Eduardo Cote Lamus
Selección de poemas
(Fueron publicados por la Universidad Externado de Colombia en 2004)

 


Nana en el tiempo

Las hojas vuelven mi oído hacia los árboles
porque me voy deslizando bajo el ala de un sueño
hasta los días de la infancia en mi pueblo,
donde vivir era casi como soñar contigo.

Te voy a contar algo de mi infancia, por ejemplo,
de cómo yo vivía comprendiendo el tiempo.
Entonces tenía un calendario distinto:

Junio se llamaba viento
y por el cielo retoñaban las cometas
como estrellas silvestres;

Mayo era las orquídeas porque Madre se volvía más tierna
cuando tomaba una flor entre sus pétalos;

Julio era el sol,
la luz que se dormía en el tacto;
en agosto venían las grandes lluvias
y se desbordaba el río
que inundaba las semanas de septiembre;
de noviembre casi no me acuerdo
porque la niebla era tan espesa
que no dejaba ver los días:
alguien me dijo que era el mes de los muertos;

Diciembre llegaba con una gran estrella
donde nacía un niño:
en mi pueblo era llamado el mes de los niños;
allí terminaba el año
y comenzaba enero con una extraña alegría:
a mí me gustaba cómo sonreían las gentes por enero
-en un enero se murió una vaca que se llamaba Luna-;

Febrero era el mes de las siembras
porque Padre por ese tiempo olía a trigo
como si anticipara las espigas;
de abril y marzo sólo recuerdo los crepúsculos
y yo decía que eran los pájaros del año;
mas en octubre íbamos a mirar los cafetales
porque tenían besos como las muchachas grandes
y porque hasta el agua frutecía
al pasar entre los huertos.

Entonces era hermoso el año
porque el tiempo no existía.

Y ahora,
que me dices tristemente tu tristeza,
te regalo mi infancia
como antes te regalé un diciembre
para que vayas, soñando entre tus manos,
repitiendo:
"no hay meses:
hay trigo, hay frutas, hay lluvia,
hay río, orquídeas, alegría...
es una mentira el tiempo".
Y te quedes dormida.


Poema imposible

Deja por última vez que mi tacto te sepa
porque quiero aprenderme tu cara de memoria,
porque quiero iniciar un poema diciendo:
"En Segovia, una noche de torres, mi alma no pudo,
no le fue posible...".

Déjame, sí, déjame.
Déjame aunque sea fatigar tus huellas
por esta almohada con aroma de rostro
porque quiero hacer un pájaro con tu piel
para despertar mi corazón muerto.

Yo te amé de frente, por entero
y me miraba largamente en tus manos
buscando dar olvido a mi antigua sed de orilla.

Por ahí para esta tristeza con cara de rosa
como si el color llevara mi dolor descalzo.

A veces me viene tu silencio de campanas
que debajo de tu piel silban siempre, siempre...

Te acercaste a mi vida como un vegetal solo
alargando tus ojos hasta la plenitud del árbol.
Mi vida era sencilla, humilde,
tiernamente arcilla para un tacto.

Ahora no soy sino un manantial ciego
que huye de la sombra en tu mirada.
Es cierto que todo me fue inútil, doloroso;
fue una lástima que tú no me quisieras:
ha sido el mayor qué lástima del mundo.

Pero ven, acércate y muérete un poco en mis palabras.
A pesar de todo eres mi amor, mi tú, mi nunca.

Y ya no puedo con este hueco sin destino
que me pesa por dentro como Dios en la yerba.
Porque tampoco puedo con este sabor de ti en los labios.

Sí: en Segovia murió la savia de repente.
Y yo no pude,
no me fue posible.


Madre en mis cosas

Madre, yo aquí con mis cosas:
con este cuerpo usado que deseo cambiarme,
con el polvo pegado en el vestido, en los zapatos,
con esta cal que me mantiene el peso,
con esta ceniza que me hace mover las manos,
mover las sienes, que me alarga hasta un metro con setenta
y que de pronto se amasa con sueños para que me sienta
barro.

Madre, tu hijo cuenta
once años más desde el día de tu nunca;
tiene rayado el tacto, ríos tácitos en los ojos
y ha movido los pies por las horas
como buscando ser más hueso.

Te contaré, Madre,
me he dejado crecer las barbas
y todavía me llamo Eduardo;
Padre sigue sembrando árboles,
Guillermo es arquitecto y se ha casado,
Helena hace lo que tú hacías
y yo viviendo, consumando el olvido.

Madre, una noche de música
me escribiste el cuerpo con toda tu ternura
y alimentaste mi tristeza con una mirada que yo no entendía
pero que fue tan clara, que sabía tanto...

He cruzado estos años llenos de savia y agua
y he consumido los ojos esperándote;
porque yo recuerdo que por el sol de los venados
enhebrabas tus manos con un hilo muy fino
y cosías mi primer traje apoyada en tu vientre,
tu vientre que Gemela y yo habitábamos.

Te contaré algo terrible: soy poeta
y padezco la ternura de las cosas.

Es muy duro ser poeta, Madre,
y, sin embargo, entre ricas palabras,
se descubren las cosas al nombrarlas.

También recuerdo
el viaje que contabas cuando me tenías dentro,
el dedal que comprendía los colores y el remiendo
y que de pronto cantaba en tu dedo
toda la ropa blanca que después planchabas.

Madre, ¿te acuerdas de mis enfermedades?
Pues todavía sigo enfermo.
Hoy es primero de septiembre y son las doce del día,
estoy en un café de Madrid y acabo de llegar de un viaje.

Madre, no estoy en la patria,
estoy en un país lejano que tú no conociste
pero del que siempre hablabas, y decías, España,
como quien le da nombre a la luz,
como quien parte de una hermosa ausencia.

Como te puedes dar cuenta
todavía sigo enfermo.
Madre, te contaré que tengo amigos,
son buenos y me los hubieras aconsejado si vivieras.
Hernando es pequeño y mi mejor amigo
porque todas las mañanas entreabre sueños
con su rostro puro como las estaciones;

Alberto se parece a la yerba
y porque ama su infancia estudia medicina;
Rafael es humilde como para llevarlo por un cuento;
Mario y Pepe son poetas: el uno nació en Nicaragua
y el otro en Jerez de la Frontera
y ambos están llenos de universo
como si estuvieran secos por construir tantos ríos;
Gutiérrez recorta huellas para tener pasos de futuro;
Pérez Chanis es arquitecto
y por todas partes va cantando como si quisiera edificar el aire;
Toral tiene mil vidas para repartir a sus amigos;
Diego es profundo y camina por la tierra con la cabeza
levantada
buscando un mar en cada estrella;
Pedro Antonio va por el mundo sin saber la dirección de sus
pies
y su andar está lleno de auroras;
Agulla usa gafas y se alarga en el tiempo
como buscando un sitio para su gran cuerpo;
Paco Urioste es un boliviano sencillo, buen médico
y abarca con sus manos de ascendencia inca
las primeras muertes de los hombres;
a Geirr Tveitt se le acaba de morir el padre
entre un gran silencio nórdico;

Soler es Curro y andaluz pero muy triste,
triste como si viera claridad en las cosas;
Enrique está de nuevo en Cúcuta
y quiere ser político y más hombre;
Labordeta es poeta, redondo y baturro
y una noche decidió cambiar su Zaragoza por el mundo;
también Colmeiro, quien vive apresuradamente su estatura;
y Luis Eduardo que tiene el alma llena de banderas
y Darío que es pintor y Guillermo que también pinta
y Antonio que es sordo, pero que oye
la música que sale del trigo de Castilla
y que de tarde vende vino en la taberna.

Madre, estos son mis amigos,
pero no están todos,
faltan los demás y sus muertes.

Madre, se me olvidaba Juanita,
la chica vasca, que me arregla el piso.
Juanita que se despierta en la voz
para contarle a los ojos que ha soñado
que dentro de poco se va a casar.
Es como una oveja con flores en la lana.

Madre, todavía no me despido.
Me hace falta contarte algo a ti que me quieres tanto:
resulta que mis labios se ataron a un nombre
y que todos mis abuelos apresuraron el paso por mi sangre
para que yo amara, resumiéndolos,
en un total de corazón y sueños.

Sí, Madre, ahora no soy más que ternura.
Y como no la conoces voy a decirte cómo es:
tiene un corazón tan grande
que a veces no le cabe en el pecho y lo reparte por las flores
y a mí me toca recoger pájaros claros que han picoteado su
corazón.

En sus ojos caben todas las distancias
y van pintando de celeste al tiempo,
su aliento es el refugio de mi voz cansada
y mi oído guarda todos sus suspiros.

Madre, ella alcanza casi tu estatura
y tiene un nombre donde el mar se desborda
y una cabellera rubia que no hace mucho
dividía en trenzas.

Es blanda cuando yo la acerco a mis brazos
para que sienta mi amor bajo su pecho.
Yo me ilumino con su voz
y mi sombra está pegada a sus dedos.
Como ves, Madre, sigo todavía enfermo.


La justicia

Yo padecía la luz, tenía la frente
igual que una mañana recién hecha;
luego vino la sombra y me sembró
sin darme cuenta la señal amarga:
las palabras serían desde entonces
una visión del mundo derribado
en sueños; uno tiene que cantar
porque un nuevo Caín es ser poeta.
Me vendí como esclavo para que
mi dueño manejara mis acciones;
resulta que el amor me hizo más solo
y mi amo no podía con sus culpas.
Liberto vago, sí, manumitido
de mí; la sombra soy de lo real;
pero tampoco puedo darme cuenta
de qué es lo que transcurre en mi contorno.
Lo malo es sentir que pasa el sueño
a través de los ojos y del pecho
y no poder decir lo que sucede.
Sí: por esta palabra que yo escribo
seré después juzgado, ajusticiado;
no me defenderán contra la muerte
mi labor de contar, de decir cosas,
el ir muriendo en cada letra, de
ver cenizas donde está la vida.

La sombra como un dado a las espaldas
A Hernando Valencia Goelkel

Me busco el cuerpo porque pesa mucho,
llevar siempre la sombra tras del paso
y no poder decir si soy un hueco
donde pasan los sueños, uno a uno,
ensoñando o el vaso en que los bebo.
Quiero mirar mis ojos y mis manos
y el corazón para medir distancias
y horas, pero sólo veo mi sombra
que es mi tiempo perdido que me mira,
implacable, desde su oscuro sitio.
Me hundo. Ahora soy mi sombra. Soy
aquello que la luz no purifica:
la capa siempre echada bajo el juego
de un dado que da vueltas y camina,
que camina y da vueltas. Tiro suertes
y no hallo la ventaja de estar vivo.


A veces para ver tiendo los brazos

Cuando para buscar tiendo los brazos,
imaginando que separo días,
escucho la distancia como el trino
de un ave: es que devuelvo la mirada.
Por saber que la luz es sólo sombra
que no nos pertenece aunque queramos,
nos sentimos muy lejos, muy distantes,
más allá que los huesos de un abuelo.
Uno pregunta y se pregunta: ¿Quién,
qué me ha obligado a abandonar la infancia?
Dejemos que la sombra nos depare
turno de tierra y tiempo de cenizas.


El vertigo
Para Alfonso Costafreda

Todo se va cayendo, todo es piedra,
molino que cambia aire por harina
como el hombre es igual a lo que anhela.
Todo se va cayendo, todo es plomo
que cae ceniciento por la piel.
Y todo va cayendo al miedo. Alguien
usa la voz como perfume: cae
sobre su sombra y la destruye, cae
envuelto de pasión sobre sus pasos:
los borra, los sepulta, los camina.
Todo se va cayendo, todo es sueño:
la luz para encenderla tiene un nombre,
otro para apagarla. Todo es sueño.
Alguien se fue quitando días, poco
a poco, hasta quedar sin años, para
meterse en tierra y embozarse en ella.


A Jorge Gaitán Durán

Cómo pesa la luz en este otoño.
Todo lo borra, todo lo consume;
su mano es solamente hierro, yunta;
nos dice: aquí está el bien, aquí está el mal,
y no nos deja optar. Vas por caminos
acaso demasiado claros: la
luz de otoño es honda, ciega, pesa
en las hojas lo que un día en un muerto.
Remontando palabras has buscado
la presencia del hombre, la insistencia
en lo triste: medidas de tu asombro.
Me parece que no has hallado nada
y que las cosas te reclaman. Vuelves.
La luz se te ha dormido entre los huesos
y el viento acaudillando eriales vino
a morir entre tu sombra. Por cuantos
países fuiste te nació un recuerdo:
¡cuántos días gastaste para ver
el destino frustrado! Y te has caído
sobre tus pasos, solo. Tú regresas.
Devolverás los sueños inservibles
y de nuevo el calor, las viejas muertes
de los abuelos, las tumbas resecas,
el aliento de los contrabandistas
con bocas llenas de vainas y de oro
y el oculto lector de tus poemas,
no te comprenderán; para ellos, luz;
tienes la sombra muy oscura, amigo.
¿No imaginas el sol como un gran río
a fuego lento y que se nutre con
la ceniza de sus despojos, Jorge.

El designio
A Ernesto Mejía Sánchez

En las páginas solas de algún libro
alguien (seguramente yo) ha dejado
escrita, para luego destruirla,
una palabra: Muerte. Con amor
la fue escribiendo, con amor la deja
como para olvidarla en esa forma,
pero vuelve después sobre las letras.
Como un adolescente que lee un libro
a escondidas, detrás de la familia,
se descubre culpable hasta los huesos:
la misma mano que dejó los signos
se endurece de pronto en la escritura
y el mundo, entonces, ya, de nada sirve.


Elegía a mi padre
A mis hermanos

Una vez tendido le dio por morirse como
antes le había dado por vivir,
por talar los eucaliptos y hacer la casa
y se echó a morir porque sabía
que de esa no pasaba.
Acaso, cuando los bueyes se cansaron
de arar, ¿no se había puesto alguna vez
en la nuca y en los hombros la coyunda?
Y la tarea quedó cumplida mucho antes
que la sombra, ya que las estrellas.
Tenía que terminar también su asunto
a cabalidad y como fuera.

En su mano derecha la firmeza
como empuñando un arma
o dirigiendo el surco o trazando
el círculo de su vida, cerrado,
arbitrario, pero tan propiamente suyo
como el bastón de tosco palo,
como el sombrero o los zapatos
o la ropa que llevaba, que ya era suya,
hecha por él, como sus actos.

Su mayor riqueza consistía en ver los potros
galopar libres bajo en ancho cielo
o enlazar alguno con certero silbo,
marcarle el anca y darle nombre,
un nombre fácil: Cascofino, Dulcesueño, El Palomo,
enjalmar la mula, hablar de las heladas.

La tierra vino a él mas no en su ayuda.
Y decía palabras, preguntaba
por amigos que allí no se encontraban
y de sus brazos que iban y venían
como alentando el fuego del herrero
de su propia existencia, le caía
fuerza, sudor como yunques, dominio;
desde sus abrazos le caían los días
que vivió, uno a uno, a borbotones.

Pero murió porque le vino en gana,
porque tenía que hacer del otro lado
junto con su mujer, la que le tuvo
los días listos para su trabajo,
dulzura en la mañana, el pan servido
al alcance del corazón, la ventana abierta
cuando volvía hecho trigo de los campos.

Yo no te cuento pero debo contarte:
te llevamos a una casa con amigos
del alma, te acompañamos, ya lo sabes,
y al otro día tuviste tres entierros
como te correspondía: en la mañana
te llamabas más Pablo aún, respondías
más a tu nombre: eras silencio.

Por el aire te pusimos en las manos
de otros recuerdos, y tu tierra era entonces
tan cercana. Río arriba, entre los climas,
te nos hiciste piedra en el pecho,
te nos ibas hundiendo pecho adentro
porque tú estabas en él y te nos ibas.
Entraste a Pamplona como si lo hubieras hecho
a caballo: tomamos el potro de las bridas
y descabalgaste igual que siempre, entre cipreses.

Como estabas muy alto tus hermanas
no podían verte y una de ellas trajo una banqueta
sobre la que subieron y te llamaron Pablo Antonio,
te nombraron paulinamente Pablo entre las lágrimas.

Pero estabas de espaldas como un río.
En la cuesta tu cuerpo se hizo plomo:
poco después el peso fue liviano
como si hubieras tú metido el hombro
y te llevaras a enterrar tú mismo.

Te colocamos con cuidado, con flores, con ternura.
Yo creo que tenías entre tus manos
una cuerda y un trompo y una espiga
y un rumor de mucho cielo en tus oídos.

Sabes muy bien lo que te cuento
pero te lo digo. Estaban
con el sombrero en la mano
a pesar de la llovizna
todos los que te querían:
el que te vendía la carne,
el que te compraba el trigo
y el hombre de azadón que respetabas.

¿Hallaste allí la paz? es mi pregunta.
Mas yo no debo preguntarte nada.
Tú no querías la paz sino la dura
tierra para sembrar, el aire para
vencer con árboles, cosas difíciles.

Viejo campesino. Padre mío,
en palabra y en acto igual que el hierro:
tan de una vez, tan para siempre:
viejo de a caballo, viejo macho.

Pablo eras no más y Pablo somos.
Padre, qué poco Antonio te llamabas.

Silva
A Camilo de Brigard Silva

Como irse a la habitación más oscura de la casa
y allí desterrarse y ser orgullo hasta la humildad;
como las noches en placer extranjero, sin idiomas,
buscando con ojos voraces la mujer más sencilla,
entonces la más cruel porque se haya visto deseada;
como hundirse hasta la conciencia y encontrar que las culpas
son más densas que el alma y obligarse a la resignación;
igual que preguntar por un amigo
y saber que desapareció desde la infancia:
así fue Silva rechazado peor que los insectos.

Lo imagino con la rabia como un hacha entre los dientes
queriendo abrirse paso entre la vida, de tan densa,
tratando de inculcar en la sociedad que acompañaba
el obrar noblemente y el buen gusto; pero ellos, hijos
de las masturbaciones y de la vanagloria,
sólo sabían de las sílabas a golpes de dedo
e ignoraban la armonía y el mundo de las palabras.

Su juventud fue el conocimiento de la poesía
o el hallazgo de la soledad. La risa de Verlaine
también fue mueca en Silva, y por su rostro,
tenso como el salto de un tigre, cruzó la sonrisa
cuando la piel se le fue llenando de palomas.
Porque triste es querer aquello que es mortal; más le vale
al hombre aceptar su fracaso desde los abuelos
o esperar con el calor sofocante y brutal y sin
el menor soplo de aire, y sentir que un ave inmensa
pugna desde el centro de la tierra por salir,
y que la carne se agrieta como Cúcuta después
de los temblores y ver que todo es claridad o sombra
y que todo se traspasa como las manos al fuego.

Hasta la misma poesía a Silva le fue adversa.
A veces uno piensa que su sepulcro eran sus huesos,
arbitrariamente erguidos como ley en su estatura.
Pero a Silva el cuerpo le quedaba estrecho
como un muerto con ataúd pequeño,
como esos muertos que van creciendo en los velorios
y hacen crepitar la madera.

La gana de no vivir, el desconsuelo, el paso
de la dificultad a un nuevo abatimiento,
el desvivirse y creer, la enfermedad del siglo,
el doctor y sus dogmas como látigos,
la inconformidad
y también el no creer.
Como flecha que crece en el árbol hasta estar madura
para el arco, como árboles que por tanto contemplarse
desbordarán el río: la muerte que nació contigo,
y la vida, ese otro nombre de la muerte, te llenaron
hasta inundarte, hasta saber que en ti no había sino naufragio:
que tu olfato combatía con el gusto,
tu ojo contra los objetos,
las manos contra sí mismas y enemigas del tacto,
el silencio contra tu oído,
tus sueños contra la memoria,
que tu pie derecho no era aliado de tu pie izquierdo,
que cada músculo era un desafío contra tus huesos,
que el olvido no llegaba,
y que el futuro, la perpetua contienda, estaba lleno
de vencimientos, y el asco...

Ahora conoces los cambios de la naturaleza.
Pero, ¿cuántas veces renaciste en las flores silvestres?
¿Qué casco de potro la sal de tu sangre endureció?
¿Relinchó acaso cuando supo que coceaba a un muerto?

Ahora, dentro de la tierra, ¿trabajas en algún metal
que estallará como conjuro para los días
de la solemne restitución de los vivos?

Humillado por la misma poesía que no supo defenderte
tu presencia está en las palabras que se fugan,
en la noche que llega sin saber detenerse.

No se llore la muerte porque la muerte es una compañía,
ni la vida, sino las que de nosotros nacerán,
Y a los hombres que vinieren y a nosotros, Dios nos guarde,
ahora, y en la hora, de nuestro nacimiento, amén.


Meditación con ruinas

Las columnas segadas como el trigo,
escasas como la derrota, solas,
menguadas por la furia de lo que
ya no es, sin los dioses que inventaron
la ruina del odio,
muertos por sí mismos y en sus deseos.

Eficaz la sombra les deparó el cansancio.
Declarado fue el castigo, inapelable:
si de pies, oprobiosas
y en el yacer también vilipendiadas.

Pero están. Y no se sabe cómo.
Cuando las firmes cabezas mantenían
la fragua de las nubes donde se leía el destino,
el orgullo de su desnudez era comparable
al vigilante dominio de las victorias.

Si el viento entonces se poblaba de águilas,
ahora todo es huida hacia lo hondo,
la retirada de Aníbal hasta el tiempo pretérito,
donde las almas son como sus elefantes blancos.

No se sabe si lloran por sus miserables vidas.
Cuando se las ve desde otro continente,
la misma fortaleza de sus recuerdos
pega en los ojos. Y cuando uno llega
y subiendo por cualquier calle romana
las descubre una noche con el artificio del hombre,
entonces uno reflexiona y piensa en la luz,
aquella que en un tiempo fue cumplida:
y que ahora paga su condena:
"La luz camina ciega:
su verdadero reino está en las sombras".

Cuando en una ciudad abolida
uno se inclina hasta los labios de la amada
tendidos y entreabiertos
como la vibración de un arco.

Cuando se sabe que la ciudad pereció,
que las columnas surgen igual que jueces falsos,
se conoce que la libertad de estar de pies
por ellas mismas era limitada.

Hace tanto silencio que las columnas no son.
En ese silencio a gritos como el del hombre,
como el de los amantes entregados que no logran
más que soledad uno con otro.

Y las columnas se yerguen para verse
con el tajo del tiempo entre los pastos altos.
Ovidio con su flauta rota. Y el silencio.


An Der Gewesenheit

"Así era". "Aquí fue". "Allí estaba".
"Si caminamos a la izquierda..."
"...más allá..." Y la noche en Berlín estaba alerta
en sus ojos. De su largo pelo rubio,
puro, caía nuevo el pasado.
Nada había sino el tremendo muñón
de las ruinas. Pero ahí,
a través del presente bajaban a su boca
viejas palabras. "En aquella ventana que no existe
la luz daba como si fuese a un lago".

El Spree comienza lento, casi sin moverse
arroja a sus orillas una ciudad;
un hombre llegó, lanzó el arpón
y a su lado, junto al montón de pescado
vino el comercio. Después se hizo el puente
y tuvo el río sombra distinta a la del bosque.

En el pasado hay un futuro muerto;
de ahí que para esto haya otro nombre:
el sueño. Y se comienza por volver la vista,
como si comiendo el pan
siguiéramos el curso de la harina.

"Aquí esto era distinto". Y yo sabía
por el calor de su mano que aquello había sido
distinto. "No lo conocí". Y yo sabía
que ella misma era más que sus palabras.
El asfalto ahuecado. El triste silencio
de sus palabras, sólo comparable al tambor
de las estrellas en la noche.

En el Ostberlin hay una casa
sin cara en la Eberwälderstrasse.
La metralla deshizo sus facciones,
pero amorosamente sobre la
tragedia, los materos florecen
con flores migratorias que las manos
de cuidadosas mujeres cultivan.

Es acaso no más que la remota
esperanza, el rumor de los colores
o el candor entregado de antiguos amantes guerreros
poseyéndose bajo las bombas.

"Es el tiempo", dijo, y su voz era como
una fotografía vieja, como
la sombra de ella misma en la infancia.
"Si lanzas una piedra hubiese dado
exactamente en la ventana..."
Allí pasó una vez otoño de largo.

Pero el tiempo en Berlín cae igual
que una piedra sin esperanza
en la soledad. En sus manos la caricia
era como leño para un náufrago
y el amor que por su piel corría
cayó conmigo al lecho desatando
las perdidas visiones, los recuerdos que no tuvo,
el pavor buscando compañía.


La vida cotidiana

Hoy comienzo el día de ayer
con palabras y con deseos;
ya los zapatos tienen polvo
de mañana: sin excepción
los actos se me vuelven huellas.

Vemos al ciervo y hasta a veces
llega a beber en nuestras manos,
pero la sed se le hace vieja
como un abuelo entre los labios.

Somos del hoy, mas lo que hacemos
pertenece al pasado, somos
la fuente que se queda: el agua,
quiero decir la vida, pasa.

A mi oído llegan las voces
que mañana diré, mañana:
la suerte mía de callar
con la palabra de otro día.

Si se lanzara el sueño al aire
como unos brazos, si una red
-del ayer a lo que seremos-
nos circundara. Pero todo,
todo lo que hago es ya pasado.

Ahora yo que soy recuerdo
que miro adentro y huelo a solo,
y muy vagamente distingo
al abuelo que está en mi rostro.


Cae tu palabra en la soledad como ramo de olivo
en la paz. Yo no sabía
que tu voz llegara con estrellas.
Eres mi grito de combate
contra la muerte.
Ahora un árbol crece donde el olvido
cierra los ojos.
Tú.


Meditación de otoño

Se podría comenzar a describir un potro hablando del fuego
del corazón del hombre. Esto vale la primavera.
Pero es otoño y en otoño
el pecho humano se ahonda y se debate
como los árboles ante el invierno,
como los ríos en los deshielos.
Mejor recordar la luz que se entregaba en Ostia.
¡Pero nó! Es necesario recolectar las horas
para leer el tiempo en el libro de otoño.

Como ladrón vino el otoño
hasta el verano y le robó:
en vez de flores trajo viento,
otoño todo lo robó.

Ahora se han perdido los caminos
del bosque. El cazador furtivo
se parece mucho a la muerte avara
y han pasado días desde que el hacha
enmohece en el hombro del vagabundo leñador.
En verdad, esta época es extraña, y mejor
pensar en el rubio león que por el cielo
comenzó a descender en la playa de Ostia.
Pero nó. Aquellas eran sombras extranjeras
y el primer tajo del otoño ciego.

Y no es la luz la que se marcha,
tampoco fuego quien se va:
es sólo tiempo el que se queda
con sus ojos de más allá.

El primer tajo de otoño dió en los frutos
y el vino, primariamente alegre, embriagó las estaciones
hasta que los ríos no pudieron contener la locura de sus
riberas.

Fue entonces cuando el murmullo de insatisfacción
de los muertos mal juzgados (los deseos valen como los actos)
se estremecieron en las raíces de todo, hasta
que al caballo de Otoño, hizo la entrada, coronado de hojas.
El mar en Ostia se dejaba acariciar su melena
y las horas gratísimas transcurrían, rapidísimas,
como las mismas olas.

Del árbol de otoño cayó
el invierno igual que una hoja:
la nieve fue la postrer hoja
que el viejo otoño robó.

El fuego en el otoño tiene los ojos claros
y sus largas barbas rojas en verano,
ahora imperceptibles por la luz, abrasan con más fuerza.
De ahí que el potro no pueda compararse en el otoño
con el fuego del corazón del hombre.
Dejemos a la primavera con su bella mentira.
Y sin embargo era hermoso vivir en la playa de Ostia.


La vida en vano

Siempre fue igual el amor a caminar despacio bajo la lluvia,
a saber el deseo, donde se dura, presa en otro cuerpo,
a volver los ojos al hombro y ver el horizonte.
Pero la libertad concluye cuando deja de entregarse.
Y si el amor ya no acompaña, ¿a dónde ir?

Mas el amor varía como las estaciones.
Algo suena en el río amenazando sombra:
se contaba en la infancia que las piedras
estallan cuando vienen las crecientes
y siniestras criaturas se liberan
que van corriente abajo destruyendo.
De nada tienen piedad hasta que vuelven
a meterse en las rocas. Así el amor.

Sucede, en los amantes, que siempre hay uno que ama más,
y él dirige, activa, muere y muere, se ahonda o sube,
mientras el otro en la serena sombra se desliza
donde el día puede dormirse y estremecerse en sueños.
Pero la amada entonces recibe del amante
el amor, como una corona en la frente.

Siempre fue el amor como el comienzo de otoño,
el profundo labrarse del hombre como piedra en el agua,
como cuchilla en la piedra, el ir preparando día
tras día, sin saberlo, el hallazgo de un sueño:
entonces yo
puse cuerdas al sueño y sonó como un arpa.

El amante siente que algo sucede entre su pecho
porque la amada lo ama más. Y poco a poco
lo supera: él, definitivamente perdido.

Donde parece que no cuenta el tiempo, en las prisiones,
se ven salir después de la condena
jóvenes rostros que al sentir la libertad se vuelven viejos.

Así el amor. Como en Alemania de post-guerra,
cuando después el trabajo se reúne la familia
en el antiguo símbolo de la mesa, y todos van llegando
con la edad: el joven y su esposa con la
llama azul de sus ojos y con el hermoso hijo de la mano;
el abuelo, magro y severo, todavía como el sabor de la cerveza,
y la madre, más severa aún: entonces, al juntarse en los manteles,
todos envejecen, mientras
por la frente del niño cruzan las arrugas del
bisabuelo del retrato. Porque en ese instante piensan
que no existe el futuro sino las sillas vacías en la mesa.
Así el amor.

Siempre fue el amor igual a poblar una doncella,
a verla convertida en siembra porque todos
los días busca nuevo nombre, y así, llena de nombres
hasta la concepción.

Allí cayó el amor, se dice, y uno lleva
los huesos ardiendo, al rojo vivo.

Todo se siente en la oscuridad: el arco tenso,
ceniza el corazón, por suelo el pecho,
el otoño con su máscara de frutos, el cielo de mañana,
el apetito de volver aunque no sea sino los ojos.

Allí cayó el amor, se dice, y se dice
que Tereo comió la carne de sus hijos
y respiró hueco, su cuerpo hueco a la merced del viento,
mientras la golondrina y el ruiseñor iban cantando.
Siempre fue el amor igual a salir todas las noches
a buscar una estrella entre el ancho cielo.
Y no encontrarla en un mal signo, porque todo
está marcado como las cifras en la piel de las bestias.

Y se continúa buscando y esperando. Digo a propósito
que en el Barrio Chino de Salamanca, rodeado de conventos,
llevaba Luisa, ya octogenaria, flores de papel
en la cabeza.

Viene luego la asignación de los días vacuos,
de los días mercenarios que se quisieran alquilar,
casi sin fecha,
tal vez para llenarlo como un cántaro.
entonces viene la pregunta: ¿A dónde ir?

Estado de perfección

I
Como volver de un viaje.
Como cerrar los ojos y llegar de nuevo a casa
después de mucho tiempo, y saber que cada paso
se asienta sobre huellas recorridas;
igual que tender los brazos como ciego
para sentir desde las yemas de los dedos
la proximidad de la infancia,
y tener la certeza de que terciando hacia la izquierda
nos hallaremos en el jardín con el aljibe en medio
y descubrir que todo sigue igual,
fiel, como elefante que recuerda;
y no desconectarse cuando algo ha cambiado
o ya no existe:
así la fui yo reconociendo.
Sí, igual que regresar a nuestra casa de provincia.
Venía de esperar, de lejanía.
Algo en viaje se me había perdido:
la pobre vida audaz y la aventura,
mas llegué y reconocí la voz, el timbre exacto,
aquella certidumbre de habitar el pecho de un ángel.
Después apareció la noche y Roma fue surgiendo como una
hoja.
Cuando el Foro apareció, vi los huesos rotos
de su grandeza como escritura
de jueces menospreciados. Más allá
el Templo dió un salto en las columnas
para caer más noblemente.
En verdad había regresado hasta mi casa
pero estaba en una ciudad maravillosamente reconocida.
II
En Pompeya hay dos lugares: uno,
el que dominan los dioses, y otro
que está lleno de silencio.
En Pompeya, por las calles muertas, va un silencio
donde se escucha pasar la creciente de algún río
también desaparecido.
El deseo de mi hambre como brazos que se apresuran,
la moribunda primavera bajo el ancho sol
que parecía una columna: en lo alto, la mañana;
la palabra pugnando por salir, como espiga que se curva
y la saliva, semejante a la roca, impidiéndole el paso.
En el amor algo había que se quejaba.
Los labios al unirse eran distintos:
detrás de ellos, una muralla. El viento
después de sus cabellos iba hasta las ruinas
donde Juno defendió los lechos.
En nuestro amor algo había que se quejaba
y era la soledad de estar muy juntos.
En Pompeya, en el sitio del silencio
hay escrita una lenta abeja: a su lado un mirto la alimenta.
Antes alguien levantó la mano invocando los sueños
y era que sabía el poder de los amantes
que los puede matar lo más efímero,
a semejanza de esa abeja que en la sombra cae piedra adentro.
Cómo en amor se junta la muerte con las estaciones.

La estación perenne

Tu cuerpo desnudo brilla bajo los relámpagos
como antes bajo mis manos.
Todas las estaciones están en tu cuerpo.
La primavera comienza su esplendor en tu abrazo
y concluye en tu boca entreabierta, exultante.
Todos los ríos del mundo están en tu cuerpo,
confluyen en ti en el momento
en que el animal más bello del bosque
-el ciervo, por ejemplo-
bebe de ti y se contempla.
Tu piel es el límite del fuego
donde se refugia el ardor del verano.
Rojas llamas te inundan.
Se mezclan los elementos y tu cuerpo se curva,
hay más aire en tu boca y mi cuerpo sediento
busca en ti salida, la libertad, los deseos.
Se anudan en ti los olivos del mundo
y ardes como una lámpara.
Somos un cuerpo solo luchando contra la muerte.
El otoño se riega en tu cuerpo como vino rojo en la mesa.
Tus muslos descansan en el borde del mundo.

Vuela una paloma de tu pecho a mis manos.
Después miramos los dos, de alegría cansados,
como a chimenea en invierno, el fuego pasado
y tu piel que brilla bajo los relámpagos.

La muerte

Cada hombre lleva dentro una muerte madura.
A veces pequeña y se la puede pintar
de verde.

En otros tiene el mismo
tamaño del cuerpo y cruje en cada paso como si andara
en muletas.

Pero hay alguien a quien le huele la muerte
a distancia, como la miel
de los trapiches en el tiempo de molienda:
le llena los actos, los sentidos, el amor, la gloria,
el odio o la impotencia.

La muerte es la casa donde vive
y se la ve de lejos, se divisa del camino,
se la escucha con rumor de manto en la sonrisa
o de mortaja en la palabra exultante.
Lo único que se tiene es el pasado.

A veces años, otras veces ratos, acaso minutos.
Un instante puede ser todo el pasado.

Y está delante del hombre. A él tiende los brazos,
hacia él se precipita. Lo que se busca,
en realidad, no es el futuro sino el encuentro.

Y el hallazgo no es más que devolverse
a lo soñado, igual que la palabra
se busca para hallarla en los objetos
o el recuerdo en las guardas de un libro
abierto como la vida.

El acto y la palabra que lo nombra

Por testimonio el tiempo dejó un hombre
fuerte, cabal, capaz en su materia
de actos. Subió con él, le dio sentido
al movimiento de su vida y de
sus manos, y miró desde sí mismo
el contorno de sus propios trabajos
perdidos.

Acudió a los días solo.
Por testigo nada más que el firme paso
dado al azar, con voluntad de no
recuperarlo; elaboró su condición
de frente altiva y no dejó
que lo tentara el ángel, a pesar
de que una vez pensó, serenamente
en darle a la existencia el nombre puro
del orgullo.

La luz se le entregó
Entonces adquirió la certidumbre
de que la libertad es la medida
de la limitación del hombre:
así

toda moneda que se lanza al aire
es libre sólo cuando está en el aire.
La luz miró la luz y quedó ciega.
Reflexionó sobre su propio saco
de piel; el tiempo y otra vez el tiempo.

Los turbios ojos del puente, erigidos
en honor del camino, y los caminos
siempre viejos enemigos del agua.

De la manera como el árbol es
la medida del tiempo y de los vientos
en la selva, la vida llena el sueño
de hermosos menesteres, los terribles

y decisivos pasos que no tienen
regreso. Sí, fue entonces, sí, entonces
cuando volvió los ojos y se vió
testimonio del tiempo y su destino.