el plan de la Provincia.
Le construyo ese puente por un valor de treinta mil pesos si me consigue hoy mismo
diez mil que necesito para pagar obreros que están esperándome". -
"No se mueva de aquí, por favor. Aguarde media hora, una hora, lo
que sea necesario. Voy a ver si la suerte me ayuda y desato ya este nudo gordiano". Me trasladé en segundos al despacho de don Sixto Reyes y le conté la historia. - "es una buena solución -me comentó- y tiene todo mi apoyo. Pero quien debe decir la última palabra es el gobernador. Hable con Lucio". Llevándome
casi a la gente por delante en los pasillos, me fui a su despacho y de una vez
le expliqué la situación. El doctor Pabón Núñez
me escuchó con interés y con ese espíritu decisorio y constructivo
de que siempre
ha hecho gala, me dio luz verde en seguida. - "Baje con el ingeniero -me dijo- y dígale a don Marcos de parte mía que les entregue los diez mil pesos y los cargue al plan de carreteras del sector de Ocaña. Encárguese usted mismo de legalizarle los papeles". Don
Marcos Estrada ejerció el cargo de tesorero general del departamento. Era
un viejo de porte distinguido pero el mayor cascarrabias que yo haya conocido
en los últimos sesenta años. Yo lo definía diciendo que corría
uno menos riesgo pisándole por equivocación el rabo a un tigre dormido
que tratar de persuadir a don Marcos de algo que no fuera de su simpatía.
Llevaba una contabilidad a su acomodo, con apuntes en papelitos: y si alguna visita
fiscal recibió en alguna ocasión, esta debió ser simbólica
porque estoy seguro de que si hubiese sido en serio, el visitador habría
salido de la oficina con las cajas bien destempladas. Pero tenía fama,
además de su honradez, de ser un verdadero mago de las finanzas. El
tesorero me miró con expresión maliciosa. -"¿Sabe
usted lo que son diez mil pesos?" - me preguntó con evidente mordacidad-
Ese es todo el caudal con que cuenta hoy el departamento. Están a su disposición
si usted se arriesga a que el gobernador, los secretarios y usted mismo se queden
sin sueldo en el presente mes. -
"De acuerdo, don Marcos. Me arriesgo" - respondí a sabiendas
de que la amenaza no sería efectiva. El
ingeniero firmó un comprobante, recibió el dinero no recuerdo si
en cheque o en efectivo y... trámite concluido. Unos veinte días
después me llegaron las primeras fotografías del puente. Estaba
la obra todavía con las formaletas instaladas. Pero era puente. Su inauguración
se efectuó algún tiempo después y a ese acto apenas asistieron
unas cinco personas, el doctor Pabón quien había viajado desde Bogotá
donde se hallaba en uso de licencia. Erasmo Alvarez y Jorge Ferrero Lemus. Del
lado de La Playa, el padre Velásquez y su hermano Emilio. Indudablemente
a mis paisanos no se les dio aviso con tiempo y eso explica la falta de concurrencia.
Este puente queda sobre la estrechura del río en el sitio donde se abre
el ramal de carretera que separándose de la central del norte -sector 4o
- se dirige a La Playa. Su aspecto no es de maravilla. Pero su estructura es muy
firme, confiable; y solucionó de por vida un problema que venían
padeciendo desde tiempos lejanos no solos habitantes de La Playa sino también
los de Aspasica, Hacarí. El Cincho y las regiones que constituyen esos
territorios. Citaré un caso cualquiera, por ejemplo. Cuando en La Playa
había un enfermo muy grave, era despachado hacia Ocaña a traer las
medicinas de urgencia uno de esos famosos camineros que entonces existieron, verdaderos
corre-leguas como Tulio Manzano o Daniel Armesto. Este adquiría los remedios
en la ciudad y al regreso en "El llano de los alcaldes" se encontraba
con la sorpresa de que el Algodonal le atajaba el paso con una fenomenal creciente
que a veces duraba horas y horas en bajar. Al llegar por fin al pueblo hallaba
al paciente elegantemente estirado sobre una mesa, en medio de cuatro cirios. -
¿Y sabe sabe que lamento ahora, Guido? -
Diga usted, don Benjamín. -
Pues haber olvidado el nombre del ingeniero. Valdría la pena que en la
lista de los bienhechores de nuestro pueblo, figurara ese nombre.1/ Sólo
recuerdo que era yerno de esa magnífica locutora y mujer de letras, llamada
María Vera de Marcucci quien dirigió en La Voz de Cúcuta
un programa dominical titulado "Hora de Variedades" durante muchos años.
Agregaré algo más. Semanas o meses después, falleció
en Bogotá en un accidente de tránsito don Erasmo Alvarez, representante
a la Cámara. Dentro del articulado del decreto de honores, la gobernación
dispuso que nuestro puente ostentara el nombre de "Erasmo Alvarez" y
como tal se le instaló la placa correspondiente. Pero esta duró
muy poco. Unos ocho días cuando más. Algún malqueriente la
arrancó de su sitio y la lanzó posiblemente a las mismas aguas del
río. 2/ -
Me deja usted meditando en lo que me ha referido. Historia,
Guido, historia como usted dice. Bueno. No me detendré a explicarle como
pasé los cuatro años de mi estada en Cúcuta. -
Quizás por lo primero. Desde entonces, es decir desde 1954, he permanecido en Bogotá, exceptuando algunas temporadas durante las cuales he residido en Estados Unidos. Creo que he llegado al final de la proyección de la cinta, Guido... Y como se estila en las entrevistas, yo le diré ahora: ¿Alguna pregunta más? -
Claro que sí. En ello estaba pensando. ¿Qué relación
lógica encuentra usted entre la localidad erosionada de La Playa y el término
estoraque? Pues verá. La palabra estoraque es muy antigua. La encuentro citada ya por Moisés, el gran legislador y profeta del pueblo israelita en el primer libro del Pentateuco. En efecto, en el capítulo XLIII, versículo 11 del Génesis. Moisés refiere que Jacob les ordenó a sus hijos volver a Egipto por víveres y que de paso le llevaran al prodigioso ministro que en el primer viaje los había atendido y que no era otro que su hijo José, regalos que consistían en "frutos de los más exquisitos de esta tierra, ...un poco de resina y de miel. y de estoraque, y de lágrimas de mirra y de terebinto, y de almendras". Imagino que el producto codiciado del estoraque debe de ser una resina, algo así como la mirra o el incienso, propia para aromatizar el ambiente de las mansiones, y que ésta era de muy alta calidad, se da por sentado, ya que fue escocida para ser enviada como un presente de primera a José. ¿Del árbol que la produce hubo algunas muestras en la región de La Playa? Es probable. Algún sacerdote europeo o cualquier peregrino pudo traer las semillas de palestina o de cualquier otro sitio del oriente lejano. El medio ecológico playero es muy parecido al de Israel por lo desértico y escaso de agua. Al estoraque le habría sido fácil aclimatarse. Ya vimos antes, que tuvimos plantaciones de morera para los gusanos de seda y este árbol es originario de China. En "El Juaguito" localicé hace años un arbusto que produce una flor de color amarillo y de un olor penetrante pero muy agradable. Se llama aromo y es simplemente el espinilla, muy utilizado en Argentina para la fabricación de un perfume exquisito que se conoce precisamente con el nombre de aroma de espinilla. Si, el estoraque existió en nuestro medio se extinguió o permanece disimulado con otro nombre. Hoy día la palabra estoraques, como es bien sabido, sirve para señalar un portentoso parque natural, de edad milenaria, cercano a La Playa, formado por torres, fachadas de catedrales, columnas, estatuas, edificios mutilados y otras extrañas figuras que la erosión, tenaz e invisible arquitecto, modeló dejando un espectacular paisaje que nunca nos cansamos de admirar y estimula nuestra vanidad de playeros. Pero así como un campesino bautiza su finquita con el nombre de Estambul, El Tiber o Balmoral, sin saber exactamente que significa, cualquiera de nuestros bisabuelos proverbialmente asiduos lectores de la Biblia, pudo encontrarse con la palabra en el Génesis, le gustó y caprichosamente se la aplicó a las formaciones naturales que acabo de mencionar. Pero entre lo que literalmente significa estoraques y lo que en La Playa actualmente representa, no hay relación lógica alguna. 1/
Una placa instalada en el puente lleva el nombre del ingeniero Luis E. Guerrero (Tomado de la obra "La Playa de Belén") | ||
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