| ESTORAQUES
COMO ARBOLES DE PIEDRA Por Marco Tulio Rodríguez (Tomado de su obra: "Los municipios olvidados" *) El documento hace parte de las crónicas publicadas por el autor en "El Espectador", en una campaña sobre municipios olvidados de Colombia, hace 45 años. | ||
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| En
ningún otro sitio del país habíamos visto, como en este municipio
nortesantandereano de La Playa, el paisaje que ofrecen los estoraques. No lo habíamos
encontrado a lo largo de las 16 investigaciones anteriores de la campaña
municipios olvidados, a través de las cuales hemos tenido al alcance los
paisajes del mar, de la selva, del llano, de las montañas, de los ríos,
de la sabana, de la tierra desértica de la Guajira, de islas, golfos, bahías
y cabos de nuestros dos océanos. El
paisaje de los estoraques es único. Rodean el pintoresco pueblecito olvidado
que escogimos en el Norte de Santander. Lo estrechan. Lo encajonan. Su iglesia
blanca, sus casitas limpias, sus empedradas calles donde el tiempo pasa silencioso,
lento, sin afán ninguno; se acomodan en una superficie alargada y profunda.
Metida en el lecho de un antiguo río. Los
estoraques se levantan de lado y lado. Son formaciones geológicas que han
tomado con el transcurso de los siglos las más caprichosas formas, los
más sorprendentes colores. Se
llega al pueblecito por entre ellos. Recibimos la impresión de estar penetrando
a las ruinas de una antigua ciudad de la Edad Media. Nos parecía oír
el ruido de corazas guerreras o de trompetas feudales. Presentimos la salida intempestiva
de cortejos reales, emergiendo de los castillos naturales que nos circundaban. Los
estoraques tienen que ser resultado de la erosión. Lo son sin duda. Pero
no de una erosión reciente. De una erosión de milenios. El tiempo,
el aire y el agua han tenido que trabajar mucho para formarlos. Conocemos las
zonas erosionadas de los dos Santanderes, las de los alrededores de San Gil, las
de Bucaramanga. También las del sur del Huila, las de Tunjuelito en las
cercanías de Bogotá. Ninguna de todas estas tiene las características
de los estoraques. Son únicos. Son especiales. Allí, a dos horas
de Ocaña, permanecen ignorados. Su belleza natural está virgen.
Rústica. Nadie se ha atrevido a profanarla. Cubren una extensión
de unos cinco kilómetros en el municipio de nuestra investigación.
Los habitantes del lugar los vienen mirando y admirando desde las generaciones
primitivas. Pero no los tocan. No por temor, sino por respeto y aprecio. Hay altísimas
columnas delgadas que parecen penetrar en las nubes. Da la impresión de
que están a punto de derrumbarse, de que van a caer sobre la Playa. La
Playa es el municipio de nuestra historia en esta oportunidad. Pero no se derrumban.
Los playeros saben muy bien que son columnas monolíticas, fuertes. Jamás
han constituido una amenaza. Por eso en su pequeño mundo, en La Playa,
se los tiene como murallas defensivas. Como vestigios de la vieja fortaleza de
un gran país de maravillas. La
variedad de sus formas es asombrosa. No son únicamente los castillos naturales
y las altísimas columnas majestuosas. Hay también figuras de catedrales.
Con multitud de torres, arcos jónicos y dóricos, ventanas torneadas
y grabados que parecen haber sido dibujados o esculpidos por los más famosos
artistas. Y
figuras de estatuas. Y mapas. Y bustos. Mujeres con niños en los brazos.
Las ruinas de Pompeya. Las catacumbas romanas. Enormes animales mitológicos.
Arboles corpulentos. Todo, en ese material particular que ni es tierra, ni es
piedra, ni es roca, sino una mezcla de todo esto. O una evolución y mezcla.
En fin, el producto de una transformación de la materia lograda por la
acción de fuerzas naturales externas. El nombre de La Playa parece más acorde con la topografía del lugar aunque en el municipio de La Playa no hay playa. Y no la hay porque no pasa por el poblado ningún río de importancia y el mar está muy lejos. En La Playa, quien lo creyera, se padece de sed. El
problema del agua es uno de los más graves. Se cree que se dio este nombre
al municipio por el terreno arenoso donde se levanta la zona urbana. En las calles
de La Playa, en su plaza, en su superficie reseca, se palpan los restos de un
antiguo cauce fluvial. Y
volvamos tan solo durante unos segundos sobre los estoraques para mencionar sus
colores. Las catedrales, los castillos y demás figuras tienen variadísimos
matices, desde el rosado vivo hasta los tenues grises, pasando por el amarillo,
el negro, el blanco, el habano, el verde y todos los que puedan existir. CEBOLLAS
ENTRE LOS ESTORAQUES Salimos
de los "estoraques", de que se hablara en el curso de esta investigación,
en el municipio nortesantandereano de La Playa. Después de haber contemplado
sus torres, descendido a sus socavones, pasado por entre los salones de los castillos
naturales y las naves de los templos gigantescos. Después de habernos alejado
de sus murallas bélicas, fortalezas del pasado; entramos a enteramos de
la otra característica esencial de La Playa, la actividad de sus habitantes
que es también muy particular y típica: el cultivo de la cebolla. La Playa
es el reino de la cebolla. Desde los niños hasta los ancianos se dedican
a cultivarla. Por entre los "estoraques" crecen los "prados"
de cebolla. Las verdes hojas redondeadas en forma tubular cubren la tierra que
ha dejado aprovechable la erosión. Son extensiones ilímites de ese
verde peculiar de la cebolla las que crecen a la intemperie. Porque la cebolla
necesita de sol y de aire. En la sombra se muere. Esta es la causa para que en
La Playa las sombras sean escasas. Hay que dejar que el sol caiga como ducha bienhechora
sobre los cutivos. Pero la cebolla también necesita de agua y he aquí el problema central de los playeros. En La Playa se carece de agua. Una esforzada lucha cotidiana libran para traer desde lejanos lugares, con múltiples dificultades, hilitos líquidos que distribuyen por entre los cebollales y mantienen detenidos en zanjas de pocos centímetros de profundidad, hasta que llega la hora del "ramillón". | ||
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| Así
refrescan la cebolla las niñas campesinas de La Playa, Santander del Norte,
otro rincón de próspera agricultura, perdido entre los estoraques.
(Fotografía y pie de foto, publicados en El Espectador, para ilustrar el
documento del periodista Marco Tulio Rodríguez.). Expresión de gratitud
para Alfredo Pérez Arévalo, quien investigó la existencia
de la obra del periodista en la Biblioteca Nacional de Bogotá. Aparecen:
Marlene Pérez Armesto (Nena) y Alcira Claro Carrascal. | ||
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Los
extraños lo ensayamos y terminamos empapados aparte de que causamos grandes
perjuicios a la cebolla. Y es además, el "ramillón" un
espectáculo. Playeros y playeras se curvan sobre sus surcos maniobrando
con una totuma amarrada en el extremo de un palo largo. La totuma saca el agua
de las zanjas que cruzan el cultivo, y mediante un rítmico movimiento de
manos del campesino, cae extendida sobre el "prado" como un amplio pañuelo
de cristal. Varias veces al día se ejecuta el "ramillón".
Durante el proceso de cultivo el agua debe caer suavemente sobre la cebolla. Ya
cuando está lista para cosechar entonces el "ramillón"
es fuerte. Cae sobre las hojas tubulares como un puño. Derriba el ramaje.
Allí se deja luego hasta que el sol lo tueste. Después con los dedos,
se remueve la tierra granulada del surco y sale en ellos la cebolla, el tallo
bulboso de la cebolla cabezona. Es esta clase la única que se cultiva.
Hermosa. Se produce como en muy pocos lugares del país y es la mejor de
la provincia de Ocaña. Tiene fama departamental y nacional. Parece como
si la tierra se hubiera especializado en producirla. Como
nunca antes, nos regocijamos con él. Continuamente se está produciendo
cebolla en La Playa. Por lo general la tierra da dos cosechas al año, pero
no tienen época determinada. Siempre hay "prados" y siempre cargamentos
para sacar a Ocaña. Los municipios olvidados, como es de esperarlo, no
llevan estadísticas de producción. Estos modernos sistemas de investigación
tan necesarios para planear sobre el porvenir, en las regiones ignoradas de la
patria no se conocen. Por eso el cálculo aproximado de la producción
de cebolla en La Playa está sujeto a las más grandes variaciones.
La afirmación más generalizada sostiene que anualmente salen de
La Playa no menos de 40,000 cargas de cebolla de diez arrobas cada una. Se van
en camiones para verderse en Ocaña y de ahí reexportarse a todo
el país, principalmente a los departamentos de la Costa Atlántica. Oscila
mucho el precio de la carga de cebolla. A veces entre ochenta y doscientos cincuenta
pesos. Los playeros se quejan de que en Ocaña se maneja el mercado con
perjuicio de los cultivadores. "Son los comerciantes de Ocaña los
que ganan. A los que nos 'untamos' las manos para cultivar la cebolla nos queda
muy poco". VOZ
DE LOS ESTORAQUES, VOZ DE LA CEBOLLA Cuando
en una noche alegre, esta sí "una noche playera" aunque no haya
playa en La Playa, noche romántica tal vez; nos alejamos del poblado para
volver a Ocaña, de donde al día siguiente regresaríamos a
nuestro punto de partida, Bogotá; nos parecía que los estoraques
y la cebolla hablaban. Creíamos escuchar la voz mineral de aquellos y la
voz vegetal de esta que nos encargaba de llevar un mensaje a Colombia. Era
el mensaje que los playeros nos habían confiado a lo largo de la investigación,
en las horas de esa agradable permanencia en La Playa. Un llamamiento a la nación
para que vuelva sus ojos a ese municipio olvidado. Los
estoraques deben ser conocidos por todos los colombianos. El turismo tiene allí
una fuente valiosa que no debe permanecer por más tiempo inexplotada. No
hay que decir más sobre ellos. Ya los hemos presentado al país,
poseídos todavía de la emoción que nos produjo su contemplación. | ||
| * Rodríguez,
Marco Tulio. Los municipios olvidados. Talleres de Intergráficas Ltda,
Bogotá 1982. * Foto: Cortesía del doctor Luis Mariano Claro | ||