FRANCISCO LABRANZA
Recpílación e ilustración: Álvaro Antonio Claro Claro

 

1953. El 31 de enero, nace en La Labranza (jusrisdicción de Abrego o La Playa de Belén), aldea campesina de la provincia de Ocaña (Norte de Santandaer).
1959. Sus abuelos se trasladan a Ocaña, donde el niño inicia su formación escolar.
1964. Su habilidad para el dibujo es reconocida por alumnos y profesores. El maestro Luis José Navarro, uno de los máximos representantes de la plástica ocañera, le regala un juego de témperas y de inmediato se inicia en el mágico mundo del color.
1965. Realiza sus primeras exposiciones en el Colegio José Eusebio Caro en la ciudad de Ocaña.
1966. Ingresa, becado, a la Escuela de Bellas Artes donde recibe clases de pintura, historia del arte y modelado, con los maestros, Leonidas Méndez y Ramírez G.
1968. Llega a Ocaña el maestro Darío Morales y permanece a su lado por espacio de un año y medio, recibiendo bajo su dirección clases de desnudo al natural.
1970. Expone en la Casa de la Cultura de Ocaña.
1972. Participa en una exposición colectiva en el Templo de San Francisco (donde se realizó la Gran Convención de Ocaña).
1974. Viaja a Bogotá, donde varios medios de comunicación exaltan su labor.

 
 1978. Los países bolivarianos conmemoran la Gran Convención de Ocaña, donde le otorgan el Premio por su obra pictórica y es invitado a exponer en las diferentes capitales de dichos países.
1980. Participa en la Exposición Colectiva de Pintores Nortesantandereanos, realizada en el Salón Florentino Vezga de la ciudad de Bogotá.
1982. Su obra se muestra con gran éxito en diferentes sitios de la ciudad de Maracaibo (Venezuela).
1984. Integra la Colectiva de Pintores Ocañeros, realizada en el Club Ocaña.
1987. Expone en Barranquilla, en el Club Colombo Italiano.
1990. Se dedica a la plumilla; ilustra el libro del poeta Jaime Cárdenas Moncada, en esta técnica.
1991. Combina la pintura con el arte de escribir.
1992. Expone en Bogotá, en el Club Colombo Libanés.
1993. Expone en colectiva, en la Cámara de Comercio de Cúcuta.
1995. Exposición en Caracas, Venezuela.
1997. Expone en la Galería Arte y Espacio, en Medellín.
1998. Expone en la Galería El Poblado, en Medellín.
2001. 27 de diciembre. Acabó con sus días, en una drámática decisión que conmovió a los círculos intelectuales de la Provincia de Ocaña.
 

PUBLICAN LIBRO SOBRE FRANCISCO LABRANZA (2013)

Prólogo al libro de Napoleón Vargas:

Labranza, el suicidio como arte

Benjamin Casadiego

Un 25 de diciembre, cerca a la Playa de Belén, supe de la muerte del pintor Jairo Rincón. Se había colgado de una cuerda el día anterior en casa de un amigo en Bogotá donde pasaba los días de navidad. En la mesa de noche encontraron un libro de Paulo Coelho, “Verónica Decide Morir” y sobre la cama había una carta para su esposa. La policía consideró que el nudo de la soga y todo el proceso de ahorcamiento tenían la perfección de una elaboración bien pensada. Una obra de arte, en términos forenses.

El árido y quemado paisaje que conduce hacia la Playa de Belén deja ver un letrero que dice “La Labranza”, uno voltea a mano derecha y luego de 15 minutos de caminata se encuentra con una antigua casa de hacienda cuya avenida de entrada está flanqueada de viejas y enormes ceibas. Cruzamos el imponente zaguán de dos pisos con balcón, llegamos al patio central embaldosado rodeado de mirtos y rosales. Por estas baldosas corrió el niño Jairo Rincón, piensa uno, esta tierra le entregó el color de sus cuadros, estos pilares de madera redondos sintieron sus manos, supieron de su quimera. Escuchamos voces de niños, una bicicleta, una casa de palomas tirada en el corredor y unos troncos viejos, arrumados. Cierto desgano, cierto abandono.

Ya adulto, Jairo Rincón se rebautizó como Labranza, para definirse como parte de un territorio más que de una familia. Le debía su arte a la geografía que habitó; la familia, sus orígenes eran un incordio que nunca supo llevar, ni en lo privado ni en lo público. Tal vez pintó para huir de ese sello genético, tal vez se suicidó para escapar de la pintura, una incursión corporal de la que sabía, íntimamente, era un fracaso. No pudo huir de su genética. Tampoco del tiempo. Mucho menos del destino.

Es brillante la tarde de ese 25 de diciembre, como suelen ser esas tardes, frías y con sol. Jairo Labranza tiene algunas horas de estar muerto y por esos senderos nosotros deambulamos o tal vez él deambula recogiendo sus pasos para emprender el viaje definitivo, ese proceso que los musulmanes llaman la cuarentena, tiempo en que el alma se prepara para partir definitivamente. No dejó nada, unos cuadros que descansan en salas de amigos y apartamentos anónimos, nada de retrospectivas, nada de estudios, nada de museos. Se llevó el doloroso recuerdo de sus hijas y de su esposa, esa familia en la que se refugió y se inventó.

Conocí a Jairo la mañana de un domingo ya lejano. Estaba en una cama de hospital, extendido y apenas cubierto por una sábana blanca que dejaba ver una gasa que le cruzaba el pecho. Aunque exhausto, estaba de muy buen humor, parecía un torero que acabara de hacer una faena extraordinaria y que, al momento de entrar a matar, el toro hubiera cabeceado para dejarle una caricia en el pecho que le rozó el corazón. Estaba tranquilo y feliz. Se había pegado un tiro en el corazón pero la bala había rozado y salido limpia sin intervenir huesos ni tejidos vitales. ¿Un milagro o un error de cálculo? Jairo parecía haber tomado el asunto con tranquilidad y casi festividad. Supuso que la vida le daría la revancha. Para vivir o para morir.

Años después de ese primer intento de suicidio me regala un óleo. No he vuelto a ver ese cuadro. Hay unos árboles largos y rugosos desprovistos de hojas, tal vez ceibas que flotan en un campo color mostaza. El paisaje es seco, sin inflexiones; la técnica es cruda, pero su torpeza nos conmueve: allí habita un mundo. Una semana después llega a mi casa, borracho amanecido y se lleva el cuadro sin explicarme nada, se lo lleva, simplemente. Me pareció justo que se lo llevara, aunque ya me estaba acostumbrando a su presencia. ¿En qué cantina habrá quedado ese cuadro? ¿Cuánto licor alcanzó a pagar con ese silencioso paisaje?

Participé como curador, junto con el pintor Napoleón Vargas, en la última exposición de Labranza en Ocaña. A la hora de la inauguración nos comenzamos a poner nerviosos, Jairo no aparecía por ningún lado. Lo encontré en una cantina cercana y me lo traje con un contundente “Vamos ya hombre, que se nos hace tarde”. De manera insólita me siguió. Sonreía nervioso, tímido, a pesar de su velada arrogancia que esa noche había escondido hábilmente. Vestía ropas claras, la camisa bordada y el pantalón de dril dejaban ver una impecable línea del planchado. Improvisó unas entrecortadas palabras de bienvenida y luego invitó al público a que admirara sus obras. No cantó a Serrat como solía hacerlo en tiempos pasados ni se salió de la ropa en improperios a fantasmas lejanos. Esa noche en la Casa de la Cultura de Ocaña se portó bien. La línea de la plancha no se desdibujó. Fue su última aparición en público: mostró 30 óleos, la mayoría de ellos se vendieron entre esa noche y los días siguientes.

Escribí el comentario de la exposición. No le perdoné allí su necesidad de hacer bulla en lugar de pintar. Esa ausencia de perdón puedo entenderla ahora, releyendo el periódico 10 años después, como una necesaria búsqueda de equilibrio entre lo que un artista es y lo que como espectadores esperamos sea, estando vivo. Muerto, la dimensión de nuestra mirada se aquieta en lo que definitivamente es: la puerta de lo que pudo ser se cierra, se aquieta el movimiento, es yanaturaleza muerta o, según la exacta expresión inglesa, Still Life. Escribí.

Los paisajes de Francisco Labranza invitan a pensarnos como habitantes de un territorio frágil. Si ocurre, además del placer, una forma de reflexión estética, estaríamos en el umbral de una inquietud profunda por la tierra, sabríamos que los mundos allí pintados son lugares perdidos casi a punto de desaparecer, por la degradación ecológica y por la violencia. El arte entendido así, podría servir entonces para enseñarnos a vivir, para ser individuos responsables con el futuro. Estamos reconociendo paisajes comunes y entrañables para nosotros. Lugares que ahora nos resultan difíciles de distinguir.

Su voz era cálida, cuando estaba tranquilo. Había en ella una esencia de sabiduría popular con la que uno se sentía a gusto, seguro, como en el lugar propio. Jairo Labranza tenía un humor campesino cargado de dichos, de pullas y algunas veces de estocadas, cuando se emborrachaba y se salía de la calle y de la ropa. Ese humor no aparece en sus obras, está la tristeza que parece ser un eslogan dentro de su arte, pero no está la historia local allí. En esos paisajes no estaba la gente que lo había formado, estaba la representación de su mirada. ¿Habitaba allí, en esa desolación, el misterio de la región transformada en arte?

Creció en una región elemental. La escuela de Bellas Artes lo admitió con sus paisajes interiores y su ilusión de pintor desde la infancia. Allí todavía estaban esos maestros de primera línea: Darío Morales y Leonidas Méndez que intentaron guiarlo en los rudimentos del arte a pesar de su terquedad de pintor genial que creía saberlo todo. Asfixiado, no aguantó allí mucho tiempo. Pudo más el tumulto de la bohemia artística que no tenía día ni noche. Algo pasó o pasó lo que tenía que pasar. Bellas Artes se fue vaciando de esos grandes maestros a medida que el proyecto artístico sucumbía ante el provincianismo. Quedó la tautológica celebración ligera del chiste, la anécdota y el lugar común. Si alguna vez hubo un debate serio del arte, éste sucumbió ante la inmediatez de lo cotidiano. Jairo viene a ser ese catalizador que nos muestra una historia del arte local, una aventura sin búsquedas, un viaje sin gran aliento.

El cielo que se inventó Jairo es más pesado y obscuro del que vemos cuando estamos en su territorio mítico. Un viento frío soplaba esa tarde, un viento cargado de tierra y sol. Camino por el paisaje de Jairo Labranza como se camina por los lienzos de los pintores ermitaños chinos del siglo XVII. Camino por su memoria que ya comienza a recogerse sobre sí misma, reseca y fría, a pesar del cielo sin nubes. Un día de Año Nuevo nos encontramos para compartir un asado. Allí le tomé una foto, fue la única que le tomé en toda su vida. Un rostro seco y despierto me mira, la suave luz de sus ojos claros ilumina una hermosa sonrisa tímida que es al fin lo que nosotros retenemos de él, como espectadores suyos, no mirados por él: una íntima sonrisa congelada en el instante.

Una sonrisa escondida, apenas asomada.

Mis pasos dejan un rabo de polvo en ese camino que recorro, una fugacidad de tierra seca, la consistencia de la memoria. Quince años después de ese primer intento por regalarme un cuadro entra a mi casa y dice mirando las paredes: Aquí hace falta un Labranza.

Publicado por La Red Departamental de Bibliotecas del Cesar en 14:07


Creo en la luz, en el sol, en la estrella, en la espiga de trigo; en la flor amarilla, y en el pájaro blanco que ilumina mi espacio. Creo en los puertos lejanos, en los pueblos de cal, en los caminos viejos, en los campos.

Creo en la verdad y en la belleza, creo en el arte. Porque como un relámpago, iluminó temprano el alma de un niño campesino. Que pinta, que canta y escribe poesía.

Creo en su regreso, en su segunda venida. Y en efecto llegó; delgado, solitario y silencioso a su amada Labranza. Y es en esta tierra, donde se concibe, se gesta y se da luz esta obra que tenemos hoy frente a nosotros.

No son paisajes, no son pinturas, no son figuras. Son ventanas abiertas a la vida. Que invitan a asomarnos a un mundo de luces interiores. Él está aquí, con su frente coronada de luceros y su palabra florecida de versos.

Él no vino a quedarse es un ave de paso. Pintor, tú tomarás el camino del mar con tres amores, tres mujeres almas compañeras. A esperar el otoño, a contemplar la tarde.

Y estoy convencido que dirás como el más grande de todo: Yo estuve entre los míos, pero los míos no me conocieron.
NIRVANA
Estoraques (Labranza)
Estoraques - Casita (Labranza) Noviembre 2001

DIMENSIONES

¿Es cierto que los artistas tienen un ritmo de vibración interior, más intenso que las demás personas?

Sin duda alguna; cuando un hombre y un hombre es el que mide verticalmente. No aquellos bípedos que se arrastran por la vida, convencidos que pueden hallar la felicidad, a través de su desmedida ambición.

Un verdadero artista, es inspiracional. Su ritmo vibratorio y su medida es superior a los demás humanos.

Ello hace que algunas veces tenga un carácter inestable y difícil para la convivencia normal. Como consecuencia de su elevado talento, no se le puede encasillar en partidos políticos, sectas religiosas o en agrupaciones de cualquier tipo.

La sociología los define como seres inestables, asociales, piezas sueltas de la gran maquinaria. La sicología los clasifica como neuróticos, sicóticos, seres conflictivos, con demasiados traumas.

La religión los condena por herejes y ateos; por sus prácticas de magia y astrología, que atentan contra las creencias y la buena fe de sus fieles.

Los políticos deshonestos los detestan, porque saben que ellos son los verdaderos fiscales; la voz denunciante de sus mentiras y de su desmedida corrupción

Estoraques (Labranza)
 
San Agustín Colonial (Labranza)
Botica de los Pobres - Noviembre 2001 (Labranza)
(Labranza)

¡Artistas!

Hombres extraños, dignos de sus oficios, auténticos, seguros y convencidos de sí mismos. Ellos están por encima de la crítica ruin de los envidiosos; y del elogio hipócrita de los aduladores.

En diferentes épocas, en forma despectiva se les ha denominado con diferentes nombres como: brujos, magos, estoicos, paganos, herejes, románticos, ateos, soñadores y locos.

Es gratificante hacer parte de esta cadena, que se llama arte y estar convencido que para llegar a ver los resplandores de la luz del alma; es urgente atravesar las sombras. La sombra es el mundo. El mundo es un cazador. Un juez corrupto. Un verdugo.

La sociedad, con su doble moral, es una bailarina lujuriosa; la sensual Salomé, pidiendo la cabeza del Creador. El verdugo decapita al artista y exhibe su cabeza en bandeja de plata; ante los gobernantes, ante los gobernados, trofeo de los tiranos y el premio de los homicidas.

Cuando cae a la tierra la cabeza ensangrentada de un artista; de un real solitario, se prenden las hogueras de los sueños.

El pensador no es de ayer ni de mañana.
Él es una oración.
Un salmo de alegría, que se eleva a los cielos,
sembrando resplandores.

Es un niño dorado y transparente, viajando con la luz, para ser coronado de olivo y de laurel, por el sol inocente de la primera aurora.

Si el mundo ha destruido el nido de las águilas; no hay razón para creer que conozca sus vuelos; y que pueda mirar de frente al sol, sin el riesgo de perder la visión.

Pero, ¿cómo puede perder la visión aquel que siempre ha sido ciego?


Reproducción de negativos utilizados en la elaboración de catálogos de la obra de Labranza












  
  
  
  
  
  


En los últimos años, Labranza trabajaba concentrado en su taller de pintura hasta acumular un numero importante de lienzos terminados y, entre noviembre y diciembre de cada año, viajaba a Bogotá, Cali o Medellín a vender sus obras. Con alguna frecuencia se quejaba de la falta de espacios para la promoción del arte en Norte de Santander. "Este es un pueblo muy cerrero en temas culturales, se preocupan únicamente de cómo hacer dinero", decía con mordacidad. Se le dañaba el día cuando le ofrecían sumas inferiores a las asignadas a sus lienzos.

Antes de iniciar sus giras elaborábamos un catálogo con fotografias de sus lienzos, de los cuales conservo algunos, lamentablemente, después de su muerte la Cámara de Comercio de Ocaña me solicitó los negativos para presentar una muestra de la obra de Labranza y no me los han devuelto.

En estos días encontré un sobre olvidado con algunos negativos de esos catálogos, que me permiten mostrar ahora parte de la obra pictórica de Francisco Labranza. La reproducción aparece con algunos defectos por la acción del tiempo y la manipulación.

Cúcuta, 18 de febrero de 2013

Álvaro Claro Claro



POEMAS - CONTENIDO
FÉNIX
AMINTA
ESTACIONES
GIRASOL
NIRVANA
CAMINANTE
DIMENSIONES
LOS ARROYOS NUNCA MUEREN
TRECE
SELENE
MUJER
¿QUÉ NOS QUEDA?
SOY
POEMA
ALFARERO
HOGUERA
RETRATO
EQUIDAD
LUZ
GUITARRA
USTEDES
ETERNIDAD
TAO
COMO UN SABIO
PODER
VIENE LA PRIMAVERA
APRESÚRATE
DEJADME SOÑAR
ANTONIO
LOS POETAS
SON MIS LÁGRIMAS
ME BASTA
AMANTES
RISA
PINTURA
LABRANZA

Dedico mis versos a mi esposa y a mis hijas:

Amanda: tienes el poderde transformar carbones en diamantes.
Labranza: camino por campos nuevos, con los pies sobre la tierra.
Nirvana: liberación total un pájaro blanco vuela en un cielo de pureza un cielo que está dentro de míarriba del pensamiento.



PINTORES
Labranza

"Los pintores somos como los niños,
se nos va la vida detrás de un arco iris"

Pintores benditos seais
que vuestros ojos resplandezcan
en vuestras cabezas
como dos planetas
donde palpita la vida.

Seguid pintando en el mar
al perro que quiere morder
la risa de la luna
seguid pintando en los bosques
los colores del silencio.

No se si soy uno entre vosotros
o vosotros uno dentro de mi,
pero en verdad os digo
que he visto en vuestras miradas
el camino de las estrellas,
el perfecto peregrinaje de la luz.

A UNA LUNA LLENA DEL MES DE FEBRERO
Labranza

Boca de plata
en la noche el cielo
rostro de azules eléctricos
puntos de oro brillando.

En la noche es que te quiero
en la más alta montaña
quise tratar de besarte
y vi como te alejabas por los montes
por los valles.

Iluminado caminos
y cantando con los ríos.
Mis ojos son dos estrellas
de verde primavera
que te siguen por los cielos
por montañas y laderas.

Antes que te bese el mar
yo te besaré primero
será un beso sin deseo
sin pasión sin juramento.

Será un beso natural
humilde como un verso
en el alba nos besamos
y nos fuimos diluyendo
y así desaparecimos
los tres cantando un te quiero

JUGANDO AL INFINITO
Labranza


Para todos los niños del mundo,
en especial a Juan Cristóbal

El niño...
escondió el mar
en un bolsillo.
Con él regó la tierra
y amasando su arcilla,
hizo de ella un cono.

Con crema de las nubes
lo rellenó hasta el fondo.
El genio de los gustos
guió al niño a saborear la crema
de mieles celestiales.

Con sus manitas...
aún llenas de miel
en la arena le dio
por construir un castillito.

Las playas de la tierra no alcanzaron...
apresurado remontó al Arabia
y se trajo el Sahara en una mano.

Todos los ríos del mundo...
como hilos
los envolvió en un dedo;
con la aguja del tiempo
remendó el roto
que la ausencia del mar
dejó en la tierra.

Con la luna...
monedita muy blanca
le compró al universo los planetas.

Se pasó largo tiempo
golpeando estas bolitas
con sus pequeñas uñas
las cuales las lanzaba
por el inmenso orificio
del espacio.

El resto de la noche
la terminó
bañándose en el Nilo.

Para evitarle
un disgusto a la madre,
por llegar a su casa
con los cabellos húmedos,
tomó como sombrero
el sol de la mañana.

Entró por la puerta
contraria de la casa.

La madre lo esperaba
desde hace siglos
lo tomó por un brazo
y allí empezó el sermón.

Tu padre es ceramista,
a ti te pertenece
cargar el agua y amasar la arcilla.

Yo no soy un ser sagrado,
las cosas no me llegan por encanto.
Lo único que sé hacer son conos
concremas de colores,
que tú debes vender al mediodía
en la plaza mayor.

¿Ni si quiera trajiste la arena para el filtro
no te alcanzó la playa?

Mira... aún tengo envuelto el hilo
en este dedo y la aguja apuntada al cuello
de mi vestido; para remendar
tus pantalones rotos.

La abuela se quedó esperándote,
para enseñarte a contar las estrellas;
y reconocer las fases de la luna.

El abuelo estaba decidido a que aprendieras
el nombre de los planetas.
Yo no quiero enseñarte nada
niño vagabundo
causante de mis dolores de cabeza.
Lo único que quiero es darte una juetera
con un látigo más largo que el Nilo.

El Niño miró a la madre y dijo:
¡No me culpes mamá!
porque me olvidé del tiempo
jugando al infinito.

FÉNIX

Toda la luz del sol contenida en mis sueños.
Toda la eternidad contenida en mi muerte.
Toda el agua del mar contenida en mis lágrimas.
Soy como el Fénix, muriendo y renaciendo
a cada instante; realizando mi vuelo.

AMINTA

Mi madre: inmortal y buena

Soy un cristal de cuarzo
tallado por los siglos;
cada borde una pena,
cada lado un silencio.

Soy un ojo en la roca
que se labra así misma,
a través de la lágrima.

Me desprendí del cielo
una noche de enero

¿ Meteorito o estrella ?
¿ quien lo sabe ?

Una mujer trigueña
se perdió en los caminos,
dejando en cada huella,
un pedazo de piel,
un pedazo de sueño,
un pedazo de vida.

Cuando voy por mi senda
descalzo y solitario,
me acuerdo de sus huellas
y se calzan mis pies
con sandalias de amores.

Cuando me siento triste
y lanzo mis lamentos
a la noche.
Ella estremece el cielo,
naranjo en flor
que derriba mi vieja dentadura.

Me nacen nuevos dientes,
dientes de leche,
de mirto y de azahar.

La alegría juguetea
a través de mi risa.

Por un instante al menos
soy un hombre feliz.


MURIÓ LABRANZA
31 de enero de 1953 - 27 de diciembre de 2001

Jairo Rincón, conocido en el mundo artístico con el nombre de Francisco Labranza, acabó con sus días, en una drámática decisión que ha conmovido a los círculos intelectuales de la Provincia de Ocaña.

Cultivó una estrecha amistad con Alvaro Claro Claro, a quien entregó parte de su producción poética y pictórica para que fuera publicada en http://www.laplayadebelen.org/