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Saudades
Fray Campo Elías Claro Carrascal |
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Prólogo
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estos los asuntos que inspiran a nuestro poeta playero: la familia
(madre, padre, su hermano fray Domingo, sobrinas…); Cristo, María,
la Virgen de Chiquinquirá; su Orden Dominicana; la Playa (con los
Estoraques), su terruño; Rubio (Venezuela), donde se inició como educador
y periodista… El compilador hubiera podido reunir los poemas de acuerdo
con estas "razones" líricas o en secuencia cronológica; pero prefirió
organizarlos en cinco capítulos que mezclan temas y tiempos, sin duda
porque el estado anímico "saudadoso" no distingue, sino que integra
todos los componentes autobiográficos en un solo haz nostálgico. La
"saudade" es totalizadora y sincroniza espacios y eventos en la unidad
del yo que ama y añora. Cuando
el hombre, después de hacer la experiencia del mundo exterior y de
contrastar cuanto percibe, vuelve sobre sí y se compara con el entorno,
asoma el lirismo. Antes de los treinta años, joven sacerdote, comenzó
el Padre Campo Elías el ejercicio de la expresión lírica. Como una
manera de afrontar los juveniles desengaños. Como una forma de terapia
espiritual. Como una necesidad vital. Como la manera más propia de
asumir la existencia, según insinuaba Santo Tomás, recién estudiado
en Chiquinquirá y en Cusco. De él había aprendido las tres condiciones
de la belleza: "intégritas" (integridad), "consonantia" (armonía),
"cláritas" (luminosidad). De ahí que sus unidades líricas o poemas
se presenten como imágenes estéticas unitarias (integridad), aprehendidas,
sin embargo, como equilibrio de partes (armonía), que producen un
impacto sensible final revelador (luminosidad). Y fuimos cultivadores de la palabra precisamente en el medio convivencial más adecuado y propicio: en el seno de la pequeña democracia que era el Jordán, convertido por su Rector, el Padre Sedano, y su Vicerrector, el Padre Domingo Claro, en corporación estudiantil ("Asociación Juvenil Dominicana"), comunidad con gobierno representativo propio, cuyos dignatarios eran elegidos y censurados por las asambleas generales de los sábados. Hubo algún presidente despótico, pero lo deslegitimamos y le revocamos el mandato. Más
que profesores, quienes nos prepararon para hacer la travesía innovadora
de la década del sesenta, fueron educadores
(conductores y promotores, como quería Santo Tomás); y más que educadores,
fueron maestros: autores de la obra maestra de sus propias
vidas, capaces de presentarse ante los púberes y adolescentes que
éramos como modelos imitables de vida humana buena, de honradez moral.
Maestro viene del latín "magister" que parece aludir a quien
ha logrado tal estado de madurez, que se presenta como "magis" (más)
"structus" (organizado, estructurado). Nadie se titula realmente de
"maestro": se llega a serlo gradualmente, cuando el yo moral ha hecho
convergentes los saberes: saber comprender, saber ser, saber hacer,
saber comunicar. El maestro ya no solo enseña por el discurso, por
el desarrollo de su programa, sino ante todo por su presencia y su
manera de vivir… El Padre Campo Elías, en nuestro recuerdo, fue profesor,
fue educador, fue maestro. Y especialmente por su magisterio continuó
presente en nuestras vidas, más allá de las nociones, de los autores,
de los argumentos, de los versos olvidados. El profesor y el educador
actúan en un tiempo determinado por el currículo. Más allá y más acá
del currículo, sigue presente y actuante el Maestro, modelo, ejemplo,
que logra introducirse, por connaturalidad o por afinidades secretas,
en nuestro modo de ser. Las persuasiones vitales, según decía Santo
Tomás, llegan y continúan como convicción personal, más "por los ejemplos
que por las palabras". |
La serenidad y la benevolencia que siempre lo acompañaron no nos dejaron adivinar que la "procesión iba por dentro". No supimos de su "saudade" íntima, que ahora nos lo presenta completo: tan débil como cualquier otro ser humano, pero tan fuerte como Dante que atraviesa el Infierno, cursa el Purgatorio y afirma la certeza del Paraíso. Se rebela contra la posibilidad de la derrota definitiva. Siempre existe en el "saudadoso" de La Playa, como en Albert Camus, la necesidad de "recomenzar" y seguir amando. De pronto descubre uno que el Padre Campo Elías anduvo la senda de los místicos, esos perpetuos enamorados: Enrique Suso, Juan Taulero, Juan de la Cruz, cuya manera imita a veces. Aún conservo las viejas "cajas de herramientas": "Panorama de Literatura Universal", de Bayona Posada; "Lyra Hispana, Prosa Selecta y Silva Dramática", del Padre Gómez-Bravo; "Literatura Colombiana", del Padre Núñez Segura. Al hojear al primero, vuelven los temas de los cuestionarios: literaturas orientales:… el jai-kai japonés…, El Mahabárata, El Ramáyana…, el Zend-Avesta…, (la influencia oriental en Valencia)…; literaturas clásicas: ¿qué es el clasicismo?.., literatura griega…, la Ilíada…, la lírica, la tragedia…, la comedia…, literatura latina…, Virgilio, Ovidio, Horacio…; literaturas modernas: la epopeya, canción de Rolando, El Cid, los Nibelungos,… Dante, Ariosto, Tasso, Milton, Camoens,… lírica… teatro… novela… Con
Gómez-Bravo, el Padre Campo Elías nos llevó por la cuaderna vía de
Berceo, el Arcipreste de Hita, los endecasílabos del Marqués de Santillana,
las coplas de pie quebrado de Jorge Manrique, los romances viejos,
fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Don Luis de Góngora, Lope
de Vega,… Rubén Darío,… Juan Ramón Jiménez, García Lorca,…; y luego
nos guió por la prosa desde el siglo XIII hasta el siglo XX: Don Juan
Manuel…, Fray Luis de Granada, "Lazarillo de Tormes", Cervantes, Quevedo,
Feijóo, Balmes, Bécquer, Alarcón, Pereda, Menéndez y Pelayo, Unamuno,
Azorín…; y finalmente nos introdujo en los grandes ciclos dramáticos:
el de Lope, el de Calderón y el romántico. En literatura patria, nuestro
cicerone explotó al máximo el mapa de ruta de Núñez Segura, con cuanto
trae de bueno y de malo: representantes de la conquista, autores coloniales,
letras de la emancipación; movimientos, géneros y autores de la nación
libre: romanticismo, costumbrismo, gruta simbólica, modernismo, poesía
nueva…, humanistas, ensayistas…, novela, cuento, historia, oratoria,
teatro, periodismo…; y un suplemento de autores hispanoamericanos… Nuestro
maestro nos daba platos pantagruélicos, porque el apetito literario
que nos había despertado era pantagruélico. Y leíamos y leíamos. Y
caímos en la tentación de hacernos una biblioteca personal, que comenzó
con los mismos textos que nos proporcionaba generosamente El Jordán.
El resto fue asunto de los acudientes, de monjas patrocinadoras, de
algún mecenas y de los escasos ahorros de los muy raros y exiguos
giros por cumpleaños. Algún libro vino a caer en mis manos del mismo
Padre Campo Elías, no recuerdo si como préstamo o como obsequio; de
todas maneras, he conservado buena conciencia. "Hay que tener libros,
hay que leer todos los días, hay que memorizar lo que nos gusta y
hay que escribir mucho, así sea copiando o imitando", recomendaba.
"Sigan los consejos estilísticos de Azorín", reiteraba. Y recalcaba:
"Mucho diccionario, muchachos!" Pero
no fueron solamente los libros ni los ejercicios de redacción los
únicos recursos del maestro Claro. Según él, había que conocer a los
investigadores de la lengua, había que escuchar a los poetas y estilistas,
a los oradores, a los declamadores. Por eso, nos hizo acompañarlo
varias veces a la Academia de la Lengua, a escuchar al Padre Félix
Restrepo, a López de Mesa (el "Príncipe de las Nubes"), a Rafael Maya,
a
Eduardo Carranza, al declamador Mallarino… Nos posibilitó escuchar
a los poetas y cuentistas sefardíes… Y como también había que visualizar
el mundo narrado en la literatura de lengua española, nos invitó a
contemplar a sus agonistas en el gran fresco del Maestro Acuña, recién
inaugurado en el recinto de la Academia. |
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