GUIDO PÉREZ ARÉVALO
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LA PLAYA DE BELÉN
Reseña Histórica

Por Guido Pérez Arévalo
Tomado de "Gaceta Histórica" No. 119, febrero/2001, de la Academia de
Historia de Norte de Santander.

Fundación

En el paraje de Llano Alto, donde construyó la primera casa doña María Claro de Sanguino, se inició en 1857 la fundación del municipio de La Playa de Belén. En este año, con motivo de la visita pastoral del obispo dominico fray Bernabé Rojas al sitio de "Patatoque", los señores Jesús Rueda, Tiburcio Alvarez y Juan Esteban Vega, obtuvieron licencia del prelado para construir una capilla dedicada a San José.

No se ha establecido en qué época de aquel año pasó el obispo Rojas por Patatoque; su visita a la provincia de Ocaña, iniciada en el mes de enero, se prolongó hasta finales octubre. No puedo, entonces, hablar de una fecha exacta del nacimiento del terruño. Debo agregar que 1857 fue un año de inestabilidad en la organización política territorial y que, por esta circunstancia, La Playa de Belén fue arrullada en sus primeros meses en las provincias de Ocaña y Mompós, y en el Estado de Santander.

El 4 de diciembre de 1862, el reverendo padre misionero fray Milán bendijo el templo. Don Justiniano Páez, en sus "Noticias históricas de la ciudad y provincia de Ocaña", dice que fue en este solemne acto cuando se le dio al caserío el nombre de La Playa de Belén. Registros históricos del mismo autor señalan que en 1818 el lugar se conocía como Playa, y en 1822 se denominaba La Playa.

Primeros pobladores

Las parcialidades indígenas, agrupadas en el territorio que hoy conforma el Municipio, se conocieron con los nombres de patatoques, aratoques, aspasicas, borras, curasicas y peritamas.

El cacique más importante fue Patatoque, cuya parcialidad tenía como vecinos a los indios oropomas y a los eborukos, y obedecía como éstos al cacique Bucurama, asentado en las serranías de Capitanlargo, de la comprensión de La Cruz, actual municipio de Abrego.

No quedan vestigios de su cultura. Un informe, rendido al Centro de Historia de Ocaña, sobre una excursión arqueológica efectuada el 18 de junio de 1936, señala que los cadáveres eran sepultados "acurrucados o en cuclillas" y "se les cubría con tierra arenosa y suelta". Agrega el relato que encontraron "restos humanos en vía de fosilización y algunos utensilios de piedra". Lamentablemente el investigador no describe los utensilios ni deja constancia de su destino.

En en el año de 1850, don Manuel Ancízar dejó una constancia dramática sobre su paso por una vereda poblada por aspasicas y carates: "... es la Mesarrica, que mide tres leguas de largo y una y media de ancho, sustentada por estratos poderosos de arenisca, desierta hoy pero en otro tiempo mansión de indios reunidos en un pueblo agricultor que la opresión de los blancos destruyó, dispersando sus moradores, a quienes fatigaron con incursiones en busca de una soñada mina de oro. Los matorrales han invadido el espacio antiguamente ocupado por sementeras y un grueso chorro de agua que se precipita majestuoso desde lo alto parece reunir en su ruido las airosas voces de los indios desposeídos".

Mesa Rica ha despertado siempre la curiosidad de la gente de la Provincia de Ocaña, por sus accidentes topográficos y por las leyendas que los lugareños han tejido sobre profundidades infinitas y tesoros fabulosos.

En la década del cincuenta, los estudiantes de la región organizaron excursiones e instalaron sus campamentos frente a las cavernas, decoradas con estalactitas y estalagmitas, y volvieron a sus colegios con muestras preciosas de aquellas formaciones naturales.

Don Pedro María Fuentes, en un documento publicado en 1944, se refiere a la existencia de un camino subterráneo que cruza La Mesa desde un extremo a otro "teniendo como punto de partida la fracción de Locutama y terminando atrás de la peña del corregimiento de El Cincho, donde hay una cueva con esqueletos que se cree son de indios". Y agrega: "... la cueva denominada Catacumbas, está formada por una serie de pasadizos, enlazados entre sí, que encadenan siete salones debidamente separados y tallados en las profundidades del terreno".

El autor de estos apuntes conoció en la Vega de San Antonio la boca de una de de las cavernas mencionadas.

Don Justiniano Páez en sus Noticias Históricas de Ocaña, cuenta que el misionero fray Juan León Vila vivió en una de estas cavernas durante un año y allí murió en olor de santidad.

En el año de 1951, mi padre, don Luis Jesús Pérez Amaya, en su condición de alcalde municipal de Hacarí, debió improvisar una comisión oficial para efectuar el reconocimiento de unos cadáveres encontrados por unos campesinos que buscaban unas cabras extraviadas en la meseta. Evidentemente, en el desfiladero estaban los restos humanos, pero encontró con sorpresa que se trataba de indios momificados y acomodados en urnas de piedra.

Las dificultades de orden público no permiten ahora la visita de aquellos lugares, pero no faltan los amigos de la ficción que aprovechan las tertulias hogareñas para soltarle las riendas a la imaginación.

Los primeros blancos

Iñigo de Vascuña, natural de la Villa de Arévalo, fue el primer blanco que pisó tierras del Norte de Santander. Había salido de Coro, Venezuela, en una expedición formada por 40 jinetes y 130 peones, el 9 de junio de 1531, como capitán de la guardia de Alfínger. Dice la crónica que Alfínger, urgido de refuerzos y temeroso de perder el oro recaudado en su expedición hasta las tierras del cacique Tamalameque, decidió despachar al capitán Íñigo con la preciosa carga, acompañado de 24 hombres, el 6 de enero de 1532. Nunca se sabrá el valor exacto del oro y las alhajas que integraban el tesoro; algunos cronistas hablan de cien mil castellanos y otros citan una cifra inferior.

Los expedicionarios se extraviaron durante el regreso, porque pretendieron ganar tiempo siguiendo la serranía hacia el sur y terminaron sus días en las depresiones de los valles de Ocaña. Las dificultades de la selva y la falta de provisiones los obligó a enterrar el oro en algún lugar de su ruta, y finalmente desaparecieron.

Incorporado a la expedición, después de la muerte de Alfínger, Francisco Martín, único sobreviviente de la tragedia, contó los padecimientos de sus compañeros: acosados por el hambre, consumieron al principio palmitos amargos; más tarde dispusieron de las carnes de un perro y finalmente saciaron su apetito con los cuerpos de los indios pacabuyes, compañeros de su travesía. Entonces, empezaron a mirarse con desconfianza ante la inminencia del turno fatal en la próxima cena y se fue, cada uno por su lado, hasta que la selva cobró de manera irremediable sus cuerpos maltrechos.

Francisco Martín confió su suerte a un tronco que le sirvió de improvisada balsa y se dejó llevar por el río hasta los ranchos de unos indios que lo incorporaron a su tribu. El cacique le dio por mujer a una de sus hijas y le entregó las funciones del curandero. Un año y medio más tarde la suerte lo puso en el camino de los restos de la expedición de Alfínger.

Seguramente, del conocimiento de esta aventura que se supone, ocurrió en territorio ocañero, y de la presencia de algunos habitantes con ojos claros y cabellos rubios, surgió la dudosa hipótesis de nuestra ascendencia aria.

Alfínger era tudesco, pero sus hombres pertenecían a la raza española. Vascuña era vasco y sus compañeros de infortunio eran españoles.

Las estadísticas, sobre poblamiento de la provincia de Ocaña, indican que su composición era del 40% de extremeños y andaluces; el 40% de castellanos y el 20% de gallegos y leoneses.

Según se establece en juicioso análisis adelantado por el historiador Enrique Otero D'Costa, en su obra "Cronicón solariego", Ambrosio Alfínger no pasó por la provincia de Ocaña. Nos atenemos, entonces, a nuestra ascendencia española.

Características territoriales

La cabecera municipal está situada a una distancia aproximada de 200 kilómetros de la capital del departamento y a 25 de la ciudad de Ocaña. Su altura sobre el nivel del mar es de 1450 metros, con temperatura media de 20 grados centígrados.

Extensión y límites: El territorio municipal mide 241.25 kilómetros cuadrados, distribuidos en relieves quebrados y pequeñas porciones planas. Limita por el norte con San Calixto y Hacarí; por el oriente y el sur con Abrego, y por el occidente con Ocaña.

División Político-administrativa.- Conforman la división politico-administrativa los corregimientos de La Vega de San Antonio y Aspasica, poblaciones que disponen de inspecciones de policía para el control del orden público y para la atención de los asuntos administrativos locales.

La Vega de San Antonio es más conocida como El Cincho y tuvo resonancia nacional, en la década del setenta, por sus abultados resultados electorales. Es una hermosa región, de gentes laboriosas y recias.

Aspasica, es uno de los pueblos más antiguos de América. Se cree que tuvo el carácter de españolización de una aldea india, aproximadamente en el año de 1580. En 1682 aparece en las crónicas como Santa Catalina del Calvo y en 1794 se menciona en una guía del Virreinato como Santa Catarina de Espacica. La Ley 64 del 29 de mayo de 1849, la registra como distrito parroquial, y en el año de 1910, a través de la ley 25 del 14 de julio, creadora del departamento Norte de Santander, obtuvo su categoría de municipio.

La cabecera municipal fue trasladada al corregimiento de La Playa de Belén por medio de la Ordenanza No. 3 de marzo 20 de 1930, después de un largo litigio, en el que los playeros contaron con los servicios del doctor Manuel José Vargas y los aspasiqueros fueron representados por los abogados Víctor Manuel Pérez y Gregorio Vega Rangel.

Los Estoraques.- El agua, el viento y el tiempo, le han regalado a La Playa de Belén uno de los paisajes naturales más hermosos del país.

Torres, columnas, cuevas fantásticas y figuras caprichosas, talladas por la erosión, han logrado un espectáculo maravilloso. Recordemos algunos versos de Cote Lamus:

"... Aquí las ruinas no están quietas:
el viento las modela. Por ejemplo
lo que antes era escombro del palacio
lo convirtió en estatua la erosión
y lo que fue la sombra de la torre
es ahora la sombra del chalán.

... Aquí las columnas hacinadas
recuerdan no se sabe si los bosques
de olivos que uncidos a sus nudos
arden como lámparas
o los dedos de innumerables manos
enterradas cuyas palmas el destino no escribió;
se puede pensar que son raíces
por entre las que pasa un dios
o sus bases las copas que se hunden
por respirar en tierra un cielo
de constelaciones de polvo.

... En la hora del crepúsculo, en la cumbre,
se abren estoraques aún no concluidos.
La mano ágil del viento los modela todavía.

Nuestra gente

Por las calles, "Belén de Jesús", "Del Medio" y "De Atrás", cruzadas por seis románticas callejuelas, corre un pueblo laborioso en busca del sustento. Ocho mil habitantes viven del tomate, la cebolla, el café y otros cultivos en menor escala.

Un día pasaron los españoles por sus tormentosos caminos dejando sus semillas; y otro día aparecieron los misioneros dominicos con sus doctrinas eternas. Los jóvenes salieron en busca de nuevos horizontes y volvieron con diplomas universitarios. Algunos, un buen número, regresaron con sotana y tonsura; otros lucieron los hábitos blancos de Domingo de Guzmán. Y entre todos, con su talento y con la fuerza de su estirpe, han proyectado su tierra más allá de las fronteras regionales.

Bibliografía:

Ancízar, Manuel, Peregrinación de Alpha
Fuentes, Pedro María, Boletín Contraloría General del N. de S., 1944
Marciales, Miguel y otros, Geografía Histórica y Económica del Norte de Santander.
Otero D'Costa, Enrique, Cronicón solariego.
Pacheco, Mario Javier, Historia y geografía del municipio de Ocaña.
Páez, Justiniano J., Noticias Históricas de la Ciudad y provincia de Ocaña.
Páez C., Luis Eduardo, Pacheco, Manuel B. y otros, Historia de la Ciudad de Ocaña
Pérez Arévalo, Guido Antonio, "La Playa de Belén" Revista "Hacaritama", Nos. 16 y 17, de julio 26 de 1936