El Rayo que no cesa

Por Gonzalo Márquez Cristo y Amparo Osorio

(http://con-fabulacion.blogspot.com)

 
Tenía una presencia tocada de elegante dramatismo, como la del Príncipe de Salerno de El Gatopardo, o como la de los refinados Guermantes de Marcel Proust que comprenden la inutilidad de su victorioso esplendor frente a la monarquía absoluta del tiempo. Todos los miembros de Con-fabulación le entrevistamos alguna vez, y siempre quedaba la sensación de haber enfrentado un momento entrañable. Era un artista altivo pero de fácil acceso, y sus opiniones estaban bañadas de emotividad lúdica, eran hondas y sarcásticas.
 

 

Omar Rayo, el grabador, escultor y pintor nacido hace 82 años en Roldanillo –Valle-, el señor de los intaglios y de una suerte de abisal metafísica geométrica, murió el pasado lunes 7 de junio, sin mucho aspaviento, sin postración ni decadencia… pasando de la iluminación espiritual a la “elegancia de la sombra”. Para homenajearlo, publicamos un fragmento de la extensa entrevista que concediera en Roldanillo, en 2001, a los editores de Con-fabulación, titulada “Omar Rayo: geometría iluminada”, publicada en la revista Común Presencia y posteriormente elevada a libro por Ediciones Embalaje.

—Es conocida la leyenda del fantasma que pasea por estos corredores dejando un intenso olor a lirios... —le dijimos.

—Es verdad, no podía trabajar aquí, siempre había frustraciones, aplazamientos... Una noche escuchamos un ruido tan extraño que debimos llamar a los bomberos. Revisaron todo, escudriñaron los armarios y tejados infructuosamente, y por último conversando de duendes y hechiceras se extendió un terrible olor a azufre. Entre risas nerviosas creímos haber realizado el exorcismo. Y sin duda ocurrió algo inexplicable porque al día siguiente pude concentrarme de manera tan intensa que realicé varios cuadros, y al salir del estudio percibí por primera vez un profundo aroma floral. Años después unos esotéricos me explicaron lo que se llama energía orgonal o acumulada, que es la que tiñe el cielo de azul, y que en mi caso cuando pinto se libera dejando un inconfundible olor a lirios.

Iniciándonos en el paisaje, Rayo mostró en la lejanía un color recién nacido, habló de las formas de la luz, y después de invitarnos a salir en busca de su emblemático museo, reflexionó contemplando unos árboles abatidos por el viento:

—Son dioses remando. ¿Quién cree todavía que Don Quijote luchó contra molinos, si todos sabemos que se batió contra los más enfurecidos gigantes? Yo defiendo la realidad del sueño, la veracidad de la ilusión y todas las verdades que pueblan lo fantástico...

Aunque no quisimos quebrar el curso de su pensamiento, la carga de afecto de sus coterráneos interrumpía nuestro paso con regocijados abrazos y elocuentes bienvenidas, sin que faltara el desprevenido turista que confundido por el extraordinario parecido y tras escuchar su nombre, se acercó libreta en mano para solicitar un autógrafo, aseverando que él, Omar Sharif, era su mayor ídolo y que no podía creer estarlo viendo pasear tranquilo en un pueblo tan remoto.

En el trayecto conversamos sobre su ascendencia árabe, y la fuerza de esa sangre nómada que lo había llevado a trasegar por el mundo permitiéndole descifrar rostros de ciudades, en una búsqueda permanente de formas y matices.

—Cuando pienso en la vida siempre creo que estoy viajando. Los tránsitos aran la memoria, dejan surcos tan profundos como los amores... He recorrido innumerables países, conocido el color de sus gentes, pero desde hace tres décadas se podría decir que vivo en Roldayork.

Contó entonces que cada cielo tiene un tinte determinado, cada paisaje un perfume característico, y que sería muy fácil saber de dónde es un viajero con sólo apreciar sus ademanes o verlo caminar, afirmando el fuerte vínculo que ejerce en los hombres el lugar que habitan.

—Las ciudades se vuelven anécdotas... Recuerdo algunas por la solidaridad, otras por el dolor o el hambre. Roldanillo por su lluvia de luz... En casi todas he sentido incisivas revelaciones, especialmente en las nuestras, en aquellas que todavía tienen su sabor original, los signos y los acentos de esta América Latina. ¿Quién ha creído que somos del Tercer Mundo porque no somos países opulentos? No hay Primer ni Tercer Mundo, existe uno solo que puede desaparecer a manos del primero, eso es lo que he podido saber...

—Usted viajó durante su juventud por toda Suramérica, desechando un ofrecimiento del embajador de España que le otorgaba una beca para estudiar en la academia de San Fernando...

—Sí, él quería ayudarme con ese ofrecimiento, pero en ese momento yo sabía que primero debía conocer a mi madre que a mi abuela. Así se lo hice saber y me sacó enfurecido de su oficina, pues realmente mi necesidad primordial era aprender y vivir esta América Latina, y no terminar siendo un copista de clásicos europeos plegado a los inútiles programas universitarios. Decidí entonces mi camino, y del 54 al 59 fui un trotamundos que se dedicó a recorrer el continente, en barco, en automóvil, a pie, e incluso en hidroaviones. Compré un sedan negro y emprendí mi viaje rumbo al sur. Transité por Ecuador, Perú, Bolivia, Uruguay, Paraguay, Argentina, Chile y Brasil. Recuerdo vívidamente el impacto de haber visto una tarde camino a La Paz por primera vez la nieve. Caía escarcha y yo la contemplaba con los ojos maravillados. Me hacía feliz saber que Suramérica lo tenía todo. Después, al llegar a Manaos me dirigí a la comunidad amazónica de los indios Bananao donde pasé dos semanas. Me impactaron sus cuerpos tubulares y tatuados. Aprendí de ellos la técnica de rodillos de cerámica para imprimir, inventada en tiempos inmemoriales por un Gutemberg precolombino. Pinté la tribu y sus animales, y participé de toda su cotidianeidad. Cuando se me ocurrió hacer una caricatura del cacique, un gigante que permanecía horas mirando al horizonte mientras lo peinaban, los niños y las mujeres estallaron en carcajadas. Él, impasible, la contempló pero permaneció en silencio. Mi angustia fue mayúscula pensando que hasta ahí llegaba mi cabeza. Pero al día siguiente al despertar vi que a la entrada de mi bohío había comida, bebidas y obsequios ordenados por ese ser tan enigmático que demostraba así su agrado por mi irresponsable creación. Al salir de aquella aldea toda la locura del viaje continuó. Tomé una canoa para ir hasta Belem du Pará, en una travesía de once días por el Amazonas cuyo único plato era el insoportable mono a la piragua. Luego al llegar a Bahía en un enorme barco oxidado, admiré esa bella y extraña ciudad de dos pisos, donde todo entra por la piel. Allí conocí a Jorge Amado, también creo que a Doña Flor y para mi desgracia a sus dos maridos... Una tarde estando en el bar que este maravilloso escritor frecuentaba recibí su inolvidable consejo: «Si quiere ser feliz nunca tenga éxito». Debo aclarar que esta sentencia que me cambió la vida, la he podido cumplir con ayuda de mis más fervientes enemigos.

 

—¿Fue en ese viaje que conoció a Pablo Neruda?

—Sí, era el año 57, durante una exposición en Montevideo del famoso pintor Venturelli llamada Rostros de China y Chile que Neruda presentaba. En la última página de Odas elementales hice su caricatura. El poeta celebrándola la desprendió y me devolvió el libro con la siguiente dedicatoria: «Para mi nuevo amigo, Omar Rayo». Luego me dijo: «Joven, amo su país, tengo un hijo en Colombia...» Yo le repliqué: «En verdad tiene centenares...» Este encuentro me impactó porque a los veintidós años estar frente a ese gigante de la poesía fue importante en la elección de mi destino.

—A su llegada a Argentina, Borges estaba ya en la cima de su esplendor... ¿pudo conocerlo?

—No estoy muy seguro si conocí a Borges, a esa invención de los intelectuales latinoamericanos, o a una copia de un cuadro de Magritte. Recuerdo que cuando viví en Buenos Aires, me alojaba en una pensión que quedaba en la misma calle donde él vivía, frente al Club Militar, y lo vi varias veces pasear su ceguera por las ruinas de una edificación donde solían realizar sus festines innumerables gatos, que me sirvieron de inspiración para pintar lo que he llamado mi etapa Vía Sur. Años después lo encontré en Nueva York en un evento multitudinario donde hice una larga fila para saludarlo. Me acuerdo que le dije: «Maestro, conozco Buenos Aires», entonces él exclamó: «Ah que bueno, ¿y que fue lo que más le gustó?» Yo respondí que los gatos y los parques, y él muy sorprendido replicó: «Usted es una irrepetible excepción. Siempre me contestan que el tango y los churrascos». Salí tan confundido que comencé a caminar sin rumbo por Manhattan, pensando que había estado ante un usurpador, ante una ilusión urdida por miles de mentes alucinadas, porque para mí, Borges era la réplica viviente del conocido cuadro de Magritte que representaba a un hombre-jaula sentado con bastón. Lo demás eran ficciones.

Al doblar la esquina y mientras celebrábamos su divertida anécdota, el museo en cuyas paredes se inauguraba una extensa retrospectiva de su obra, irrumpió con su bella estructura que evocaba a las ciudades mayas o una estación interplanetaria, pintado de un color terroso que imitaba a las montañas que lo rodean cuando llega el verano.

—Cuando lo fundé en 1981 —dijo—, los desprevenidos turistas creían que habían llegado los marcianos. Lo considero mi ofrenda o acción de gracias a este pueblo y a sus gentes que ayudaron a la conformación de mi mirada. Muchas veces me han criticado por no haberlo realizado en Cali o Bogotá, y yo les respondo con ironía que allá existen demasiados críticos. Nunca ha cesado su actividad. Aquí se expuso por primera vez en Latinoamérica la obra gráfica de Picasso, una colección de 60 piezas eróticas que fue visitada por más de 8.000 personas de todo el país. Aún no olvido que Roldanillo sufrió un verdadero colapso, la gente acampaba en el parque, no se conseguía comida ni agua y se armó un embotellamiento de tráfico del que todavía se tiene memoria.

—Este museo queda en la calle octava con carrera octava y fue inaugurado el 18 de enero, del 81... ¿Cuál es su superstición con el número ocho?

—Me ha elegido toda la vida, es mi cábala personal. De él poseo las claves de sus orígenes y deslumbramientos. Mi nacimiento fue en el 28, las cuatro letras de mi nombre más las de mi apellido suman ocho, las mismas ocho para mi hija Sara Rayo y para el maestro mexicano Polo Gout responsable de la mágica arquitectura del Museo, que además está constituido por ocho octágonos. El ingeniero fue Gregorio Rentería, que también está signado por ocho letras en su nombre y apellido... —Luego comentó—: quizás nos esperen 8 brindis esta noche...

—Existe el prejuicio en Europa y Estados Unidos de pensar que todos los artistas colombianos escriben realismo mágico o pintan junglas y palenqueras. ¿Qué sensación produce su obra en espectadores como los orientales, poseedores de una mirada tan distinta a la nuestra?

—En diciembre expuse en Tokyo. Fue una experiencia increíble para la que me preparé durante mucho tiempo. Me fascina esa cultura milenaria: el sake, el Zen, el suchi... Cuando me sirven ese mítico pescado crudo siempre tengo la sensación de estar comiéndome un dios. Pero retomando la pregunta, y como dato curioso, recuerdo que los japoneses nunca miraban mis cuadros de frente, se acercaban de lado para observarlos de perfil, quizá buscando el relieve, lo insuflado de la forma. A ellos les impacta nuestro arte porque lo ven exótico, porque allá no tienen ese duende del que hablaba García Lorca, que habita nuestras obras y que ha venido universalizándose. Ahora, mientras preparo una amplia exposición individual itinerante que estará en Beijing, Hong Kong, Camberra, Sidney, Bombay y Tel Aviv, espero que en alguno de estos lugares los cuadros sean mirados desde abajo, con espejos, parándose en la cabeza, a través de filtros o de una forma aún desconocida para mí.

—Usted ha elegido Nueva York para vivir, no obstante es conocido su desapego por esa ciudad...

—Nueva York es un espejismo, una metrópoli creada por la publicidad. Se asemeja a un barco de piedra anclado en la penumbra y cuyos rascacielos he tenido que padecer por prolongados años. Yo vivo allí por masoquismo, casi para alimentar mi desolación... Y me atrevería a decir que su mito como ciudad creativa es cosa del pasado. Es un enorme Narciso enamorado de su imagen reflejada en el Hudson y en el East River, que no escucha ni observa hacia afuera, porque está idiotizado por su propio y gastado fulgor. París por el contrario es una ciudad esencial, profunda. Allí la imaginación ha dejado sus pliegues, la vida sus búsquedas estéticas. Durante las décadas anteriores tuvo una tremenda decadencia y el centro del arte pareció desplazarse hacia Estados Unidos, pero eso fue una ilusión. París es una de las pocas ciudades del mundo definitiva para todos, es una suma del espíritu humano.

—¿Ha pintado alguna vez la trágica realidad colombiana?

—Hacer un panegírico de la violencia no hace falta. Ésta es universal, pero Colombia es mucho más que el terror, y es lo que cuenta. Nacer y morir son hechos violentos. Lo siniestro es que vivimos un tiempo en el cual los vampiros se han apoderado del planeta, en todas partes los medios de comunicación le han puesto a nuestra fatalidad un precio exorbitante y pagan millones por especular con nuestra sangre.