LA TRAGEDIA DEL RESTAURANTE POZZETTO
CAMPO ELÍAS DELGADO, EL ASESINO

SATANÁS es el título de la novela del escritor Mario Mendoza, ganadora del prestigioso premio español Biblioteca Breve. El protagonista de la obra, dice el diario El Tiempo, es Campo Elías Delgado. A este hombre se le recuerda en Colombia y en el mundo por la espantosa tragedia que protagonizó en el restaurante Pozzetto de Bogotá, donde disparó indiscriminadamente contra numerosas personas. Allí también murió. Había nacido en Durania.

 

 

La información que se publica, a continuación, fue tomada de la edición de Lecturas Dominicales (El Tiempo) del 17 de febrero/2002.

MARIO MENDOZA

A finales de 1986 yo era un estudiante de letras que estaba terminando su tesis de grado en una universidad de Bogotá. Un profesor me envió a un sujeto que pasaba ya de los cuarenta años de edad y que estaba interesado en el tema de los dobles, es decir, en aquellos famosos personajes literarios (William Wiison, Harry Jekyll) cuya personalidad se quiebra y se fragmenta hasta el punto de obligarlos a vivir dos vidas contrapuestas en dos individuos diferentes. El hombre en cuestión se llamaba Campo Elías Delgado y estaba matriculado en la Facultad de Educación. Simpatizamos rápidamente y compartimos el material bibliográfico que yo había recogido para mi monografía.

Campo Elías era un lector voraz, agudo, y me di cuenta enseguida de que era un solitario amargado cuyo único aliciente en la vida era el silencioso placer de la lectura. El último día que nos vimos nos tomamos un café y discutimos sobre Egaeus, aquel personaje de Poe que termina arrancándole los dientes a su amada en un lóbrego cementerio nocturno.

Al día siguiente, Campo Elías apareció en todos los medios de comunicación como el autor de una serie de asesinatos que sobrepasaba las veinte víctimas. Los noticieros de televisión informaban que el criminal había matado primero a una alumna suya y a otra mujer que la acompañaba, luego a su propia madre y a unos vecinos, y finalmente había entrado en una pizzería y había disparado indiscriminadamente sobre la mayoría de la clientela reunida allí para cenar. Los periodistas afirmaban que Campo Elías había sido héroe de la guerra de Vietnam y que desde entonces se encontraba trastornado y con graves problemas psicológicos.

El psiquiatra colombiano Luis Carlos Restrepo fue el único que se fijó en un hecho curioso: el asesino había entrado en el restaurante con un libro en el bolsillo: El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, de Robert Louis Stevenson. Restrepo escribiría más tarde en una revista una frase que quedó grabada en mi memoria para siempre: "la clave de los crímenes está en ese libro".

Bien, viví quince años con estos sucesos en la cabeza, y el personaje de Campo Elías, con quien yo había compartido breves pero maravillosas conversaciones literarias, me persiguió día y noche sin darme tregua ni respiro. Intenté en un par de oportunidades escribir un relato al respecto pero fracasé desde los primeros renglones. No estaba listo. Había que dejar pasar el tiempo.

Mientras tanto, otras historias que habían sucedido por la misma época también continuaban en el tintero: una muchacha ingenua que robaba con destreza a altos ejecutivos, un pintor habitado por fuerzas misteriosas y un sacerdote que había tenido que enfrentarse a un caso de posesión satánica en La Candelaria, el barrio colonial de Bogotá. Poco a poco estos personajes se fueron fundiendo, amalgamando, hasta que terminaron encontrándose con Campo Elías para conformar una novela que desde el comienzo supe que se llamaría Satanás.

Durante su escritura visité los lugares donde ocurrieron los hechos, entrevisté algunos testigos y recogí todo el material que se publicó sobre la matanza. Pero nunca perdí de vista ciertos acontecimientos fundamentales: que yo había estado cerca del asesino, muy cerca, que mis ideas literarias y las suyas eran bastante similares, y que quizás esa proximidad que yo había tenido con él escondía, en el fondo, un vínculo que no era mera casualidad.

 

 

Fragmentos
"Yo soy el asesino"

Octubre 25. En la oscuridad de mi habitación veo los helicópteros levantando polvaredas en las pistas de aterrizaje de los campamentos. El sol inclemente quemando nuestros cuerpos, el olor magnífico de la marihuana antes de dormir, el sabor de los fríjoles en lata y de los cartones de jugo de fruta con suplementos vitamínicos. Para los soldados occidentales Vietnam no fue un país o una zona de guerra, sino un estado psicológico, una atmósfera que incluía mosquitos, insomnio, sed, paranoia constante, deseos de sobrevivir, melancolía, ansiedad, y sobre todo unas ganas frenéticas de matar a esos amarillos enanos y contrahechos que en cualquier momento salían de la selva con sus bayonetas listas, sus dardos de madera pulidos y sus cuchillos bien afilados. Cochinos orientales que eran capaces de caminar kilómetros enteros sin fatigarse, en absoluto silencio, sin dormir, atentos siempre al más mínimo crujido que indicara la presencia del enemigo.

En alguna oportunidad me tropecé con un compañero puertorriqueño que había servido conmigo en la misma división, y el tipo, después de unas copas en un bar, me preguntó:
- ¿Pudiste olvidar?
- No -contesté sin pensar.
- Hay noches en las que me despierto con la boca reseca, agitado, y presiento la inminencia de un ataque -el soldado tomó aire y terminó su trago de un solo sorbo-. Entonces me levanto con el revólver cargado y reviso toda la casa con calma, con sigilo, listo para cualquier sorpresa. ¿Me entiendes lo que te digo?
-Sí.
-¿Te pasa lo mismo?
-Peor -bajé la voz para que ningún desconocido pudiera oírme-. Extraño la acción, las emboscadas, los disparos, la sangre de esos cabrones, las aldeas arrasadas, los innumerables muertos que dejábamos a nuestro paso. No creo que aguante ahora un empleo normal, una familia, unos vecinos amigables y un cheque al ti-nal del mes. Me moriría de tedio.
-Por eso me volví a alistar.
-¿Volviste?
-Voy a lo de Nicaragua. Estoy feliz.
-De pronto nos vemos por allá.
-Es una buena oportunidad, no la desaproveches.

Octubre 26: En mi segunda visita a Vietnam alcancé a estar una semana en Saigón y en las playas de Vung Tau. Luego me trasladaron a una compañía especial en Houng Hoa, muy cerca de la frontera con Laos. Una noche, el recluta John Morris y yo nos perdimos en los alrededores de Dong Nai. Nuestra división tenía que patrullar todo el sector hasta Quang Thri, en las proximidades del paralelo 17, en plena zona roja. Nos desviamos unos pocos metros de la ruta original y eso fue suficiente para desorientarnos. El recluta estaba muerto de pánico y repetía en voz baja:

-Nos van a capturar.

La frase era muy reveladora: Morris no le tenía miedo a la muerte, sino a la tortura.
A las tres de la madrugada, sedientos y cansados, vislumbramos un bohío en medio de una explanada. Entramos con las armas listas para disparar. No había ningún hombre a la vista, se trataba de una familia compuesta por una abuela desdentada, una muchacha de edad indefinible y un niño de cuatro o cinco años de edad. Los atamos de pies y manos y les metimos unos pañuelos en la boca para que no gritaran.

-Tenemos que descansar al menos un par de horas. No puedo más -me dijo Morris exhausto, sin poderse mover.
-Primero hay que arreglar este problema.
-Esta gente está indefensa.
-No podemos confiamos. Son del Viet-cong, seguro.
-No estará pensando en...
-SÍ, Morris, hay que hacerlo.
-¿Y el niño?
-También.
-No me pida que haga eso.
-Lo haré yo, tranquilo.
-Si dispara llamará la atención.
-Los pasaré a cuchillo. Aún recuerdo la sangre caliente saliendo de sus gargantas y corriendo por mis antebrazos. Parecían mansos corderitos degollados entre el canto de los pájaros y las primeras luces de la mañana. Morris tuvo que salir del bohío para vomitar. Alcanzamos sin tropiezos a nuestra compañía en Quang Thri.

Octubre 27: Mi segunda estadía en Nueva York estuvo marcada por un suceso desalentador. Regresaba a altas horas de la noche a la residencia militar donde estaba hospedado cuando dos individuos negros me salieron al paso. Sus rostros sin afeitar y sus movimientos acelerados delataban el comportamiento característico de los drogadictos. El más pequeño me puso un revólver a la altura del estómago y me dijo:

-Lo que tenga, rápido.
-Tranquilízate, muchacho -le dije con calma, sin alterarme.
-No me diga que me tranquilice. El dinero, muévase.
-Ya, ya, no hay problema. Hice el ademán de enviar la mano hacia el bolsillo trasero del pantalón para coger la billetera y en realidad agarré el revólver y lo traje al frente en fracciones de segundo. Apunté a la cabeza del atracador. Con voz firme, le dije:
-Nadie va a salir herido. Baja el revólver.
-No, no lo hagas, este cabrón nos va a matar -le dijo el amigo.
-Bájelo usted -me dijo el negro nervioso, con el brazo temblando.
-No te voy a disparar, bájalo.
-Vamonos, hermano -le dijo el amigo dándole un golpecito en la espalda.
-No, este hijo de puta cree que yo le tengo miedo.
-Déjalo, vámonos.
-No le tengo miedo.
-Yo sé que no le tienes miedo, vámonos.
-Le quitaremos el dinero y el revólver.
-No hagas estupideces, larguémonos de aquí.
El negro volvió a dirigirse a mí: -Entregúeme el dinero y el revólver, rápido.
-No hagas tonterías -contesté-, baja el revólver y lárgate con tu amigo.
-Si no hace lo que le digo voy a dispararle.
-Vas a salir mal de ésta, muchacho -le dije mirándolo a los ojos y con el brazo firme.

'Let's go', le repetía en inglés el otro negro dándole golpecitos en la chaqueta con la palma de la mano. Pero él no quería retirarse y había tomado el asunto como una prueba de hombría y de valor. En un leve movimiento de sus párpados para entrecerrar los ojos adiviné que iba a disparar. Alcancé a tirarme hacia un lado y accioné mi arma apuntándole al centro de la cara. La bala de él me hirió en el costado derecho. El muchacho se desplomó con un agujero en la frente. El amigo emprendió la huida enseguida. Desde el piso apunté y volví a disparar. Le di en la parte lumbar, en la espalda, arriba del coxis. Cayó al suelo y se arrastraba maldiciendo. Cuando llegó la policía aún estaba con vida y consciente. Supe que iba a quedar paralítico de por vida. Estuve una semana en el hospital y me recuperé satisfactoriamente. La bala no tocó ningún órgano vital. Los médicos me dijeron que tenía una salud de hierro.

Octubre 28: He vuelto a tener pesadillas de guerra, sueños en los cuales aparecen personas sangrantes y mutiladas. Me levanto ahogado y con la frente llena de sudor. Y lo peor es que cuando me dirijo a la cocina para buscar un vaso de agua, escucho los ronquidos de oso de esa vieja bruja que duerme sin importarle nada ni nadie. No sé por qué no tengo el valor suficiente para pegarle un tiro en el cráneo.

Octubre 29: Oigo voces en sueños que me ordenan disparar. Voces de mando que gritan: dispara. Tengo un insomnio recurrente que me impide dormir y descansar. No lo logro ni siquiera masturbarme dos y tres veces.

Octubre 30: Estoy harto de todo. Mi vida no tiene ninguna esperanza. Ya es tarde para hacerme ilusiones. Detesto la existencia que llevo, no hay nada alrededor mío que me entusiasme, que me dé confianza en el futuro, que me obligue a luchar para salir de los infiernos. Estoy sufriendo de depresiones agudas que me obligan a encerrarme en mi habitación durante horas. Cuando estoy frente al espejo sólo veo un pedazo de mierda.

Octubre 31: Qué casualidad, justo hoy, el día de las brujas, recibí un mensaje de mi maestro rosacruz que dice: un soldado, recuérdalo bien. Estás entrenado para combatir, eres una máquina de guerra y no otra cosa. No puedes eludir tu destino.

Noviembre 1: Anoche tuve un espasmo muscular en la espalda, un dolor agudo que me baja por el centro de la columna vertebral y que me obliga a caminar inclinado, como si estuviera agobiado por el peso de una joroba enorme. Esta mañana la bruja se quedó mirándome en la cocina. Le dije:
-¿Qué me mira?
-Está enfermo.
-Y si estoy enfermo qué.
Detecté una leve sonrisa en su rostro, un gesto de satisfacción que parecía insinuar se lo tiene bien merecido. Le pegué dos patadas en las piernas y salió corriendo a buscar refugio en su alcoba. Un día me liberaré de ella y me la quitaré de encima para siempre.

Noviembre 2: Hoy tuve una ocurrencia extraña, completamente fuera de lugar: estaba caminando por el centro de la ciudad, por la parte oriental y de pronto, al pasar frente a una iglesia, sentí la necesidad de entrar. No soy creyente y aborrezco las actitudes amaneradas y la hipocresía cobarde de los sacerdotes. Sin embargo, caminé hasta la puerta del templo e ingresé sin estar muy seguro de lo que estaba haciendo. No había nadie y la luz del atardecer se filtraba por unos vitrales redondos en la parte alta de la edificación, cerca del techo. Me senté en uno de los bancos y me quedé mirando el altar. Desde que era adolescente y estudiaba en mi pueblo no hacía algo semejante. Y toda mi vida se me vino encima sin darme tiempo para defenderme. Una vida vacía y sin sentido, cruel, inhumana, llena de odio y resentimiento. Bajé la cabeza y empecé a llorar como si fuera un niño indefenso. Un hombre vestido de negro se hizo a mi lado y me preguntó:
¿Puedo ayudarte en algo, hijo?
Levanté la cara y vi al sacerdote contemplándome con preocupación. Se sentó en el banco de adelante, de medio lado para poder conversar conmigo, y volvió a preguntarme:
-¿Quieres hablar conmigo?
-No soy creyente, padre -dije secándome las lágrimas con un pañuelo.
-No importa. No tienes que ser creyente para necesitar ayuda espiritual.
-Me siento muy solo, nada más.
-¿Estás casado, tienes hijos?
-No.
-¿Amigos, novias, amantes? -dijo el hombre con dulzura, como si fuéramos dos amigos conversando en la barra de un bar.
-No.
-¿No tienes a nadie?
El hombre me inspiró confianza y sentí deseos de sincerarme con él.
-Vivo con mi madre y la detesto. No veo la hora de que se muera.
-Y por qué estás tan solo.
-Odio las ansias de dinero, la codicia, la banalidad del resto de la gente. Me molesta el ritmo de vida que llevan los demás. Me siento ajeno a todo, padre, como un pingüino entre una manada de elefantes. No sé si me entiende.
-Hemos perdido a Dios -sentenció el sacerdote.
-Lo que más me angustia es que últimamente tengo ideas raras, imágenes que me atormentan, que me persiguen a todas partes.
-Ideas como de qué.
-De crímenes, de asesinatos, padre.
-¿Cómo? -dijo él abriendo los ojos y arrugando la frente.
-Veo cadáveres, cuerpos sangrando, víctimas suplicando, quejándose y arrastrándose por el piso.
-¿Y qué sientes cuando tienes esas visiones?
-Ganas de rematarlos, padre, porque yo soy el asesino, yo soy el que los hiere y los extermina.

 

 

Diario La Opinión de Cúcuta, 12 de agosto de 2007

Celmira Figueroa
celmira.figueroa@laopinion.com.co

A las 7:30 de la noche, en su casa de habitación, nació Campo Elías, el 14 de mayo de 1934. De eso dio fe su padre Elías Delgado ante la Notaría de Durania, tres días después, y sirvieron como testigos Jaime Ariza y Jesús María Gamboa, según reza en el descolorido folio 11, considerado como única prueba física del enigmático personaje.

En el solitario municipio nortesantandereano rondan en el aire muchas preguntas sin respuestas entre quienes conocieron a sus padres, pero los jóvenes ignoran que esa tierra brotó un hijo capaz de conmocionar a un país, matando desde a su propia madre, Rita Elisa Morales, hasta una veintena de clientes del afamado restaurante italiano Pozzetto el 4 de diciembre de 1986 en Bogotá.

Nadie quiere recordar ese espeluznante episodio. Sus paisanos y conocidos tampoco pueden aún creer que el políglota Campo Elías pudo cometer esa barbarie en sano juicio, sino bajo la tormenta de la guerra de Vietnam a la que se ofreció para luchar en los Estados Unidos con el rango de sargento de primera clase y donde obtuvo reconocimientos como la Cruz República tras planear estrategias de guerra.

En el municipio de Durania, departamento Norte de Santander, República de Colombia, a diez y siete de mayo de mil novecientos treinta y cuatro, se presentó el señor Elías Delgado, varón mayor de edad, de nacionalidad venezolana, domiciliado en este municipio y declaró: que el día 14 de los corrientes a las 7:30 de la noche, en la casa de habitación del declarante situado en esta población, nació un niño quien se ha dado el nombre de Campo Elías, hijo legítimo del declarante y de Rita Elisa Morales N. también venezolana y vecina de este municipio. Abuelos paternos Mercedes Delgado y maternos Luis María Morales y Elisa Nieto. Fueron testigos los señores Jaime Ariza y Jesús María Gamboa. En fe de la cual se firma la presente acta.

El reconocido boina verde, de ese entonces, también viajó en misiones especiales a Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá y España. Luego de retirarse de dicha institución se refugió en las calles de Nueva York. Allí intentaron atracarlo, y decide regresar a Bogotá, en donde recibía mensualmente su pensión en dólares, aunque dejó de llegar inexplicablemente a su apartado aéreo y, curiosamente tampoco la siguió reclamando.

En 1939, cuando tenía 5 años de nacido, viajó con sus padres a Chinácota y de allí, a Bucaramanga.

Después de estudiar en el Provincial de Pamplona rompe relaciones con su madre y parte rumbo a Argentina donde contrae matrimonio y tiene un hijo. Cuando se entera del suicidio de su padre en un parque de Bucaramanga decide enrolarse con las fuerzas militares, hasta 1972 cuando concluye la guerra de Vietnam.

Sus primeros años en Durania

Rosario Sandoval Pérez, 92 años, su paisano, quien aún atraviesa el parque dos veces al día para llegar hasta su negocio de compra y venta de chatarra que abrió hace 40 años en un garaje al otro costado de la iglesia, lo conoció desde muy niño porque le trabajaba a su papá arreando agua en latas, a cinco centavos cada viaje. Don Elías había llegado procedente de Venezuela.

Durania tenía camino de herradura y carecía de acueducto. "Campo Elías se antojó de mi oficio, yo tenía unos 14 años, usaba pantalón corto. Le hice un yugo, le colgué dos potecitos y me acompañaba en esa ardua tarea. Él tendría unos 3 o 4 añitos".

Don Elías, su padre, era un reconocido e influyente comerciante. Recuerda que era alegre, sano y su única diversión era jugar billar los fines de semana. "Vendía, en su casa de esquina, café, cerveza negra, "chivo", kola favorita y muchas otras cosas".

Pero esa tranquilidad la interrumpió la idea loca de tumbar el Samán, cuya semilla había sido traída de Táriba, Venezuela, a finales del siglo XIX. "Don Elías, primero, pagó $5 a unos muchachos para que pelaran el Samán. Dos días después, el 15 de agosto de 1939, aprovechando la oscuridad de la noche lo mandó a cortar. Esa acción hizo levantar al pueblo en su contra y entonces decidió irse, apenado, a Chinácota. Fueron tres viajes de trasteo.

De ahí se mudó para Bucaramanga. Lo fui a visitar dos veces. Nos encontrábamos en los parques, él vendía barquillas. Incluso, me dijo que estaba arrepentido de haberse ido de Durania, que allá era muy duro, pero poco a poco se fue adaptando y saliendo adelante. Después me enteré de su suicidio. Me dolió mucho, porque fue como mi hermano. A Campo Elías nunca más lo volví a ver ni saber de él hasta ese día que ocurrió la tragedia en Bogotá".

En el parque, donde fue cortado el Samán, se levantó el busto del fundador de Durania, Justo Leonidas Durán, pero también se plantó otro Samán, mucho después.

La casa de habitación, donde nació Campo Elías, que ocupaba casi toda la cuadra, hoy está habilitada como biblioteca pública, sin alterarse su estructura, con el mismo techo de teja española, las mismas paredes de tapia pisada pintadas de blanco con las puertas verdes.

Compañero de escuela

El ex congresista Justo Pastor Castellanos estudió parte de la primaria con Campo Elías en la escuela de Durania. Incluso después de la masacre en Pozzetto estuvo tentado a escribir un libro que titularía "La venganza del Samán" porque considera que el espíritu de ese frondoso árbol persiguió a Campo Elías hasta el final. "Era allí donde se escondía su madre Rita Elisa, con un ingeniero que vivía en San Cristóbal, antes de contraer matrimonio con Elías Delgado. Él lo supo, pero le recomendaron que se casara. De ahí nació la obsesión, más tarde, de mandar a cortar el Samán.

La tragedia continuó cuando se casó y descubrió como le ocurrió a Martina, la de la canción, que no era virgen. Las citas de amor se repitieron en el Samán, aprovechando la sombra de la noche. Eso fue marcando, muy seguramente, a Campo Elías. Y su padre se suicidó después, en Bucaramanga, también por amor. Campo Elías le echó la culpa a su mamá.

Elías argumentó, en ese entonces, que el Samán producía mucha basura con sus hojas y por eso lo iba a mandar a cortar. Esa acción provocó un movimiento popular que hace que se vaya de Durania".

Pastor Castellanos recordó que se volaba de las clases con Campo Elías y se iba para el río a pescar. "Comprábamos cal viva y se la echábamos a los pescados. En la casa nos daban palo y fuete. Campo Elías era muy dañino. Su madre Rita Elisa era modista. A ella la había contratado para hacer un vestido de novia y de noche, se levantó cogió las tijeras y lo volvió picadillo porque estaba apesadumbrado con ella.

En su casa tenía un loro. A él no le gustaban ese animal. Se ingenió la manera de meterle, poco a poco, alfileres para matarlo. Llegó un día en que el loro no podía caminar. Lo revisaron y estaba lleno de alfileres. Esas eran sus diabluras. Después nos perdimos. Yo me vine para Cúcuta y el partió para Chinácota.

Pasaron muchos años. Me hice Representante a la Cámara. Alguna vez llegó a buscarme en Bogotá, a mi oficina. La secretaria me dijo: lo busca un señor de su tierra. Pregúntele ¿quién es?, le respondí. Campo Elías, me dijo, compañero de escuela.

Él fue para que lo ayudara porque quería ingresar a la Interpool (Organización Internacional de Policía Criminal). Como Representante le di una recomendación que le sirvió, porque después vino contento a traerme un regalo. Y se fue para los Estados Unidos, no lo volví a ver.

Campo Elías era muy disciplinado, no tomaba tragos, le gustaban las artes marciales.

En Vietnam se ganó el título de héroe norteamericano por lo osado. Iba a los cambuches y mataba a diez en una sola noche. En Vietnam pudo matar, entre 40 o 50 personas, según me contaba.

Ganó el título de Ranger, era la distinción más grande que le hacían a soldado americano que tuviera la habilidad de disparar, en forma asombrosa, como lo hacía él. Con una magnum podía pegarle a un cigarrillo a 40 metros, demostración que me hizo en una finca que tenía en Sibaté, en Bogotá.

Días antes de la tragedia me invitó almorzar. Yo vivía a tres cuadras de Pozzetto. Todos los domingos iba a comer con mi señora y mi hija. Ese 4 de diciembre me fui para la finca y de regreso había mucho policía en la carrera séptima. Nos hicieron desviar, porque un loco había matado a una señora y estaba matando a más gente. Eso me dijeron los de Tránsito. Nos fuimos directo para el apartamento. Al día siguiente unos cucuteños, entre ellos, Gabriel Ramírez, el "Che", me fueron a buscar para ver cómo se le daba sepultura. No me encontraron".

Su paso por Chinácota

La casa donde vivió su abuela materna, Elisa Nieto de Maldonado, fue demolida para dar paso a la discoteca Ibiza. Allí se crió Luz Marina Hernández, quien a la vez correspondió a ese cariño con fidelidad y servicio. Era trece años menor que Campo Elías, pero lo recuerda como si fuera ayer, al joven que llegaba de improviso, juguetón, juicioso, cariñoso y hasta buen mozo. "No duraba mucho tiempo porque no le gustaba la vida de pueblo. Su familia era honorable. Sus padres (Elías y Rita Elisa) eran nobles, ejemplares".

Las pocas veces que lo vio se mostró juguetón y echaba bromas. Ella guardó hasta hace unos años el álbum de la familia Delgado Morales, pero la polilla acabó con las fotos donde aparecía Campo Elías tomando la primera comunión. Marina, como se le conoce en Chinácota, también aparecía en las gráficas porque formaba parte de la familia. Hoy, 21 años después de la masacre en Pozzetto, rehusa a cualquier intento de rememorar ese pasado por respeto a la memoria de la abuela que le tendió la mano cuando era niña y a los primos que viven en Estados Unidos y a la hermana mayor Carmen Beatriz. Supo que Campo Elías se casó en Argentina y tuvo un hijo.

Marina cumplió 60 años, vive arrendada en Chinácota para estar muy cerca de sus hijas que le han multiplicado la familia que nunca tuvo.

La otra casa donde pernoctaba Campo Elías era la que quedaba diagonal a donde hoy es la discoteca Ibiza, en la carrera 4-1-20. Adentro, el tiempo se estancó desde que partieron para Bucaramanga y luego a Bogotá. Los muebles de la época, baúles, repisas, camas, continúan bajo llave, custodiado por una persona de confianza de uno de los familiares de la familia.

Amigos casuales

A su padre Elías Delgado lo recuerda el abogado y ex magistrado Alberto Rodríguez Hernández trabajando detrás del mostrador del almacén de importación y exportación de café "La Cosmopolita" de Waldo Carrero. Allí llegaban los arrieros a quien atendía con devoción.

De Campo Elías destaca su inteligencia como estudiante de bachiller en el Provincial de Pamplona y supo que en Bucaramanga pusieron negocio de charcutería y venta de barquillas. "Después doña Rita se fue para Bogotá y nunca más supe de ellos hasta que nos sorprendió la infausta noticia".

Al abogado Jorge Lizarazo Peñaranda, 66 años, quien vive pensionado en Chinácota, se lo presentaron en Bogotá, unos cinco o seis años de la tragedia. "Le gustaba las artes marciales y según pude entender quería mucho a su mamá. Siempre se refería a ella como mi vieja, nunca le escuché un resentimiento contra ella. Lo que pasa es que a Campo Elías lo satanizaron. Él hablaba de los estragos de la guerra, de donde nadie vuelve bien. Era parco, retraído más bien, por los efectos del combate en Vietnam. En cambio para los deportes era muy hábil. Vivía de la pensión y era gran lector.

Media hora antes de la masacre de Pozzetto pasé por el restaurante y vi a Campo Elías sentado en una mesa. No le llamé la atención, iba de paso para donde mi hermana que vivía por ahí cerca, y sólo pedí un refresco.

El médico Mario Mejía Díaz desde su lecho de enfermo también rememora a Elías, más no a su hijo Campo Elías, dependiente del almacén comercial "El Cosmopolita". No justifica, pero explica que Campo Elías tuvo un ictus, un choque, sicopatía de guerra. Se creyó en Vietnam, en el sitio de combate. Él fue un militar distinguido, condecorado por los Estados Unidos".

Entre el bien y el mal, en Bogotá

Uno de los rasgos sobresalientes de su personalidad era un desmedido afán por el orden y la pulcritud. En el Centro de Estudios Profesionales, donde meses antes de la masacre aprendió programación y manejo de computadores, lo recuerdan por su puntualidad a toda prueba y su obsesión limpieza, que lo llevaba, casi ritualmente, a retocar con su pañuelo todas las mañanas la pantalla y el teclado del computador y a lavar con sumo cuidado sus manos después de terminada la práctica.

Desarrollaba además por la exactitud en el cumplimiento de los horarios y la rectitud sin tacha en el manejo del dinero. Nunca se atrasaba en sus pagos y cumplía siempre con los términos en los negocios que realizaba.

En su vida social era un caballero sin tacha. Serio, metódico y reputado como inteligente, terminó sin problemas sus estudios secundarios, diciéndose de él que era un alumno ejemplar, de buenas costumbres y destacado como uno de los mejores del establecimiento. Era un fanático del aseo personal. Después de ducharse, no se secaba el cuerpo con toalla sino con papel higiénico, para que la operación fuera más aséptica, rehusando además compartir el baño con su madre, única persona con la que convivía, y quien se veía por tal motivo obligada a utilizar para sus necesidades personales el baño de servicio. No bebía ni fumaba, andaba siempre pulcramente vestido aunque en mangas de camisa y sus zapatos permanecían bien lustrados y relucientes.

Cuando alguno de sus compañeros le preguntó, en una ocasión, por qué salía a la calle tan desabrigado, sin importarle el frío bogotano, Campo Elías se limitó a responderle: "porque tengo el corazón caliente". Así aparece consignado en un ejemplar de la revista "Realidad Municipal de septiembre 30 de 1991.

Campo Elías Delgado era celoso con su vida íntima. Durante año y medio que mantuvo amistad con Jaime Paz, su profesor de computación, jamás habló de su vida personal ni se interesó tampoco por la de éste. La comunicación se limitó casi siempre a tareas funcionales que tenían que ver con su oficio en común. Lo llamaba, por lo general de madrugada, para consultarle problemas atinentes a programas que intentaba construir y cuando lograba superar el obstáculo, llegaba a primera hora al centro de estudios a compartir con el profesor su éxito. Nunca, sin embargo, una palabra sobre su madre; nunca relatos sobre su pasado.

Alrededor del apartamento donde convivía con su madre Rita Elisa Morales había tendido una espesa cortina de humo. A nadie daba el teléfono ni la dirección exacta. Cuando se refería a su madre la llamaba "esa señora", dando la imagen de una anciana brutal y controladora que seguía sus pasos y quería conocer hasta el menor detalle de sus relaciones amistosas.

El edificio donde vivía, sus vecinos, al contrario de lo que mostraba en otros espacio sociales, lo veían huraño y malacaroso, poco dispuesto a responder al habitual saludo o a trabar comunicación con algunos de ellos. Temían acercarse a su apartamento por lo violento de su mirada y por el trato que daba a su madre, a quien golpeaba e insultaba por no satisfacer sus necesidades monetarias. Mientras maltrataba a su anciana porque no le facilitaba dinero para sus gastos, en su vida social Campo Elías daba la apariencia de ser un hombre solvente, que vivía con holgura y sin premuras económicas, amante de los viajes y la buena mesa, quien a sus 52 años podía darse el lujo de llevar una vida de estudiante. En los últimos cinco años había adelantado sucesivamente cursos universitarios en el área de educación y computación y en la Alianza Francesa, donde era estudiante aventajado.

Eludía el contacto corporal a punto de no dar la mano cuando saludaba, manteniendo siempre una actitud rígida y pausada.

Veíasele recorrer la ciudad solo y su contacto con su sexo femenino se limitaba al placer que le deparaba los desnudos de la revista Play Boy u ocasionales visitas al cine rojo. Detestaba el desorden y comparaba frecuentemente al subdesarrollo colombiano con la funcionalidad y limpieza de la sociedad norteamericana. Detestaba la marginalidad que invade nuestras calles y se mostraba molesto ante mendigos, dementes callejeros y gamines. Se quejaba de la inseguridad de las calles bogotanas, dando recomendaciones a sus amigos sobre la forma de protegerse en caso de asalto.

La vivencia afectiva

Su relación con la familia de Clemencia de Castro, quien recibió la visita de Campo Elías cuando había cometido nueve asesinatos, se había iniciado años atrás gracias a una afición compartida, el juego de cartas, por el que sentía Campo Elías una verdadera pasión. Lo había aprendido en su paso por el ejército y repetía sonriente que era muy divertido jugar poker en las trincheras, cuando la artillería enemiga atacaba. Sus otras pasiones tenían que ver también con la guerra: programación de estrategia militar y tiro al blanco con armas cortas.

A esa familia le fue tomando un afecto especial. Le propuso que aprendiera inglés, adelantando con él clases a domicilio.

A Clemencia le dejó una copia de la llave de su apartamento, dos años antes de la tragedia. Una vez le dijo que lo hacía por si perdía el original. Este hecho, al igual que el regalo que en dos ocasiones le hizo del libro de Robert Louis Stevenson "El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde" habrían de entenderse después como premoniciones, pedidos de auxilio que señalaban su peligrosidad.

 

La familia Castro se convirtió en un hogar sustituto, en un espacio ideal que resumía lo que Campo Elías deseaba para su propia casa. Cuando la visitó, armado hasta los dientes y poco antes de cometer la masacre del restaurante, habló con hilaridad desacostumbrada y recomendó a la señora Clemencia que nunca maltratara a sus hijos y los comprendiera en sus fallas y desaciertos escolares. Le habló de un viaje que iba a realizar al otro extremo del mundo, a las antípodas, según sus propias palabras, confirmándole que era de los únicos que se despedía.

Doña Clemencia recordaría después con mucha vividez el momento en que les obsequió el libro de Stevenson, para que se iniciaran en la lectura del inglés. Les dijo entonces, de manera sucinta, que se trataba de un hombre que tenía dos personalidades: una buena y generosa y otra mala y criminal, debatiéndose en una penosa lucha entre ambas tendencias.

Después de un corto silencio añadió: Hay muchos hombres así.

Su vida señala un itinerario de constantes huidas, tratando de evadir un ambiente familiar conflictivo, buscando siempre situaciones extremas para asegurarse la cohesión de su personalidad.

 

http://www.laplayadebelen.org