Fundación
En el paraje de Llano Alto, donde construyó la primera casa doña María Claro
de Sanguino, se inició en 1857 la fundación del municipio de La Playa de Belén.
En este año, con motivo de la visita pastoral del obispo dominico fray Bernabé
Rojas al sitio de "Patatoque", los señores Jesús Rueda, Tiburcio Alvarez y Juan
Esteban Vega, obtuvieron licencia del prelado para construir una capilla dedicada
a San José.
No se ha establecido en qué época de aquel año pasó el obispo
Rojas por Patatoque; su visita a la provincia de Ocaña, iniciada en el mes de
enero, se prolongó hasta finales octubre. No puedo, entonces, hablar de una fecha
exacta del nacimiento del terruño. Debo agregar que 1857 fue un año de inestabilidad
en la organización política territorial y que, por esta circunstancia, La Playa
de Belén fue arrullada en sus primeros meses en las provincias de Ocaña y Mompós,
y en el Estado de Santander.
El 4 de diciembre de 1862, el reverendo
padre misionero fray Milán bendijo el templo. Don Justiniano Páez, en sus "Noticias
históricas de la ciudad y provincia de Ocaña", dice que fue en este solemne acto
cuando se le dio al caserío el nombre de La Playa de Belén. Registros históricos
del mismo autor señalan que en 1818 el lugar se conocía como Playa, y en
1822 se denominaba La Playa.
Primeros pobladores
Las parcialidades indígenas, agrupadas en el territorio que hoy conforma
el Municipio, se conocieron con los nombres de patatoques, aratoques,
aspasicas, borras, curasicas y peritamas.
El cacique más importante fue Patatoque, cuya parcialidad tenía como vecinos a
los indios oropomas y a los eborukos, y obedecía como éstos al cacique Bucurama,
asentado en las serranías de Capitanlargo, de la comprensión de La Cruz, actual
municipio de Abrego.
No quedan vestigios de su cultura. Un informe,
rendido al Centro de Historia de Ocaña, sobre una excursión arqueológica efectuada
el 18 de junio de 1936, señala que los cadáveres eran sepultados "acurrucados
o en cuclillas" y "se les cubría con tierra arenosa y suelta". Agrega
el relato que encontraron "restos humanos en vía de fosilización y algunos
utensilios de piedra". Lamentablemente el investigador no describe los utensilios
ni deja constancia de su destino.
En en el año de 1850, don Manuel Ancízar
dejó una constancia dramática sobre su paso por una vereda poblada por aspasicas
y carates: "... es la Mesarrica, que mide tres leguas de largo y una
y media de ancho, sustentada por estratos poderosos de arenisca, desierta hoy
pero en otro tiempo mansión de indios reunidos en un pueblo agricultor que la
opresión de los blancos destruyó, dispersando sus moradores, a quienes fatigaron
con incursiones en busca de una soñada mina de oro. Los matorrales han invadido
el espacio antiguamente ocupado por sementeras y un grueso chorro de agua que
se precipita majestuoso desde lo alto parece reunir en su ruido las airosas voces
de los indios desposeídos".
Mesa Rica ha despertado siempre la curiosidad
de la gente de la Provincia de Ocaña, por sus accidentes topográficos y
por las leyendas que los lugareños han tejido sobre profundidades infinitas y
tesoros fabulosos.
En la década del cincuenta, los estudiantes de la
región organizaron excursiones e instalaron sus campamentos frente a las cavernas,
decoradas con estalactitas y estalagmitas, y volvieron a sus colegios con muestras
preciosas de aquellas formaciones naturales.
Don Pedro María Fuentes,
en un documento publicado en 1944, se refiere a la existencia de un camino subterráneo
que cruza La Mesa desde un extremo a otro "teniendo como punto de partida la
fracción de Locutama y terminando atrás de la peña del corregimiento de El Cincho,
donde hay una cueva con esqueletos que se cree son de indios". Y agrega: "...
la cueva denominada Catacumbas, está formada por una serie de pasadizos, enlazados
entre sí, que encadenan siete salones debidamente separados y tallados en las
profundidades del terreno".
El autor de estos apuntes conoció en
la Vega de San Antonio la boca de una de de las cavernas mencionadas.
Don Justiniano Páez en sus Noticias Históricas de Ocaña, cuenta que el misionero
fray Juan León Vila vivió en una de estas cavernas durante un año y allí murió
en olor de santidad.
En el año de 1951, mi padre, don Luis Jesús Pérez
Amaya, en su condición de alcalde municipal de Hacarí, debió improvisar una comisión
oficial para efectuar el reconocimiento de unos cadáveres encontrados por unos
campesinos que buscaban unas cabras extraviadas en la meseta. Evidentemente, en
el desfiladero estaban los restos humanos, pero encontró con sorpresa que se trataba
de indios momificados y acomodados en urnas de piedra.
Las dificultades
de orden público no permiten ahora la visita de aquellos lugares, pero no faltan
los amigos de la ficción que aprovechan las tertulias hogareñas para soltarle
las riendas a la imaginación.
Los primeros blancos
Iñigo de Vascuña, natural de la Villa de Arévalo, fue el primer blanco que pisó
tierras del Norte de Santander. Había salido de Coro, Venezuela, en una expedición
formada por 40 jinetes y 130 peones, el 9 de junio de 1531, como capitán
de la guardia de Alfínger. Dice la crónica que Alfínger, urgido
de refuerzos y temeroso de perder el oro recaudado en su expedición hasta las
tierras del cacique Tamalameque, decidió despachar al capitán Íñigo con
la preciosa carga, acompañado de 24 hombres, el 6 de enero de 1532. Nunca se sabrá
el valor exacto del oro y las alhajas que integraban el tesoro; algunos cronistas
hablan de cien mil castellanos y otros citan una cifra inferior.
Los
expedicionarios se extraviaron durante el regreso, porque pretendieron ganar tiempo
siguiendo la serranía hacia el sur y terminaron sus días en las depresiones de
los valles de Ocaña. Las dificultades de la selva y la falta de provisiones los
obligó a enterrar el oro en algún lugar de su ruta, y finalmente desaparecieron.
Incorporado
a la expedición, después de la muerte de Alfínger, Francisco Martín, único
sobreviviente de la tragedia, contó los padecimientos de sus compañeros: acosados
por el hambre, consumieron al principio palmitos amargos; más tarde dispusieron
de las carnes de un perro y finalmente saciaron su apetito con los cuerpos de
los indios pacabuyes, compañeros de su travesía. Entonces, empezaron a mirarse
con desconfianza ante la inminencia del turno fatal en la próxima cena y se fue,
cada uno por su lado, hasta que la selva cobró de manera irremediable sus cuerpos
maltrechos.
Francisco Martín confió su suerte a un tronco que le sirvió
de improvisada balsa y se dejó llevar por el río hasta los ranchos de unos indios
que lo incorporaron a su tribu. El cacique le dio por mujer a una de sus hijas
y le entregó las funciones del curandero. Un año y medio más tarde la suerte lo
puso en el camino de los restos de la expedición de Alfínger.
Seguramente, del conocimiento de esta aventura que se supone, ocurrió en territorio
ocañero, y de la presencia de algunos habitantes con ojos claros y cabellos rubios,
surgió la dudosa hipótesis de nuestra ascendencia aria.
Alfínger
era tudesco, pero sus hombres pertenecían a la raza española. Vascuña era vasco
y sus compañeros de infortunio eran españoles.
Las estadísticas, sobre
poblamiento de la provincia de Ocaña, indican que su composición era del 40% de
extremeños y andaluces; el 40% de castellanos y el 20% de gallegos y leoneses.
Según se establece en juicioso análisis adelantado por el historiador Enrique
Otero D'Costa, en su obra "Cronicón solariego", Ambrosio Alfínger no
pasó por la provincia de Ocaña. Nos atenemos, entonces, a nuestra ascendencia
española.
Características territoriales
La cabecera
municipal está situada a una distancia aproximada de 200 kilómetros de la capital
del departamento y a 25 de la ciudad de Ocaña. Su altura sobre el nivel del mar
es de 1450 metros, con temperatura media de 20 grados centígrados.
Extensión
y límites: El territorio municipal mide 241.25 kilómetros cuadrados, distribuidos
en relieves quebrados y pequeñas porciones planas. Limita por el norte con San
Calixto y Hacarí; por el oriente y el sur con Abrego, y por el occidente con Ocaña.
División Político-administrativa.- Conforman la división politico-administrativa
los corregimientos de La Vega de San Antonio y Aspasica, poblaciones que disponen
de inspecciones de policía para el control del orden público y para la atención
de los asuntos administrativos locales.
La Vega de San Antonio es más
conocida como El Cincho y tuvo resonancia nacional, en la década del setenta,
por sus abultados resultados electorales. Es una hermosa región, de gentes laboriosas
y recias.
Aspasica, es uno de los pueblos más antiguos de América. Se
cree que tuvo el carácter de españolización de una aldea india, aproximadamente
en el año de 1580. En 1682 aparece en las crónicas como Santa Catalina del Calvo
y en 1794 se menciona en una guía del Virreinato como Santa Catarina de Espacica.
La Ley 64 del 29 de mayo de 1849, la registra como distrito parroquial, y en el
año de 1910, a través de la ley 25 del 14 de julio, creadora del departamento
Norte de Santander, obtuvo su categoría de municipio.
La cabecera municipal
fue trasladada al corregimiento de La Playa de Belén por medio de la Ordenanza
No. 3 de marzo 20 de 1930, después de un largo litigio, en el que los playeros
contaron con los servicios del doctor Manuel José Vargas y los aspasiqueros fueron
representados por los abogados Víctor Manuel Pérez y Gregorio Vega Rangel.
Los
Estoraques.- El agua, el viento y el tiempo, le han regalado a La Playa de
Belén uno de los paisajes naturales más hermosos del país.
Torres, columnas,
cuevas fantásticas y figuras caprichosas, talladas por la erosión, han logrado
un espectáculo maravilloso. Recordemos algunos versos de Cote Lamus:
"... Aquí las ruinas no están quietas:
el viento las modela. Por ejemplo
lo que antes era escombro del palacio
lo convirtió en estatua la erosión
y lo que fue la sombra de la torre
es ahora la sombra del chalán.
... Aquí las columnas hacinadas
recuerdan no se sabe si los bosques
de olivos que uncidos a sus nudos
arden como lámparas
o los dedos
de innumerables manos
enterradas cuyas palmas el destino no escribió;
se puede pensar que son raíces
por entre las que pasa un dios
o sus
bases las copas que se hunden
por respirar en tierra un cielo
de constelaciones
de polvo.
... En la hora del crepúsculo, en la cumbre,
se abren
estoraques aún no concluidos.
La mano ágil del viento los modela todavía.
Nuestra gente
Por las calles, "Belén de Jesús", "Del
Medio" y "De Atrás", cruzadas por seis románticas callejuelas, corre un pueblo
laborioso en busca del sustento. Ocho mil habitantes viven del tomate, la cebolla,
el café y otros cultivos en menor escala.
Un día pasaron los españoles
por sus tormentosos caminos dejando sus semillas; y otro día aparecieron los misioneros
dominicos con sus doctrinas eternas. Los jóvenes salieron en busca de nuevos horizontes
y volvieron con diplomas universitarios. Algunos, un buen número, regresaron con
sotana y tonsura; otros lucieron los hábitos blancos de Domingo de Guzmán. Y entre
todos, con su talento y con la fuerza de su estirpe, han proyectado su tierra
más allá de las fronteras regionales.
Bibliografía:
Ancízar, Manuel, Peregrinación de Alpha
Fuentes, Pedro María, Boletín Contraloría
General del N. de S., 1944
Marciales, Miguel y otros, Geografía Histórica
y Económica del Norte de Santander.
Otero D'Costa, Enrique, Cronicón solariego.
Pacheco, Mario Javier, Historia y geografía del municipio de Ocaña.
Páez, Justiniano J., Noticias Históricas de la Ciudad y provincia de Ocaña.
Páez C., Luis Eduardo, Pacheco, Manuel B. y otros, Historia de la Ciudad de Ocaña
Pérez Arévalo, Guido Antonio, "La Playa de Belén" Revista "Hacaritama", Nos.
16 y 17, de julio 26 de 1936