| |||||||||||||||||||
| LA
PLAZA DE LA PAZ Conocí a los tres. El primero me decía Sebastián García cada vez que se le ocurría. Aún no sé por qué. Me formó hasta donde pudo; con frases cargadas de afecto, muchas veces, con frases duras, una que otra vez. Sus momentos de entusiasmo y alegría los vivía al máximo, casi al límite. Sus momentos de tristeza y amargura lo llevaban al desespero y a la impaciencia. A las neuras y al insomnio. Era un gran alivio cuando la risa lo atacaba de nuevo. Yo no se como hizo para capotear la crianza de 11 hijos. Todavía no me lo explico. O tal vez sí: no hubiera podido sin la ayuda de su mujer, la mujer de siempre. Su gran energía se palpaba en su rápido caminar, en su hablar atropellado y en su rostro casi siempre enrojecido. Era raro verlo pálido. De la última vez que lo vi con vida no quiero acordarme. Fue muy duro. Fue el 29 agosto de 1988. El segundo era muy bueno para las matemáticas e hincha furibundo del ahora alicaído Millonarios. Hablo de hace treinta y pico de años. Él era entonces más o menos de mi talla, al igual que Fito Álvarez (¿dónde andará Fito ahora?), Beto Claro o Alonso Velásquez. El estaba allí, en ese salón blanco que inauguramos en 1972, ocupando uno de los 24 pupitres. En 1975 el Colegio lo graduó de cuarto de bachillerato como a todos sus compañeros de clase. De allí en adelante todos a volar. Unos para Ocaña, otros para Cúcuta y otros no sé para dónde. No sé para dónde se fue él. ¿Para Ocaña? ¿Se quedó trabajando con el Municipio? No sé, la memoria no me ayuda. La última vez que lo vi con vida estaba en su negocio de agroquímicos en el mercado de Ocaña; muy sencillo, muy cálido, muy lleno de energía. Leí en su rostro que estaba viviendo un buen momento de la vida. Eso fue en 1999. El tercero era definitivamente muy trabajador. Me sorprendió mucho cuando de un momento a otro apareció con una habilidad providencial para la ebanistería siendo apenas un adolescente. Recuerdo la cara de felicidad de la tía Zoila Arévalo cuando él le llevó un esquinero de madera que le había encomendado. Hablo de nuevo de hace treinta y pico de años. Una vez, en un acto de autonomía e independencia, tan difícil de asumir por esas calendas, el primo Pacho Pérez, de 16 años, y yo, de 14 años, fuimos descrestados por él cuando compró una botella de aguardiente de manera muy resuelta. Y si que la necesitábamos. Íbamos a visitar unas agraciadas féminas por los lados de El Tunal. No recuerdo la última vez que lo vi con vida. Pudo haber sido en un encuentro casual en la "Callejuela de Sayo", por allá comenzando los noventas. Los tres llegaron a ser alcaldes del municipio de La Playa de Belén, en coyunturas políticas muy diferentes. Los tres eran playeros puros. Los tres vivieron para terminar sus respectivas alcaldías. Los tres, como exalcaldes, vieron la terrible muerte en el fatídico mercado de Ocaña. Los tres están representados simbólicamente en la plaza de La Paz, a la entrada de La Playa de Belén. Son tres pedestales apropiadamente blancos cada uno coronado con una luminaria. El pedestal de Arnulfo Arévalo mira hacia al norte. El pedestal de Ramón García mira hacia el oriente. El pedestal de Gilberto Claro mira hacia el occidente. Sobra explicar el mensaje fraternal que ofrece la Plaza. La Plaza casi que nos habla. Nos invita a la reflexión serena de un momento muy duro de la historia municipal. Que Dios nos libre de izar más pedestales. Uriel
Arévalo Franco | |||||||||||||||||||