GUIDO PÉREZ ARÉVALO
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LA BATALLA DE BOYACÁ Y LAS GUERRAS DE COLOMBIA
Por Guido Pérez Arévalo

Miembro de Número de la Academia de Historia de Norte de Santander - Intervención en la Sesión Solemne del 7 de agosto de 2004. Villa del Rosario, Quinta del General Santander. Publicado en la Gaceta de La Academia.

Han pasado casi dos siglos desde la fecha memorable del 7 de agosto de 1819, cuando el Ejército Libertador derrotó al Ejército Expedicionario de la Reconquista Española, comandado por el coronel Barreiro en el puente de Boyacá.

Las tropas realistas estaban conformadas por 2670 combatientes, organizadas en fuerzas de infantería, caballería y artillería. El 19 de julio habían recibido treinta mil pesos, veintiséis mil cartuchos de fusil y cuatro mil piedras de chispa, para resolver las peticiones más urgentes presentadas por Barreiro, quien se quejaba de las dificultades del clima y la mala alimentación. Las armas, según sus palabras, debían descargarse regularmente porque las municiones se mojaban y era necesario estar preparado ante el enemigo.

Un informe, enviado por Barrejro al Virrey, registra seis batallones y un regimiento de caballería, que conformaban una fuerza de 2450 combatientes en las filas patriotas. "Esta gente -decía- es regular y tiene hoy disposición. El batallón de línea de Constantes de la Nueva Granada tendrá unos seiscientos hombres de fuerza, todos indios de las misiones del Casanare, miserables, y aunque algo instruidos son en extremo cobardes, por cuya razón no los exponen en las acciones según se ha experimentado. El batallón de los Bravos de Páez, con fuerza de unos trescientos hombres, es toda gente llanera de Apure de mediana instrucción y de regular valor. El batallón Barcelona es el mismo número de plazas y calidad de gente que el anteriormente nombrado. El batallón de los Rifles tendrá como doscientas cincuenta plazas, la mayor negros franceses de Santo Domingo. Es el cuerpo de más confianza que tienen, por su intrepidez y desenfreno. El batallón de los ingleses son doscientos hombres de fuerza, gente buena pero muy delicada en estos temperamentos y terreno agrio que les el marchar. El regimiento de caballería se denomina Guías y puede tener sobre cuatrocientos hombres, componiendo el total de las fuerzas enemigas el número de dos mil cuatrodentas cincuenta plazas, a carta diferenda. Los generales de estas tropas son Bolívar, Santander, Soublet, Donato Pérez y Anzoátegui, teniendo además porción de jefes subalternos. La tropa de infantería se halla armada con buen fusil inglés o francés con bayoneta y municionada a treinta y cuarenta cartuchos, teniendo en depósito de diez a doce cargas de fusiles y diez y seis de cartuchos; pero se me ha asegurado que la retaguardia tiene mayor número de municiones".

En otra ocasión, el comandante español había considerado que la m¡tad de la tropa era de indios muy flojos.

En los Informes del ejército realista encuentra el lector que los epítetos, utilizados contra los patriotas, son los mismos que se usan en todas las latitudes y en todos los tiempos contra los enemigos de la institucionalidad: rebeldes, insurgentes, guerrilleros, salteadores, flojos, cobardes, despreciables, miserables, indios, perturbadores de la paz.

Aquellos epítetos, sin embargo, no obedecían a una verdad Institucional, porque su rebeldía tenía como fundamento la libertad. Nuestros soldados defendían la riqueza nacional y la identidad cultural, como valores inalienables y no como botín para causar atrocidades.

Aquellos adalides de la libertad defendían con su sangre la autodeterminación de los pueblos y luchaban contra un enemigo común; de tal manera que su lucha no involucraba peligro para la sociedad que representaban sino para los enemigos de la libertad.

Bien diferente es la situación actual de Colombia, porque los enemigos de la paz violan los derechos fundamentales de todos los ciudadanos con el pretexto de acabar con la injusticia social.

Pero volvamos a la Batalla de Boyacá. Con el servicio de espionaje, Barreno había mejorado la percepción del peligro que corrían sus soldados, pero menospreciaba el valor del ejército patriota. Venezolanos, granadinos, criollos, algunos extranjeros, mestizos, mulatos e indígenas, componían los grupos de batalla. Mal vestidos, mal alimentados, los patriotas tenían, no obstante el peso de las tremendas dificultades, la seguridad de la victoria, por su arrojo y porque su corazón se hinchaba con la palabra libertad.

La caballería patriota le salió al paso a José María Barreiro en el momento en que su vanguardia se disponía a cruzar el puente. Los españoles pretendían llegar hasta Santa Fe de Bogotá para unir sus fuerzas con las del Virrey Sámano.

En el Boletín No. 4, del 8 de agosto de 1819, expedido por el Jefe del Estado Mayor, coronel Carlos Soublette, con el parte de victoria, se exalta la intrepidez de Anzoátegui, el acierto y la firmeza de Santander, el valor asombroso de los batallones, Bravo de Páez y Primero de Barcelona, y el Escuadrón del Llano. "Nuestra pérdida -dice- ha consistido en 13 muertos y 52 heridos. Todo el Exército enemigo quedó en nuestro poder; fue pricionero el Gral Barreyro Comandante General del Exécito de Nueva Granada, a quien tomó en el campo de batalla el soldado del primero del Rifles, Pedro Martínez; fue prlcionero su segundo el Coronel Ximénez, casi todos los Comandantes y Mayores de los cuerpos, multitud de subalternos, y más de 1600 soldados; todo su armamento y municiones, Artillería, Caballería, etc. Apenas se han salvado 50 hombres, entre ellos algunos Xefes y Oficiales de Caballería, que huyeron antes de sidirse la acción".

El Libertador trató con dignidad a los prisioneros y les aseguró que podrían tener confianza en la justicia de !os patriotas. Vinoni, reconocido por Bolívar por su importante papel en la traición de Puerto Cabello, fue colgado en el campo de batalla.

Dicen algunos autores que Sámano, disfrazado de Indio, huyó el 9 de agosto por el río Magdalena hacia la costa norte. Los altos oficiales españoles siguieron su ejemplo. Posteriormente, el coronel Barreiro y otros 37 prisioneros, de alta graduación, fueron pasados por las armas por orden del General Santander, quien estaba encargado del Poder Ejecutivo. Había entendido el Vicepresidente que debía asegurar de manera sólida y estable un territorio plagado de enemigos. Este episodio marcó profundamente su trayectoria militar y su ejercicio político. Hubo quienes lo censuraron. Otros, como Páez, lo celebraron. Desde el Cuartel General de Pamplona, el 26 de octubre de 1819, el Libertador escribió a Santander: "Nuestros enemigos no creerán a la verdad, o por lo menos supondrán artificiosamente que nuestra severidad no es un acto de forzosa justicia, sino una represalia o una venganza gratuita, pero sea lo que fuere, yo doy las gracias a V. E. por el celo y actividad con que ha procurado salvar la república con esta dolorosa medida".

El general Páez también escribió: "Cuando por primera vez llegó a mis oídos la noticia de la ejecución de Barreiro, mil veces bendije la mano que firmó la sentencia". Páez, como decimos coloquialmente, era un duro, un hombre recio; directo en la acción y firme en sus convicciones. El notable escritor venezolano, Arturo Uslar Pietri, en el epígrafe de su obra "Lanzas Coloradas" cita una frase del "león de Apure", que parece consecuente con su temperamento: "Destaqué al sargento Ramón Valero con ocho soldados..., conminando a todos ellos con la pena de ser pasados por las armas si no volvían a la formación con las lanzas teñidas en sangre enemiga... Volvían cubiertos de gloria y mostrando orgullosos las lanzas teñidas en la sangre de los enemigos de la patria".

A estas horas, aquellas facetas de la guerra, deben repasarse con la objetividad que reclama cada época. Barreiro no se había quedado atrás; en su informe al Virrey, desde Molinos, el 10 de julio de 1819, narra con entusiasmo la destrucción de dos columnas patriotas y la captura de varios oficiales, muertos por sus soldados en el momento en que llegaban a sus filas. "Todos -dice- querían participar en el destrozo de los rebeldes". Y agregaba que lo había consentido para calmar sus ímpetus y porque, según sus palabras, los soldados debían ensangrentarse.

La suerte de la Nueva Granada quedósellada con la victoria en el Puente de Boyacá; pero no terminaron con ella las angustias de la patria.

Colombia es un país en guerra desde aquellos remotos días. En la "Moderna biografía del Libertador", de Mauro Torres, se dice que la Independencia se habría logrado con la cuarta parte de las 36 batallas y los 476 combates registrados. Pero, según Páez, Bolívar prodigaba la guerra.

El libertador sostenía que era el genio de la tempestad y que, según su médico, su alma necesitaba alimentarse de peligros para conservar el juicio. "Yo soy hijo de la guerra", dijo en 1821.

Eduardo Posada, en la obra "Memorias de un país en Guerra" contempla un calendario que identifica siete conflictos de gran alcance nacional: La guerra de los Supremos (1839-1842), las guerras de 1860, 1875, 1876, 1885, 1895 y la guerra de los Mil Días (1899-1902), a las cuales se suman unas 59 revoluciones locales.

El centralismo, el federalismo y el tema religioso fueron los ingredientes explosivos de las contiendas fratricidas, desde 1860 hasta la guerra de los Mil Días.

La Constitución de 1863, de corte federalista radical, promulgada por el general Tomás Cipriano de Mosquera, incidió en la alteración del orden público. A Mosquera se le recordará por su política anticlerical, por sus excesos en la autonomía de los estados y por las drásticas reformas sociales y económicas, factores que fomentaron las discordias y condujeron posteriormente a la revolución de 1876.

En 1896, Rafael Núñez, asesorado por Miguel Antonio Caro, adoptó el principio de la centralización política y descentralización administrativa, para sepultar el régimen federal. Algunos historiadores afirman que la nueva constitución estuvo saturada de espíritu autoritario; fue confesional, ultracentrista, avara en reconocimiento de libertades y predicadora de la omnipotencia presidencial. La Constitución del 86, no obstante sus innumerables enmiendas, conservó su esencia hasta 1991.

La reforma plebiscitaria de la Constitución en 1957 buscó la reconciliación de los colombianos, pero bloqueó la democracia con el reparto del poder político en los dos partidos tradicionales y desconoció a la minorías. Se alternó la dirección del gobierno, se distribuyeron los cargos públicos por partes iguales y se pusieron de acuerdo para obtener el manejo de las corporaciones públicas. Fue una reforma excluyente, que abonó el camino para el surgimiento de movimientos con ideología extrañas al sentimiento nacional. Se agregó, en aquel momento, la influencia de la revolución cubana y el entusiasmo por la luchas populares.

Algunos analistas de los problemas nacionales aseguran que en nuestro tiempo se libran tres guerras:

- La guerra por el desarrollo económico, que busca ganarle la batalla al desempleo;
- La querrá contra el tráfico de narcóticos, el más sensible de los problemas colombianos, porque alimenta el conflicto Interno, y
- La guerra por la paz

Aqreqo hoy, la guerra contra la corrupción.

Las razones para desencadenar un conflicto bélico pueden ser políticas, económicas, religiosas o sociales; pero, por muy justa que parezca la causa de la guerra, las consecuencias serán siempre dolorosas y devastadoras.

La paz, debe ser un compromiso, un derecho y un deber de todos los colombianos; pero en algunas ocasiones se vuelve un discurso manido y tedioso, utilizado para hacer protagonismo o para malgastar los recursos del Estado.

Hace pocos días los medios de comunicación se congregaron en torno a la política de seguridad democrática y encontraron una notable reducción en los secuestros, en las masacres, en los atentados contra la riqueza nacional, en los ataques a las poblaciones, en el cultivo de la coca. Las fuerzas militares, según los asistentes al evento han avanzado con eficacia en el combate al terrorismo.

Era una buena noticia, un balance esperanzador; pero en la página siguiente, del diario más Importante del país, que editorializó sobre el tema, el Vicepresidente de la República, declaró que las pérdidas por corrupción superan los 14 billones de pesos al año en Colombia.

Una Importante porción de los recursos del presupuesto nacional se queman en la hoguera de la guerra, mientras el estado social de derecho, que busca una determinada calidad de vida con fundamento en los factores de alimentación, salud, educación, vivienda y trabajo con salario digno, no sale de las páginas de nuestra Carta Fundamental.

Cada vez que oímos los informes del gobierno, como el del balance de la seguridad democrática, creemos descubrir en el horizonte un tímido rayo de luz que quiere despertar nuestra esperanza, sumida en un letargo de sueños perdidos. Pero, al mismo tiempo, somos estremecidos por la actitud de algún alto funcionario que enciende la mecha de la discordia en las altas tribunas de la patria, o por las investigaciones que descubren la complicidad de algunos servidores del Estado en los delitos que deben perseguir, o por la corrupción rampante que corroe todos los estamentos sociales.

Este inventario de angustias debe ser motivo de reflexión y de compromiso con la paz, que es responsabilidad de todos los colombianos. Es necesario construir el futuro de nuestros hijos sobre las cenizas de la violencia y sobre las bajas pasiones que han enlutado a la familia colombiana.

Los hechos contemporáneos, que mañana serán historia, deben convocarnos a buscar, dentro de los principios de la reconciliación y la justicia social, los instrumentos para combatir la intransigencia de los enemigos de las libertades públicas.

GUIDO PÉREZ ARÉVALO
Academia de Historia de Norte de Santander
Villa del Resario 7 de agosto de 2004

BIBLIOGRAFÍA:

- Friede, Juan. La Batalla de Boyacá a través de los archivos españoles. Biblioteca Virtual, Banco de la República.
- Ocampo López, Javier. "Agosto 7 de 1819. Adiós al Imperio". revista Semana, 23 de julio de 2004.
- Sánchez, Gonzalo y otro. Memoria de un país en guerra, Editorial Planeta 2001.
- Pérez Escobar, Jacobo. Derecho Constitucional Colombiano. Quinta edición, Librería Temis 1997.
- Restrepo, Juan Camilo. Artículo, revista Credencial.