CIRO A. OSORIO QUINTERO
  

Poeta, dramaturgo y escritor costumbrista, nacido en Ocaña, Norte de Santander, en 1915.

"... ama su tierra con altísimo fervor, investiga en viejos autores y en archivos polvorientos, sabe escribir con corrección
y elegancia, y con brillo poético. Y es que también sobresale como trovador.
Posee asimismo facilidades para la dramática". Lucio Pabón Núñez
(Del libro "Los Cronistas", Biblioteca de Autores Ocañeros. Imprenta del Instituto Caro y Cuervo, 1974)

 
Foto, cortesía: Academia de Historia de Ocaña.

 

Academia de Historia de Ocaña:

Cronista, periodista, poeta y académico.

Nació en Ocaña el 9 de julio de 1915 y falleció en Barranquilla el 28 de octubre de 1991. Hijo de Temístocles Osorio y Ana Mercedes Quintero. Cursó estudios en el Colegio de José Eusebio Caro.

Entre 1938 y 1949 fue funcionario judicial, Secretario de la Prefectura, alcalde de Ocaña, diputado a la Asamblea del Norte de Santander, juez y director de Educación en Cúcuta. Posteriormente, se radicó en Barranquilla y allí ejerció el cargo de redactor del diario El Espectador, Secretario de la gobernación del Atlántico y jefe de la División Administrativa del Servicio de Salud del mismo departamento.

Como escritor se inició en los periódicos escolares del Colegio de José Eusebio Caro y en revistas y periódicos locales; fue miembro de la Academia de Historia de Ocaña y cofundador del Club del Comercio. Fundó las revistas culturales Iscaligua y Lámina. Osorio Quintero fue también miembro de organismos académicos del Norte de Santander y el Atlántico. Colaboró con Estampa, El Gráfico, de Bogotá, El heraldo de Barranquilla y la revista Horizontes Culturales de Bogotá.

En 1945, Henrique Ruiz machuca, junto con Ciro A. Osorio, Alejo Conde y otros ciudadanos ocañeros, impuso la moda del Carnaval en Ocaña que se llevó a cabo por primera vez en enero de 1946 y que hoy hace parte de nuestro patrimonio inmaterial.

En 1962 publicó su obra El valle de los hacaritamas, libro en el cual recoge aspectos históricos, literarios y folclóricos de su tierra natal. Su obra poética se encuentra dispersa en la Antología Poética de Ocaña y en publicaciones periódicas.

 

 
 
BARBATUSCAS

Por Ciro A. Osorio Quintero

Es mi tierra la que entoldan las rojeces de los viejos barbatuscos... MARÍA JARAMILLO MADARIAGA

Para hablarles de las barbatuscas a quienes no conozcan suficientemente el encanto bucólico del paisaje ocañero, habrá que empezar por decirles que el barbatusco es un árbol gigantesco, un tanto esquelético y fantasmal, de escaso follaje y muy precario valor maderable, cuyo mérito casi único puede decirse que reside en su pequeña y preciosa flor: la barbatusca.

Se da este corpulento espécimen vegetal en las zonas de climas frío y medio, y se le encuentra en las montañas, donde suele servir de sombrío a las plantaciones de café; en los bosques cercanos a las ciudades y aun, como árbol ornamental, en los parques de las mismas; pero también, y muy especialmente, a la orilla de las fuentes y de los ríos, donde a lado y lado se levantan sus altos troncos desnudos, alineados y numerosos, como centinelas insomnes, custodiando silenciosos el paso callado o rumoroso de las aguas. Por algunas épocas del año, que en los Santanderes corresponden casi siempre a los meses de marzo y abril y coinciden más o menos exactamente con el tiempo de Cuaresma y Semana Santa, el barbatusco se desprende completamente de sus hojas para cubrirse por entero de una millonaria profusión de flores pequeñas y sencillas, cuyo color de candela, vivo e intenso, le da al árbol un extraño y hermoso aspecto mitológico, de encendida antorcha descomunal, levantada, como un símbolo, en medio del verde acentuado y profundo de la naturaleza circundante.

Tiene el barbatusco la particularidad de que su florescencia es tan intensa y copiosa que, a medida que van brotando, va también dejando caer sus flores aún sin marchitar, en generoso derroche de color, cubriendo así el suelo, en torno suyo, de una curiosa alfombra tan encendida y atrayente como si fuera la sombra coloreada de su propia copa florecida. En las orillas de las quebradas y los riachuelos nativos, donde las lavanderas tienden al sol, bajo la mañana radiante y sobre el césped humilde, la multicolora variedad de las ropas sometidas al elemental proceso del lavado, parece que el barbatusco, a la vez que echa a navegar sobre la corriente sus diminutos esquifes de rojo coral, se complaciera particularmente en agregar a aquella original combinación de telas y colores el adorno vivo y encendido de sus flores, que en lluvia continua de ligeras llamitas vegetales -aéreas libélulas de fuego- van cayendo al amor de la brisa ribereña.

La barbatusca tiene la forma de una pequeña mariposa y está integrada por un pétalo abierto y levantado, como un ala airosa, adherido por un extremo a otro pétalo, semicerrado como un estuche y de mayor consistencia, ambos de un color rojo encendido, como ya se dijo. El segundo pétalo tiene la peculiaridad de que, desprendido del primero y al soplarse por su extremo anterior un tanto entreabierto, produce un leve sonido agudo, como sí fuese un pequeño silbato vegetal. Por lo que la flor también resulta muy solicitada por la chiquillería que de ella se llena los bolsillos para luego ir por las calles arrancándole, con la fuerza de sus carrillos inflados, sus finas notas musicales.

Pero la verdadera particularidad de las barbatuscas está en que no empleándose como adorno personal ni hogareño, sí en cambio se aprovechan en las comidas, y las gentes por lo menos en nuestras tierras ocañeras, las buscan con verdadero entusiasmo para con ellas elaborar uno de los más deliciosos y codiciados alimentos regionales. El procedimiento es sencillo: una vez separada la flor de su cáliz y sus estambres, los pétalos se cocinan y se dejan por veinticuatro horas en espera de un ligero principio de acidez; luego se preparan al gusto; bien solos, a manera de ensalada, o con otros ingredientes: mantequilla, queso, huevos, carne, etc. En esta forma y sea cual fuere el proceso de preparación a que se las someta, las barbatuscas vienen a ser, por la época de su cosecha, uno de los platos típicos más apetecidos de toda la región ocañera y, sin lugar a dudas, un manjar de primera categoría en nuestra mesa nacional.

Observando esta particularidad de las barbatuscas, algún curioso indagador de nuestras costumbres autóctonas pudo apuntar con frase que ya es un dicho entre nosotros: "Felices los ocañeros, que se alimentan con flores". Mientras que a otro, no menos escrutador, se le ocurrió sospechar que nada tenía de raro que a esta costumbre de alimentarse con flores se debiera en buena parte la fresca y tradicional belleza que singulariza a las ocañeras.

No sé yo a ciencia cierta cuál sea el nombre científico del barbatusco, ni de dónde le venga éste, familiar, con que se le conoce entre nosotros. Hay quienes afirman que este último le resultó del hecho de que por algunas épocas del año, desposeído ya de flores y con follaje escaso, enorme y esquelético, suele criar unas parásitas, largas y lanudas, que cuelgan de sus ramas como enormes barbas toscas e hirsutas. De aquí, presumiblemente, deformada un poco la expresión "barbas tocas", parece que resulto el nombre familiar de "barbatuscas" y "barbatuscos". En otras regiones el mismo árbol se conoce con nombres diferentes. Tal el cámbulo, en el occidente colombiano.

Empero, sea a este respecto lo que fuere, lego en achaques de botánica, yo no he querido ni pretendido profundizar sobre el particular, como que mi sola intención, al pergeñar esta breve nota, ha sido simplemente la de recordar, con devoto cariño terrígena, a uno de los árboles más conocidos y amables de nuestras breñas santandereanas, donde, como se ha anotado al comienzo, se yergue por derecho propio, sobre todo en la época de la florescencia, alto y ostentoso, casi hierático, como un querido y requerido personaje familiar, entre toda la variada flora del rico paisaje nativo.

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LEONELDA HERNÁNDEZ, LA BRUJA LEGENDARIA

Por Ciro A. Osorio Quintero

Difícilmente atrapada, como a una ágil y peligrosa fierecilla, entre la tupida maleza de una de las montañas que rodean el poblado de Burgama -llamado hoy San Juan Crisóstomo de La Loma de González, en el departamento del Magdalena- una tarde del mes de junio del año de 1774, por el viejo camino que de esa población conduce a la ciudad de Ocaña, un grupo de guardias civiles traía presa a una mujer. No pasaba ella de los 26 años, y su cuerpo era esbelto y su porte gentil, pese a su evidente condición campesina y a las amarras que sujetándole los brazos morenos y tersos, amenguaban un poco la garbosa donosura de los movimientos. En el bello rostro de color aceituno y de trazos casi perfectos brillábanle con fuego misterioso unos grandes ojos negrísimos, cuyo luminoso encanto parecía encenderse aún más con el contenido impulso de una inocultable ira interior.

Como hipnotizada por el hechizo de la extraña mujer, la escolta de gendarmes caminaba en silencio y al parecer distraída. La marcha así era un tanto lenta, aunque no parecíale lo mismo a la hermosa prisionera que sabiéndose camino de la muerte, sentía que la sangre rebelde le transitaba demasiado aprisa por el atormentado corazón, en tanto que, en rápida sucesión retrospectiva, en su acalorada imaginación se atropellaban los recuerdos más sobresalientes de su vida...

Leonelda Hernández, la joven prisionera, vivía, doce años atrás, con cuatro compañeras, jóvenes también -María Antonia Mandona, María Pérez, María de Mora y María del Carmen-, en un ruinoso ranchejo incrustado en el corazón de uno de los montes vecinos al pueblo de Burgama. Haciendo Leonelda Hernández y la primera de las cuatro Marías de maestras consumadas, y las otras tres de aprovechadas discípulas, estas misteriosas habitantes de la montaña dedicaban todo su tiempo, su astucia y su inteligencia al exótico arte de la hechicería. En la media noche profunda, siguiendo el rumbo de los astros o guiadas por el lúgubre canto de las aves nocturnas, las jóvenes hechiceras, andando a tientas por entre el monte, como sonámbulas, se daban a la tarea de buscar raíces y flores de plantas extrañas, reptiles inmundos y cierta clase de animales agoreros, para con todo ese material heterogéneo y cabalístico elaborar más tarde, en otra noche precisa de la luna menguante y a una hora determinada, los brebajes y emplastos que, llevados luego por veredas y villorrios, habrían de curar a los enfermos y sanar a los endemoniados, apaciguar a los violentos y dar valor a los tímidos, o también quitar o poner amor allí donde se pidiese desterrarlo o se reclamase su presencia, todo aplicado en medio de extraños rezos y de sombríos y espeluznantes ritos.

Fueron muchas, pero muchas las personas que hubieron de acudir a estas expertas hechiceras para buscar la cura de sus males, así fueran éstos los del cuerpo o los del alma, tratárase ya de un empecinado mal del vientre o del cerebro, de un cruel desengaño o un temible maleficio. Y todos quedaban, a más de curados y agradecidos, sinceramente pasmados del milagro. Así, la fama de las brujas se fue extendiendo por toda la comarca, nimbada por un sugestivo halo de misterio y seguida de cerca por un notorio clamor de gratitud y de cariño.

Pero ocurrió que, en éste como en muchos otros casos, resultó muy frágil el afecto humano y de muy precaria consistencia la gratitud de las gentes. Tal parece que la excesiva popularidad de las hechiceras hubiera sido fatal para el tranquilo curso de sus vidas. Pues sucedió que, después de haber predicado a todos los vientos su ciencia, su sabiduría y su humanitarismo, un día los ingratos beneficiarios de sus milagros empezaron a acusarlas y a perseguirlas bajo el pretexto de que ciertamente no eran curanderas caritativas, como hasta entonces se había dicho, sino malas mujeres, brujas de gran peligro, mantenedoras de oscuras relaciones a furto con el Demonio, dispensadoras muníficas de toda clase de maleficios y, por lo mismo, hechizadoras de hombres y encantadoras de pueblos.

En este terreno las cosas, las autoridades civiles y eclesiásticas del cantón resolvieron tomar cartas en el asunto, abrieron una minuciosa investigación y finalmente ordenaron la persecución y captura judicial de las acusadas. Por montes y llanuras, por atajos y quebradas, protegidas apenas por la fiel simpatía de las tribus indígenas que habitaban las serranías, huyeron durante mucho tiempo las cuatro desventuradas. Hasta que al fin un día cayeron en poder de la implacable justicia de la época, y en medio de azotes y de escarnio fueron a dar con sus huesos a la cárcel, donde, según la costumbre, les pusieron "cepo, grillos, cadenas en los muslos y en las manos y soga en el pescuezo".

Para mayor infortunio de las desdichadas, los emisarios de la ley encontraron en la choza que les servía de vivienda, como incontrastable cuerpo de delito, un oscuro y macabro laboratorio, y en él, convenientemente preparados, los que presumían fueran necesarios ingredientes del terrible sortilegio que habría de acabar, por lo pronto, con el pueblo de Burgama, tal como se decía habían jurado hacerlo las brujas, y ya era del dominio popular. En efecto, envueltos en sucios trapos o metidos en calabazos, debajo de los camastros y ocultos entre los zarzos, los diligentes funcionarios fueron sacando y relacionando, en un escalofriante inventario de pesadilla, los misteriosos elementos del frustrado maleficio: hierbas de "cargamanta", "ramas de ají chiquito", "huevos de sapo", "huesos también de sapo" y unos híspidos cabellos larguísimos, "para que enterrado el embrujo en medio de la plaza, se volviesen culebras y fuesen picando y matando la gente", según rezan textualmente los amarillos infolios del curioso proceso.

Frente a estas terribles y comprometedoras pruebas, no había duda, pues, a la luz de la rígida justicia inquisitiva de entonces, de la responsabilidad de las peligrosas mujeres en su criminal intento de acabar con las tranquilas, supersticiosas y rezanderas gentes de Burgama. Desde luego, en concepto general, la más culpable de todas era María Mandona, la jefe y directora del endiablado elenco. Y tal vez por eso mismo, la propia noche de la captura -jueves 5 de septiembre de 1763, según las constancias procesales-, el alcalde del lugar, no pudiendo conciliar el sueño por el terror que infundía en su ánimo la posibilidad de ser víctima de las brujas encarceladas; viendo por todas partes una espesa selva de culebras y sapos maléficos, resolvió levantarse a la media noche y, haciendo justicia por sí y ante sí, sin esperar la resolución definitiva de las autoridades virreinales de Santa Fe, ordenó colgar en la misma celda de su encerramiento a la temible y temida hechicera. Las gentes que a la mañana del día siguiente se llegaron hasta la plaza del pueblo, pudieron ver, balanceándose en las ramas de un árbol, como el trágico péndulo de un extraño reloj que marcase las horas de una época de ignominia, el cuerpo ya sin vida de la Mandona, y atadas bajo sus pies, aterradas y llorosas, a sus cuatro infelices compañeras.

Con este sacrificio, muy a tono con la justicia de aquel tiempo bárbaro, pero que sin embargo había de costarle un proceso penal por extralimitación de funciones al despavorido burgomaestre, el pueblo quedó contento. Y en la esperanza de que el macabro castigo que a su jefe se había infligido ante sus ojos fuera suficiente escarmiento para su conducta futura, las angustiadas compañeras de la muerta fueron puestas en libertad.

Empero, la prisión de que ahora era objeto Leonelda Hernández, diez años después del ahorcamiento de María Mandona, venía a demostrar que, antes de aplacar los instintos brujeriles y la endiablada capacidad de superchería de las empecinadas hechiceras, el atroz sacrificio de su jefe y compañera sólo había logrado avivar aún más su odio satánico contra la humanidad circundante y sus ansias de venganzas misteriosas y malignas.

En efecto, una vez libres de su prisión las jóvenes hechiceras, después del sacrificio de la Mandona, reiniciaron enseguida sus contactos diabólicos y sus prácticas maléficas, ahora en un afán incontenible de vengar la muerte oprobiosa de su maestra y amiga. En este propósito no habría obstáculo que no salvaran ni consideración ante la cual se detuviesen: acabarían con los pueblos de los contornos y con todos sus habitantes. El terror, pues, fue por años compañero inseparable de las creídas y supersticiosas gentes de la región.

Ahora Leonelda Hernández, la más joven y hermosa de las brujas, pero quizá la más temida también, de quien se decía que había dado muerte a su propio mando, Juan de la Trinidad, y quien gozaba, además, fama de guerrera sanguinaria, era conducida en medio de alguaciles a la capital de la provincia, donde habría de ser ajusticiada con la pena máxima, en la horca, después de haber sido condenada en contumacia por un Tribunal del Santo Oficio, por haber continuado en sus prácticas de hechicería y tener amenazados a todos los pueblos circunvecinos de convertirlos, un día cualquiera, en infectas lagunas de aguas letales.

Ya antes, en otra ocasión, la rebelde mestiza, montaraz y enigmática, había sido benignamente sentenciada por el Fiscal de la Real Academia de Santa Fe a ser internada en "convento de monjas", o en "casa de familia principal en Ocaña". Pero como entonces no se le hallase para hacerle efectiva la discreta condena, y el temor de sus hechizamientos continuase atemorizando a la ignara población, el Venerable Tribunal había estimado prudente en su sabiduría instruirle un nuevo proceso de cuyas redes, ahora sí, no pudiese escapar con vida.

Cuentan las crónicas de la época que al acercarse la curiosa expedición a la ciudad de Ocaña, en un cruce de caminos se suscitó una ligera discrepancia entre los guardias de la escolta que conducía a Leonelda. Mientras unos opinaban que se debía llegar en primer término y cuanto antes a la ciudad, otros eran de concepto que debían dirigirse directamente al lugar del sacrificio, en el "Alto del Hatillo", frente a la ciudad y al cual se iba, desviando ligeramente hacia la izquierda, por una de las rutas que tenían delante. Una de las razones que más pesaba en favor de esta última opinión era la muy poderosa de que no era correcto ni prudente interferir con la molesta e indeseable presencia de la hechicera en la población, la visita pastoral que en esos días hacía a sus feligreses de la comarca ocañera el ilustrísimo señor obispo de Santa Marta, monseñor Liñán de Cisneros.

Triunfó al fin el último criterio, y los rudos policiales, reanimadas sus fuerzas con el estímulo de unas copas de ardiente licor de laboreo campesino, fácilmente conseguido en las ventas de la vía, reanudaron la marcha, ahora más aprisa que antes, porque también la tarde avanzaba veloz, con ligeros y penumbrosos pasos.

Hacia el anochecer, después de varias horas de camino, ganó la pintoresca expedición la cima de "El Hatillo", donde los expertos oficiales de la Inquisición ya habían levantado el trágico aparato del suplicio. Sin mayores ceremonias, con el apremio del cansancio y de la hora, el jefe de la escolta se dispuso a dar cumplimiento a la condena. Él mismo, con pulso firme, echó en torno del cuello moreno y convulso de Leonelda la cruel ignominia de la soga. Y cuando ya iba a ordenar tirar de ella, por el rostro acongojado de la bella ajusticiada cruzó un súbito fulgor inesperado que, iluminándolo todo prodigiosamente, la hizo estremecer de inexpresable júbilo. Arrastrándose en silencio por entre los matorrales, pegados a la tierra como si fueran ágiles e invisibles serpientes, a la luz indecisa del crepúsculo acababa de ver a un numeroso grupo de indios amigos que, sin que ella ni nadie lo notase, habían seguido sus pasos y los de su incómoda comitiva a lo largo de la vía, y ahora se aprestaban a disputarles a los satisfechos policiales su codiciada presa.

Fue entonces cuando Leonelda, sacando energías de su propio agotamiento y obrando con extraordinaria rapidez, gritó con todas sus fuerzas, al tiempo que agarraba por el cuello a su frustrado verdugo:

-¡Aquí de los Búrburas!

Fue un grito de guerra y de muerte. Una orden de acción y exterminio. Porque saliendo de entre la maleza, de todas las direcciones, como si los brotase la tierra, en medio de un indescriptible vocerío, los indios amigos de Leonelda cayeron como una tromba sobre la sorprendida y asustada tropilla, la pasaron a cuchillo, colgaron al jefe y libertaron a la hechicera.

La luna de aquella hermosa noche de san Juan, en lugar del tronchado cuerpo cenceño de Leonelda, hubo de alumbrar, inerte, desmadejada, trágicamente suspendida de la oscura cuerda punitiva, la uniformada corpulencia del arrogante capitán de los esbirros. Los cuales, diseminados en torno al patíbulo, destripados y sangrantes, abrían a la noche, sin luz y sin brillo, la flor marchita de sus muertas pupilas.

En la noche espléndida y tranquila, bajo la luna de junio y protegidos por el vuelo agorero de las estrellas, por el mismo camino de dolor de esa tarde, convertido ahora en senda de resurrección, van cantando los fieros íncubos. A su cabeza, Leonelda, la heroína, trágica y hermosa, tiene el aire marcial y satisfecho de una extraña princesa victoriosa, en el regreso de una gran jornada. A su paso, en su homenaje, los indios incendian los sembrados y las chozas, abriéndole a su esbelta figura una tormentosa y dantesca calle de honor que siniestramente ilumina el horizonte en un furioso derroche de odio y venganza. Atrás queda, con su reguero de muertos, el "Alto del Hatillo" que, también en su honor, se llamará en adelante el "Cerro de la Horca". La hembra perseguida pero irreductible ya no está sola ni desamparada. Ahora tiene un ejército amigo y con él va desandando su viejo camino de amargura y lanzando a todos su reto de fuego, de guerra y de muerte.

Más tarde, en las noches profundas y propicias, bajo el temblor azorado de los astros y al conjuro ritual de los espíritus, Leonelda Hernández habrá de organizar otra vez, en el asombrado corazón de las sierras nativas, hasta que la sorprenda la muerte, la conjura diabólica de sus misteriosos aquelarres. Aquellos satánicos aquelarres que ya en la Edad Media el genio sutil de Mereshkowsky sorprendía en las noches medrosas de Benevento, por las riberas iluminadas del Mediterráneo, y que transportados ahora a las tierras mestizas de América, habrían de cambiar su original hálito de leyenda para adquirir un nuevo, real y feroz acento de odio, de venganza y de muerte.

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DON ANTON, EL JINETE FANTASMA

Por: Ciro A. Osorio Quintero

 

Sesenta años atrás, a principios del siglo, Ocaña era una aldea campesina que por las mañanas se orlaba las trenzas gitanas de sus calles torcidas con dorados ramilletes de sol; rezaba por las tardes, con devota unción monjil, los oficios del Angelus, recatada su bella faz castellana bajo las penumbrosas mantillas crepusculares, y luego se entregaba al amoroso coloquio del hogar, pudorosa y tímida, bajo la clausura total de la noche.

Hacia las diez, cuando el viejo reloj de la catedral dejaba caer sus lentas campanadas de cobre sobre el inmenso silencio de las sombras, ya nuestras mujeres habíanse recogido en el dulce sosiego de sus habitaciones, mientras los hombres, a la luz discreta de una alta y decorada lámpara de petróleo, leían en el amplio salón, en hermosos volúmenes de pastas de cuero con letras de oro, algún encendido episodio de la revolución francesa, o un heroico pasaje de la vida del Libertador, o tal vez las primeras etapas de alguna novela picaresca, o acaso los últimos versos de nuestros poetas nativos.

Solamente cuando la luna colgaba de los hilos de las estrellas, sobre el pecho azuloso de la noche, su mágico medallón de plata, la ciudad echábase a la calle, a embriagarse con largas dosis románticas de plenilunio en el ligero itinerario de sus rondas galantes.

Era en estas noches predilectas también cuando la música de las guitarras terrígenas trepaba por las ventanas y los balcones en conmovido y desesperado requerimiento de amores a las tiernas doncellas semicautivas que temblaban de pasión y de pena en el recato embrujado de sus alcobas perfumadas. En las otras noches todo era misterio y quietud bajo el imperio de las tinieblas. Sin embargo, esa quietud turbábase de vez en cuando. Ocurría hacia el filo de la medianoche, cuando sobre los espíritus empezaban a flotar, como suaves volutas de humo, los tules impalpables del primer sueño. Y era que sobre el duro yunque de los empedrados callejeros repicaba de pronto el estrépito miedoso de un galope conocido. "Don Antón", decían las gentes, presas de espanto, al oírlo pasar. "Don Antón", repetíase como un eco en alcobas y aposentos, con acento de angustia.

Era don Antón. Don Antón García de Bonilla, muerto muchos, muchísimos años atrás, que una que otra vez acordábase de una promesa suya no cumplida a santa Rita, requería el que fue su mejor potro de silla -revestida ahora de fuego su fuerte carnadura nerviosa- y emprendía su fantasmal peregrinación hacia la capilleja de la santa abogada de imposibles, en el inútil afán del pago pendiente. Don Antón era hijo del otro don Antón García de Bonilla, el noble español de capa y espada y chambergo andaluz que llegó hasta nosotros entre los conquistadores, que aquí radico su vivienda y, querido y respetado por los pobladores de la época, atesoró un cuantioso capital y vivió espléndidamente con su bella mujer y sus hijos. El viejo hidalgo había ejercido en su tiempo los primeros cargos de la aldea. Fue Regidor Perpetuo y Alcalde Ordinario de la villa, en los albores de su vida civil, dignidades de gobierno que luego también ocupó su hijo. Al morir, sus descendientes heredaron, con un crecido patrimonio, toda su oriental esplendidez y su largueza.

Al don Antón hijo que nos ocupa, la fortuna le siguió siendo dócil y se hizo rico como ninguno. Contó denarios a montones y sus arcas fueron las más repletas en cien leguas a la redonda; su mesa, la mejor servida; sus bodegas, las más surtidas; sus vinos, los más añejos, y su lecho y el de los suyos los más mullidos y abrigados por la cantidad y la calidad de las plumas costosas, traído todo con desacostumbrada exclusividad de la lejana Península. Tuvo también don Antón casas y haciendas. En sus posesiones de tierra caliente, hasta donde se hacía conducir con sus parientes en lujosas literas virreinales, sobre los hombros de sus esclavos, dedicaba sus ocios a divertirse con su mujer, sus hijos y sus sobrinas en los raudos deportes del trópico. Era tal su exótica fastuosidad de rajá alegre y generoso que, para regalo y placer de su esposa doña María, derrochó sumas fabulosas en la construcción de lagos inmensos donde, adormilada en piraguas de ensueño ella a su vez pudiese derrochar los oros de la tarde regados sobre el cristal de las aguas.

Cuando un día desventurado, en una de sus haciendas, sus hijas y sobrinas cayeron víctimas de la epidemia, y la ciencia vencida le abrió paso a una muerte inminente, don Antón, atribulado, pensó en santa Rita, la santa milagrosa que se venera en una calleja melancólica de Ocaña. Sin reparar en la hora ni en el mal tiempo, don Antón emprendió viaje precipitado a la ciudad, seguido de criados y cabalgaduras de remuda. Varias fueron las bestias que murieron en la jornada y dos las oscuras noches tempetuosas que cruzó, impávido y siniestro como un fantasma. Hasta que al fin a la segunda, muy cerca de las doce, llegó al santuario y se echó a los pies de la patrona de los desesperados. Allí le vio la santa, a la luz moribunda de una lamparilla de aceite, gemir y orar por muchas horas, en medio del silencio aterrador de la "iglesuca" desierta. Hecha la promesa formal a trueque de la salud de sus idolatradas enfermas, don Antón regresó a la hacienda. Como por ensalmo, los hermosos luceros de su hogar habíanse restablecido notoriamente, y pronto volvieron por las tardes a los lagos encantados, y a requerir, en las veladas rumorosas y sensuales de la tierra caliente, los frágiles instrumentos de su devoción: la lira y el arpa. Pasó el tiempo. Mucho tiempo. Vino la vejez y, con ella, llegó la muerte. Don Antón no volvió a acordarse de santa Rita. Pero santa Rita no se olvidó de don Antón...

Y he aquí por qué, cuando aún este lento progreso de que ahora disfrutamos no nos había iluminado las oscuras noches, don Antón, caballero en veloz potro de fuego, volvía a cruzar en desesperado galope, al favor de las sombras, las desoladas calles de la ciudad dormida, rumbo al olvidado santuario de la santa abogada de imposibles.

Ahora hace mucho que no ha vuelto. La iluminación nocturna de la ciudad vino a ser una valla infranqueable para él. Sin embargo, cuando por cualquier causa la población se queda a oscuras, entre las gentes sencillas de los barrios se produce la miedosa sensación de que va a llegar. Y aún les parece escuchar, a lo lejos, el conocido galope estruendoso de su cabalgadura. Pero no hay tal. Pues que es fama en la ciudad que ya el pobre don Antón hubo de cancelar en cárcel de Purgatorio aquella lejana deuda, tan solemnemente contraída y olvidada luego con tan inexplicable deslealtad.

¿Qué cara de promesero atormentado traería don Antón en esas espectaculares excursiones suyas de ultratumba? Nadie lo sabe. Porque quienes, escépticos y valerosos, atreviéronse a entreabrir una reja para verle pasar, apenas dan cuenta de la ígnea silueta del potro veloz, bajo cuyos cascos herrados saltaba una iluminada sinfonía de estrellas; de la borrosa estampa del apuesto jinete desesperado; del ruido chirriador de su montura famosa, y de la roja brasa de su enorme cigarro encendido, a cuyo leve reflejo brillaba como una llamarada siniestra el oro fino de su deslumbrante dentadura.

Hasta aquí la leyenda. Esta leyenda terrígena que en versos evocadores se ha perpetuado en nuestras mejores antologías nativas, y que cada noche se renueva, hechizante y prodigiosa, en los labios amorosos de la abuela que, cerca a la cuna, la repite con infantil acento de misterio, porfiando y asegurando que el nieto renuente al sueño debe entregarse a él antes, mucho antes de que en la calle resuene el descomunal galope de don Antón, el atormentado.